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Este blog nació y creció como una manera de entender a las mujeres. O lo femenino. E inevitablemente al escribir entendimos cosas, y como buenos hombres que somos, pensamos que ese conocimiento podría ser transmitido o dejado como legado, para que otros no se pegaran nuestros porrazos, o para que se peguen los porrazos que sí valen la pena. Y eso de por sí presupone algo sumamente arrogante: que nos quedamos con cosas que al menos a nosotros nos podrían servir para más adelante.

Pero es imposible. Casi 5 años más tarde, de lo único que he aprendido ha sido de mí mismo. Las musas —reales o ficticias— que inspiraron los artículos ya se desvanecieron hace rato. Catalogar y clasificar ha sido divertidamente inútil: hemos sido bibliotecarios de la nada. Y no es que sea problema nuestro solamente. Es que estamos metidos en un mundo demasiado impaciente, donde todo necesita ser un crash course. Vivir para dummies. Agarrarse minas para dummies. Salir de la friendzone para dummies. Necesitamos consejos de seducción para distraernos y así no agarrar una metralleta e ir a matar a las minas que nos rechazaron y sentirnos machos alfa por fracciones de segundo antes de rechazarnos a nosotros mismos de un balazo.

En el fondo, estamos cagados de susto. Tenemos miedo a volcarnos, así que vamos a clases y seminarios sobre cómo volcarnos. Y eso nos hace sentir bien y podemos volver a casa a ver las noticias de las 9 sin culpa. Por eso la gente toma cursos de emprendimiento, y cursos para seducir minas, y cursos de liderazgo y oratoria, y magísters y diplomados. Y luego comparten en redes sociales frases memorizadas, como testimonio de que las capacitaciones hicieron efecto.

Estoy desencantado de la academia en general, y de la gente buena para decirle a otros qué hacer en particular. Y de la gente que espera aprender cosas sentada y con la boca cerrada.

Finalmente, “comprender a las mujeres” o “comprender lo femenino” no son más que masturbaciones mentales. Tal como “comprender a los hombres” o a “lo masculino”, por cierto. He llegado a encontrarme con las mujeres y con las personas con las que ha sido importante encontrarme. Y comprender no ha entrado mucho en la ecuación. Ni en los orgasmos, ni en las peleas, ni en el amor, ni en el desamor, ni siquiera para tomar las decisiones correctas. De hecho, las decisiones correctas (como empezar a colaborar en este blog) siempre partieron sintiéndose un poco estúpidas y tiradas de las mechas.

Pero por alguna razón genética-evolucionaria-metafísica que desconozco, ahí está escondido todo lo que vale la pena. No en este post, por cierto. Ni en nada que venga ya envasado, aunque sea un puré de tomate 100% natural, o los inspiradores relatos de gente que se atrevió a cosas a las que usté no.

Éste es intencionalmente un feel-bad post. Si lo que quería era un feel-good post, disculpe, aquí tiene uno.

Shao.

PD: y ahora lea este comentario.

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“Me dan ganas de matar a alguien y al mismo tiempo comer pretzels blanditos”
— Jess, New Girl

Bienvenidos a La Regla*, el mágico y misterioso limbo hormonal por el que navegan las mujeres con una regularidad igualmente mágica y misteriosa. La regla es contradictoria: odiada cuando llega, aún más odiada cuando no llega. Paradójicamente, carece de reglas: acomete a cada fémina de manera especial y con intensidad azarosa cada vez. La regla es tragicómica: la mina sabe que sus emociones están en estado de sitio, le pueden parecer incluso graciosas sus reacciones, pero no puede hacer nada al respecto.

Pero por sobre todo, la regla es un absoluto tabú para nosotros los hombres. No está en los manuales. No la vemos venir. No sabemos hablar de ella (pregúntele a cualquier hombre emparejado qué tal anda todo cuando ella anda en el período, y lo verá reírse nerviosamente sin saber qué responder). El sexo también se vuelve contradictorio en esos días: aumenta la incomodidad junto con las ganas. Contraría todo lo que intuitivamente sabemos, y no notamos su presencia hasta que es demasiado tarde.

Es por eso que aquí va una recopilación de sabiduría personal y colectiva para lidiar con la pasión, muerte y resurrección de las hormonas femeninas.

Ruler Facts

Básicamente, la regla es como si recibiéramos una patada en las bolas mensualmente. Es algo que nunca sabremos a ciencia cierta, pero no se me ocurre otro equivalente masculino a ese molesto dolor prolongado, expandido, que no parece irse nunca, que nos obliga a doblarnos y que involucra algún aparato reproductor.

— Puede que todo parezca estar muy mal ese día para ella, sin razón aparente. Para uno es difícil de entender cómo ayer nuestra fémina salió con alegría y entereza de una reunión de trabajo donde le voltearon un café encima, el jefe le hizo un chiste sexista y se armó una pelea donde casi la despiden, y en cambio hoy fue un día horrible porque se le quedó la bolsita del almuerzo en casa.

La única manera de salir del mindfuck es entendiendo que

—Puede que ella necesite más cariño que de costumbre, pero no sepa pedirlo. Por un lado, la sensación física infernal la urge a hacerse bolita y refugiarse en el cuddling, pero por otro lado quiere estrangular al primero que tenga cara de llamarse Andrés. Además, puede que se sienta culpable por estar demandando demasiado, pero al mismo tiempo quiere que el cariño sólo llegue, sin más pregunta o explicación; y eso hace que lo odie a usté un poquito por necesitar tantos aspavientos para una weá tan básica como un regaloneo, y a la vez se odie a sí misma por no poder ser más clara en algo que supuestamente es fácil de pedir.

Este mar de contradicciones explica el que muchas veces, el relato lastimero de los hechos del día no es más que una exhibición de pruebas para que uno diga “woou, qué día feo que tuviste, ven acá a regalonear“; pero en lugar de eso, uno (como buen hombre) se lanza a resolver analíticamente los problemas: “Pero a ver, ¿almorzaste o no? ¿Sí? ¿Entonces para qué tanta gravedad?“.  Ella, que quiere que la abracen y no que la cuestionen, se frustra; y uno se frustra a su vez, porque no entiende por qué ella se enoja en lugar de analizar el problema y ya. Y así empiezan muchas hecatombes de proporciones bíblicas.

Por eso es importante tener presente que

— El desconcierto que usté tiene en su cabeza acerca de la Regla, ella también lo tiene. Y está en disputa interna con su némesis hormonal, que sólo quiere alivio, cariño y burbujas plásticas para reventar con furia. Tratarla como si ella estuviese de acuerdo con su período es inútil. Nada que le pueda decir usté al respecto le es novedad, porque ella misma está en ese conflicto interno y quiere salir de ese estado, pero no sabe cómo. Esto explica que suceda lo siguiente:

No hay alivio más grande que cuando ella reconoce que su <inserte comportamiento desconcertante aquí> se debía a que andaba con la regla. A menos que uno meta la pata (ver punto siguiente), terminará sucediendo tarde o temprano si es que realmente era así.

Y es algo que sólo ella puede realmente hacer, porque

— Usté no puede directamente echarle la culpa de nada a que ella anda con la regla. NO LO HAGA. Es, por lejos, la estupidez más soberana que puede uno cometer, y le explico por qué: si efectivamente el desajuste emocional se debe a la regla, usté queda como un desatinado, que a sabiendas de la situación no está teniendo ni una pizca de tacto, y con el añadido de que ella está efectivamente con la regla y por ende le afectará más.

Si por el contrario, usté yerra, es aún peor: en primer lugar, queda como un pelotudo machista, que desvaloriza el legítimo derecho de ella a enojarse o estar sensible, achacándoselo a las hormonas; y en segundo lugar, ni siquiera es capaz de acordarse de cuándo le llega la regla realmente.

El corolario de este hecho es que

— La mejor manera de lidiar con la Regla es tenerla presente, pero no usarla como carta para zanjar discusiones. Es decir: si ella está sensible o enojada, lo está con el mismo derecho el día 14 que el día 28. Pero al mismo tiempo, tener presente que una parte de ella se encuentra temporalmente poseída por Katie Kaboom contra su voluntad, permite no enfrascarse en discusiones estériles, donde uno trata de abordar racionalmente algo que en realidad sólo pedía un poco de contención… aunque ahora que lo pienso, eso también es válido para el resto del mes.

Y es que en verdad, la Regla nos termina de poner en contacto con la multidimensionalidad de las mujeres. Y es algo que uno aprende con el tiempo. Cuando uno es un pendejo, entre amoríos pasajeros, la regla no entra mucho en la ecuación (y ojo, que es la razón de muchas inexplicables cancelaciones de planes a último minuto). Siempre es lo último que conocemos de una mujer. Es propia de las relaciones hechas y derechas, tanto de las de pareja como de las amistades. Cuando nos encontramos con ella, es porque la cosa va en serio. Y tal vez es bueno que sea así, porque se necesita amor, y no lógica, para salir airosos de La Regla.

Shao.

* Todo lo dicho aquí se aplica también por extensión al famoso Síndrome Pre-Menstrual (PMS).

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bb

La metáfora perfecta: Bryan Cranston disfrazado de su propio personaje.

Se hace difícil conocernos en estas épocas donde todos somos nuestro propio asesor de imagen. La capacidad de editar lo que decimos antes (y después) de decirlo nos cagó la vida: antes tolerábamos los tartamudeos, las vacilaciones, las pausas, las frases torpes, porque come on, no todos nacimos para comunicadores audiovisuales o animadores de kermesses, a Dios gracias. Tú me aceptas mis pifias, yo te acepto las tuyas.

Pero ahora podemos corregir nuestra ortografía, pensar tres veces lo que vamos a decir, copiarle la conversación al amigo para que opine e incluso googlear una frase inteligente antes de responder. Tenemos manuales y libros para decir la cosa correcta en el momento preciso. Podemos photoshopear las cicatrices y salvar nuestra ignorancia con un par de visitas a Wikipedia. Nuestros videos duran seis segundos y no nos alcanzan a mostrar poniéndonos nerviosos o quedándonos en blanco. Y todos esos arreglines nos esconden tras la versión idealizada de nosotros mismos. Todos parecemos ser sensuales, chispeantes, cultos y onderos, mostrando nuestro mejor ángulo.

Deformamos nuestro nombre y nos ponemos apodos absurdos, para escapar de la normalidad de llamarnos Marcelo, Anita, Sergio. O nos ponemos de avatar un personaje, una caricatura, una foto random, que finalmente no es ni más auténtica ni más falsa que una foto de nosotros, escogida, retocada y encuadrada. Nos estamos conviertiendo en una suerte de fanpage, una colección de platos de comida, playlists y hábitos a la cual se le puede enviar publicidad personalizada, o enviar a la cárcel por sospechas terroristas.

Interactuar se parece cada vez más a un beso seco entre dos máscaras, un intercambio de clichés y jajajás que nos resultan demasiado cómodos y seguros. Somos la versión chatbot, el Siri de nosotros mismos: no conversamos nosotros, sino que conversan nuestros perfiles. Y si nos pasa algo y morimos, nuestras aplicaciones siguen posteando en nuestro nombre, manteniéndonos online como zombies, dejando grotescamente en evidencia lo fácil que es fingir vida digital.

¿Cagamos?

Tal vez no. Pero desenterrar la humanidad, a estas alturas, requiere valentía. Tal vez el tontito que DESPOTRICA EN MAYÚSCULAS en Twitter a los tres followers que aún le quedan tenga un punto. O tal vez no, y lo suyo también es una pose ensayada, un experimento social, una cuenta parodia para la cual no tenemos el sarcasmo suficiente. ¿Cómo saberlo? Ése es el problema realmente: que no sabemos. Jugamos al gato y al ratón entre los cada vez más accesibles blogs de psicología y los cada vez más inaccesibles perfiles de la gente.

Por eso también este blog: para ver si aprendemos a adivinar la fragilidad de los demás entre los píxeles, porque a ratos pareciera que los demás están increíblemente bien y que los únicos que tenemos miedos y ansiedades somos nosotros.

Shao.

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Una lectura apresurada de este blog podría sugerir que los hombres las preferimos explícitas en cuanto a su pasión por el sexo (iba a decir pasión por el regalón, pero resulta que están las que les gusta el sexo y las que sólo les gusta el pico, y créame, son categorías distintas).

Pues nada más alejado de la realidad. En estos tiempos forzadamente sexuales, la mina discreta, ésa que no hace aspavientos, nos evidencia un punto: el alarde y la publicidad no necesariamente implican un buen sexo, y muchas veces es justo al contrario: es la falta de soltura amatoria, pidiendo ser compensada (y si no, que lo digan las siempre proliferantes Tuitercachondas).

El punto es, ¿cómo lo sabes entonces?

El punto es, ¿necesitas saberlo de antemano?

¿Qué pasó que de pronto necesitamos garantías para lanzarnos? ¿Tan descocados nos tienen? Una mina discreta es la falta de garantías que hace que lanzarse valga la pena.

Yo diría que aquellas mujeres piolas, que aman el sexo puertas adentro pero dejan la incógnita puertas afuera, son la gran mayoría. ¿Cuánto tipo distraído por ahí no tendrá de pareja a minas que aparentan ser apáticas o conformistas en lo sexual, y que en realidad no son más que fierecillas dormidas, esperando pacientemente escuchar el santo y seña animalesco para despertar?

Incógnita.

Y eso de la incógnita es muy femenino; desde su fisonomía en adelante que las partes buenas necesitan ser exploradas, conquistadas, es la fruta más alta del árbol.

Y los hombres creemos ser muy concretos, juramos de guata que somos pragmáticos y al callo y que no nos gustan los rodeos, pero tal como ellas, rapidito nos fastidiamos con lo obvio y lo evidente. Nos gustan los Everests, los Olimpos; porque eso de subir montañas inhóspitas y clavar banderas al llegar funciona a varios niveles con nosotros.

Nos gusta la sospecha, el acertijo. Y esto no tiene nada que ver con demorar eternamente la intimidad; de hecho, una mina discreta puede ser sorprendentemente rápida si vio las señales correctas. La mina discreta tiene claro lo que busca, así que no ve razón para hacerse la difícil: o quiere o no quiere. Las trabas y las demoras son para las pendejas indecisas que aún no saben distinguir entre un Ken y un tipo de carne y hueso, o para las inseguras, que se hacen tanta publicidad que colapsan con la avalancha de babosos, y a falta de buen ojo para filtrar, simplemente los dejan a todos afuera.

La mina piola muchas veces es la Simpática en el sentido de que no te la puedes engrupir; o te aceptó la danza o no te la aceptó, pero no será un tema de sacársela por cansancio, de ablandarla con regalos pelotudos o de demostrarle con frases acartonadas que te leíste tres ebooks de filosofía la semana pasada. La Discreta, a diferencia de una que es meramente tímida, no es impresionable por pendejadas. Se dejará encantar por los detalles inversos a los que tú pretendías mostrarle y le abrirá sus piernas a tus defectos más que a tu ensayada bio de Twitter.

De hecho, en un mundo donde todos nos hacemos los lindos, lo único que realmente impresiona a una Discreta (y lo que más me impresiona a mí de una Discreta, ahora que lo pienso) es esa falta de necesidad por impresionar.

A la Discreta simplemente le tincaste, y eso recién será un primer “sí” al baile con lo desconocido que ella encierra, sin garantías, sin calentadas de sopa. Y si dos horas más tarde su cartera está desparramada en el suelo junto a tus pantalones, eso sólo es una señal de que estaba todo bien y de que cumpliste de cerca lo que prometías a lo lejos, porque la decisión de aceptarte la cueca fue tomada por ella, mucho antes de que se te ocurriera mirar.

La Discreta entiende de química. Las reacciones químicas no son un logro; simplemente ocurren, o simplemente no ocurren. O al menos yo nunca vi al hidrógeno pagarle cenas al oxígeno para ver si se conseguían juntar.

Así que nada de andar cantando victoria. Los bragging rights son un cazabobo: si realmente te los mereces, no los usarás. Y eso cuenta para ambos lados, porque la mina discreta no anda avisando que es discreta.

Shao.

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En la parte 1 de esta miniserie, vimos tres didácticas lecciones que uno aprende, básicamente, gracias a mandarse cagazos y jurar que la está haciendo de lujo cuando not. Acá vienen las tres finales. Que le aprovechen.

Es Mejor Poner Grande La Letra Chica (!)

Lo más usual es que uno muestre su mejor lado cuando está conociendo a alguien. Somos el perfecto equilibrio de todo: imaginativos pero concretos, sofisticados pero sencillos, relajados pero responsables, maduros pero con alma de niño, flacos pero gordos, rubios pero morenos, etc.

Cuando esto sucede, uno tiene el espejismo que es el único de los dos que lo está haciendo; pero resulta que, del otro lado, las sonrisas despreocupadas y las frases clever de la lola son tan cuidadosas como las de usté. Y ahí es cuando se vuelve un poco difícil aplicar el “O te gusta como es, o cagaste” de la parte 1: ¿cómo voy a saber si realmente me gusta la persona si no tengo idea cómo es en realidad?

La regla de oro acá es: siempre es mejor ir con las imperfecciones de frente. En primer lugar, porque uno se relaja de tener que aparentar algo que no es. Todos tenemos algo de cuáticos, celosos, inseguros, desconfiados, alumbrados; todos tenemos un punto donde somos torpes, débiles, ingenuos, indecisos, ignorantes, o hablamos pelotudeces.

Todos” también incluye, por supuesto, a esa dulce y perfecta criatura a la que le estamos sacando los sostenes con avidez en estos instantes. Y lo menciono porque: a) uno tiende a idealizar un poco a la mina cuando recién la viene conociendo, y b) la gente usualmente se suelta y se relaja cuando uno demuestra sus imperfecciones, y es capaz de compartir las suyas propias. Esto, a su vez, nos pone mucho más sobre aviso (“¿En serio eres un poquitín celoso? Uuuh yo también, a mi último pololo le quemé la casa porque lo vi hablando con una mina, nunca pensé que tendría la confianza para contarte esto, jijiji”).

Ahora, hay que tener en cuenta algo: al principio de una relación uno efectivamente está menos involucrado, y por ende uno de verdad es más relajado. Siente que tiene menos que perder. Otra cosa es cuando la relación avanza y ambos se enganchan. O dicho de otro modo: todas son Dignas los primeros dos o tres meses. Eso no tiene nada de gracia; es después donde se ven las Taimadas, las Mafiosas y las Weonas Locas. Por eso es bueno hablar un poco más del tema cuando las aguas todavía están quietas y uno puede elegir si aceptar o arrancar.

También considere que la situación se distorsiona cuando uno de los dos lleva mucho tiempo soltero (y por ende pierde la costumbre de la vida en pareja), o cuando uno de los dos recién viene saliendo de una relación muy larga (donde viene con las mañas y los hábitos de la pareja anterior). En cualquier caso, ármese de bolas y vaya de frente con sus mañas y sus yayas, así como con las cosas que no tolera o que no transa. Le irá mucho mejor.

Si Tiene Dudas, Aplique la Regla de los 7 Años

Nuevamente nos anclaremos del “O te gusta como es, o cagaste”. Como siempre, nunca es todo tan blanco o negro, y puede que hayan cosas de la mina que más que un dealbreaker, son sólo una pequeña molestia. Entonces uno se pregunta: “ok, me doy cuenta que a mi mina le gusta gruñir como chanchito mientras folla (por dar un ejemplo). A mí no me agrada mucho, pero claramente no la voy a patear por eso”. ¿O sí?

¿Cómo saber?

Entra en escena la regla de los 7 años. Básicamente, consiste en preguntarse: “¿Aguantaría esto siete años seguidos?”. Haga el ejercicio e imagínese que pasan siete años en los que la situación que intenta analizar es pan de cada día. (Si le cuesta imaginarse qué tanto pueden cambiar las cosas en siete años más, trate de acordarse de cómo era usté hace siete años atrás).

¿Por qué siete años? Siete años es un tiempo prudente para acostumbrarse a (casi) cualquier cosa; lo que sea que ud haga durante más de siete años, terminará haciéndolo con mucho talento (no sé por qué el primer ejemplo que se me viene a la mente es correrse la paja). Desde luego, no tienen por qué ser justo siete años; ajuste su umbral al tiempo que crea razonable.

Si la respuesta a la famosa pregunta es “ni cagando aguanto esto siete años”, significa que la cosa tiene fecha de vencimiento, a menos que a ella se le ocurriera cambiar en el camino –cosa a) muy poco probable y b) que tampoco te incumbe–. Y esto significa que si pasa el tiempo y te sigues haciendo el weón, vas a explotar.

Esto es lo que le pasa a la mayoría de la gente cuando no tiene el carácter o la franqueza para decirle a los demás las cosas que no le gustan. Al principio está bien ser diplomático y paciente, pero cuando se trata de una relación cercana, el exceso de diplomacia pasa la cuenta. Una vez que hay algo que usté sabe que no tolerará mucho tiempo más, las opciones son dos: o da la cara o se dedica a sufrir en silencio estilo Oshin. Y a su vez, darle la cara al problema puede ser a) con dignidad y calma si lo hace tempranamente, o b) como una guagua malcriada, con gritos y pataleos, si es que se aguanta hasta el último momento.

Suceda lo que suceda, si decide aperrar y bancárselas, no se ande quejando por ahí de su mujer por otros lados. Quejarse es de weones sin bolas, que no tienen carácter para resolver sus problemas solos. Cuando usté habla de su mina como “la bruja”, aunque sea en bromita, simplemente está diciéndole al mundo: me tienen de los cocos y lo paso mal, pero como no tengo bolas y no puedo hacer nada al respecto, me quejo.

(Por cierto, andar diciendo las cosas que le molestan “en bromita” es bien de mamasanes también.)

Si realmente no quiere buscarse a otra mina, no ande pelando a la suya. Incluso si sabe que la cosa tiene fecha de vencimiento, haga sus weás calladito y no ande llorando por los balcones. Su “yo” del futuro se lo agradecerá.

Querer Gustarle a Todas Es No Gustarle a Ninguna

Está de moda el galán empático, que en su afán por agradarle a las minas, termina siendo más feminista que ellas mismas. Intenta ser la solución perfecta a las típicas quejas del género:

  • “Faltan caballeros en este mundo”. Él se raja con la cuenta y corre a abrir la puerta del auto.
  • Andan todos baboseando detrás de la pelotita”. El leerá a Coehlo mientras juega la Roja (y tuiteará al respecto).

La lista podría seguir. En realidad, el galán empático se amolda a la personalidad de la mina que tenga al frente (o a varias a la vez), así que tiene un montón de disfraces para cuando la situación requiera humor, rudeza o ternura. Su postal perfecta sería con una tabla de surf a sus espaldas, Madame Bovary en una mano y un cachorrito recién rescatado en la otra.

No vaya a pensar que estoy pelando: yo mismo caí en esta misma actitud alguna vez. En algún momento de la vida uno tiende a creer que lo que las minas dicen que les gusta de los hombres es lo que realmente ellas quieren de un hombre.

Luego uno capta dos cosas:

a)      La mayoría de las mujeres no sabe realmente qué es lo que le atrae y valora en un hombre hasta que ya está bien mayorcita. Uno empieza a intuir esto desde que ve que la compañerita de curso llora “yo sólo quiero un hombre que me trate bien”, pero se le siguen cayendo los calzones por el mismo saco de huevas. Por ende, seguir al pie de la letra los consejos de las amiguitas que lo tenían a uno de hombro para llorar no va a funcionar. Especialmente no funcionará para salir de una Friendzone (y ésa es una sublección muy útil: no trate de salir de una Friendzone. Se gastará en vano).

b)      El punto anterior importa una raja. Sencillamente, porque uno va entendiendo que esforzarse por agradar sólo trae desagrado. Y por otro lado, siendo cada mina tan distinta a la otra, si quiere agradarlas a todas terminará afeitándose media cara sí y la otra no, porque a algunas le gustan afeitados y a otras barbudos. No tiene sentido. Y si a usté le interesa ese 1% de minas que tiene claro lo que quiere, pues a ese 1% le interesa precisamente quien no está ni ahí con andar cumpliendo expectativas ajenas.

Esto último va especialmente dedicado al pastel despechado, ése que dice “me aburrí de ser bueno, a las minas le gustan los hombres malos, yo me voy a dedicar a ser malvado de ahora en adelante”. A pesar de que a veces es bueno pasar por esas etapas (precisamente para pegarse estos conchazos y aprender algo), finalmente terminará gravitando de vuelta a donde uno se siente más cómodo siendo.

Y ahí hay uno de los cueros de chancho más importantes que uno termina sacando a punta de elegir mal, de pasar vergüenzas y sustos (hola, test de embarazo), de vivir dramáticos fines de relación (de los que uno SIEMPRE se terminará riendo después), de contarse cuentos varios y de obstinarse porfiadamente en perseguir imposibles: que mantener un personaje para agradar a alguien es cansador, poco efectivo y, para qué estamos con cosas, triste. Uno va entendiendo que el “si le gusta bien y si no mala cueva” se puede expresar sin resentimientos de por medio, como una sencilla afirmación que evita perder el tiempo y darse vueltas como mojón en alta mar en torno a los mismos problemas.

Porque al final, después de renegar de Belzebú y de la virgencita de la Junji, de jurar dejar el copete, las drogas y los tónicos capilares del puro arrepentimiento, de pasar de sentirse una mierda a sentirse el weón más bacán del mundo (y viceversa), de mandarse condoros y de cagarse de la risa de uno mismo, algo, algo va quedando. Algo más que una caña moral, por supuesto.

Pero no me crea a mí. Salga pa afuera y cáguela solito usted mismo.

Que se divierta.

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