Autor » Shesho
Iguols

Este blog nació y creció como una manera de entender a las mujeres. O lo femenino. E inevitablemente al escribir entendimos cosas, y como buenos hombres que somos, pensamos que ese conocimiento podría ser transmitido o dejado como legado, para que otros no se pegaran nuestros porrazos, o para que se peguen los porrazos que sí valen la pena. Y eso de por sí presupone algo sumamente arrogante: que nos quedamos con cosas que al menos a nosotros nos podrían servir para más adelante.

Pero es imposible. Casi 300 posts más tarde, de lo único que he aprendido ha sido de mí mismo. Las musas —reales o ficticias— que inspiraron los artículos ya se desvanecieron hace rato. Catalogar y clasificar minas ha sido divertidamente inútil: hemos sido bibliotecarios de la nada. Y no es que sea problema nuestro solamente. Es que estamos metidos en un mundo demasiado impaciente, donde todo necesita ser un crash course. Vivir para dummies. Agarrarse minas para dummies. Salir de la friendzone para dummies. Necesitamos consejos de seducción para distraernos y así no agarrar una metralleta e ir a matar a las minas que nos rechazaron y sentirnos machos alfa por fracciones de segundo antes de rechazarnos a nosotros mismos de un balazo.

En el fondo, estamos cagados de susto. Tenemos miedo a volcarnos, así que vamos a clases y seminarios sobre cómo volcarnos. Y eso nos hace sentir bien y podemos volver a casa a ver las noticias de las 9 sin culpa. Por eso la gente toma cursos de emprendimiento, y cursos para seducir minas, y cursos de liderazgo y oratoria, y magísters y diplomados. Y luego comparten en redes sociales frases memorizadas, como testimonio de que las capacitaciones hicieron efecto.

Estoy desencantado de la academia en general, y de la gente buena para decirle a otros qué hacer en particular. Y de la gente que espera aprender cosas sentada y con la boca cerrada.

Finalmente, “comprender a las mujeres” o “comprender lo femenino” no son más que masturbaciones mentales. Tal como “comprender a los hombres” o a “lo masculino”, por cierto. He llegado a encontrarme con las mujeres y con las personas con las que ha sido importante encontrarme. Y comprender no ha entrado mucho en la ecuación. Ni en los orgasmos, ni en las peleas, ni en el amor, ni en el desamor, ni siquiera para tomar las decisiones correctas. De hecho, las decisiones correctas (como empezar a colaborar en este blog) siempre partieron sintiéndose un poco estúpidas y tiradas de las mechas.

Pero por alguna razón genética-evolucionaria-metafísica que desconozco, ahí está escondido todo lo que vale la pena. No en este post, por cierto. Ni en nada que venga ya envasado, aunque sea un puré de tomate 100% natural, o los inspiradores relatos de gente que se atrevió a cosas a las que usté no.

Éste es intencionalmente un feel-bad post. Si lo que quería era un feel-good post, disculpe, aquí tiene uno.

Shao.

PD: y ahora lea este comentario.

22 comentarios. Deja el tuyo»

Ésta es una entrada en la Enciclopedia Ilustrada Coleccionable de las Técnicas Zorras.
Remítase a la Bienvenida para una explicación general de las Zorras y sus características.

======================================================================

Descripción de la técnica

angel-malherido

Ángel Malherido, circa 1560

El Ángel Malherido (sí, el nombre le sonará a canción de Maná o Arjona) es una Técnica Zorra consistente en fingir o exacerbar un estado de vulnerabilidad mental, emocional o física, como excusa para justificar todo tipo de comportamientos.

Esta técnica tiene como parienta cercana a la Mosquita Muerta. La diferencia es que aquí, más que encubrir, se intenta justificar un hecho evidente, ya sea porque (a) la Zorra andaba pajareando y la pillaron, o (b) cometió un acto imposible de maquillar. Podríamos decir que es la técnica “del día después”, cuando otras más sutiles han fallado.

Por estado de vulnerabilidad entenderemos las chivas de origen mental/emocional, como depresión, bipolaridad, crisis de pánico, TOC, borderline, etc. Autodiagnosticarse como borderline está bastante de moda, porque tiene nombre gringo y suena a que de alguna forma es un caso clínico y se puede citar a Grey’s Anatomy como evidencia.

Otro origen frecuente de excusas son relaciones traumáticas del pasado, donde ella siempre salió con el corazón destrozado y sus alitas rotas, incapaz de recordar cómo era eso de amar a alguien de verdad (o al menos de cómo sentir celos sin destrozarle el auto al pololo). Tampoco faltan las pachamámicas, que le echarán la culpa a que son niñas Indigo o Cristal y que por ende son “especiales” y necesitan que les hablen suavecito.

Dependiendo del contexto de la muchacha y su víctima, algunas harán uso de excusas aún más exóticas: “es que me encuentro en un proceso de purificación de herencias energéticas ancestrales”, “mi psicólogo me pidió que no me guardara nada”, “es la cruz que me tocó cargar”, “me hicieron un amarre”, “son las gotas homeopáticas que estoy tomando, significa que me están haciendo efecto”.

Excusas físicas suelen relacionarse con dolencias menores, como gripes, diarreas, ataques de colon, intolerancia a la lactosa, etc, que usualmente encubrirán cosas igualmente inocuas. Están también quienes le echan la culpa a La Regla o al SPM por cosas que en realidad ocurren fuera del período. Como este tipo de excusas suele ser más fácil de detectar, la Zorra preferirá las emocionales para los casos más complejos.

Usos y efectos

Entre las cosas que la Zorrita puede intentar excusar con el Ángel Malherido, tenemos:

  • Arranques de mal genio, rabia e ira desproporcionados
  • Escenas de celos, shows pobres y peleas estilo Daniella Campos v/s Titi Ahubert con alguna otra Zorra, etc.
  • Infidelidades
  • Inminente término de una relación (donde la causa real es que la mina se aburrió)
  • Haber tratado con la punta del zapato a un baboso que después (como buen baboso) va a pedirle explicaciones
  • Arrepentirse a último minuto de tener sexo con alguien con quien no quiere quedar mal
  • Arrepentirse a los pocos días o semanas de haberse puesto a pololear
  • Faltar al trabajo, a un examen, a una cita, etc.

Esta técnica funciona tan bien porque se ancla a dos puntos débiles que tenemos los hombres: a) el desconcierto y la total parálisis que sentimos cuando vemos a una mina quebrarse y b) nuestro instinto de protección, que fácilmente deviene en complejo de superhéroe/enfermero si la ocasión se presenta.

Esto le da oportunidad a la Zorra de bajarle la guardia a su víctima dándole la oportunidad de salvarla, rescatarla, sanarla. Llegado este punto, el susodicho no sólo tapará con tierra cualquier ofensa, sino que secretamente se sentirá hasta honrado de que esto le haya pasado a él.

El real peligro de esta técnica es que, una vez aceptada, se convierte en el comodín para justificar cualquier tipo de mañas y pendejadas. De la misma forma, para la víctima ya no es tan fácil salirse del loop si se le agota la paciencia: no puede llegar y abandonarla a su suerte, está tan vulnerable y desvalida. Tiene que quedarse ahí y resistir. (Somos bien huevones a veces.)

Índice de peligrosidad: MUY ALTO (5/5)

Antídoto y profilaxis

Al igual que otras técnicas que involucran vulnerabilidad, es muy difícil separar el polvo de la paja. Desde luego, hay minas que de verdad sufren algún tipo de trastorno o trance difícil y necesitan una pizca extra de paciencia y cariño. Pero aún siendo así el caso, usté merece saber si va a tener que lidiar con una mujer en una situación complicada o con una fresca de raja de marca mayor.

Un buen punto de partida es establecer qué tan grave es la excusa:

  • Para excusas suaves: la primera vez que ocurra, asuma que ella está diciendo la verdad. La segunda vez atribúyalo a una lamentable coincidencia. La tercera vez usté ya puede dar por hecho que hay una excusa en acción.
  • Para excusas más serias: acá es bueno hacer un background check e intentar hablar con familia o cercanos a ella para sondear qué tan real es lo que aqueja a la lolita. Pruebe también dándole vuelta la tortilla: agárrese de la supuesta gravedad del asunto, e insista en que vea su caso con un doctor/un abogado/los pacos/un exorcista/Tony Kamo. Si ella opone resistencia a que un externo la revise, o si es algo que supuestamente nadie más puede saber, empiece a sospechar.

Para Terminar, Un Mensaje Positivo

A veces las mentiritas blancas sacan de apuros y suavizan verdades demasiado rudas. Hay ocasiones donde es preferible pensar que su amor de verano terminó porque ella “está pasando por un momento complejo” en lugar de “en verdad estái muy fofo y yo quiero ir a tirarme otros minos”. Es menos dañino para la paz mental y ayuda a enfocarse en otra cosa. Todos la hemos hecho alguna vez.

Pero recuerde también que todo tiene un límite que rompe el deseo. A mucha gente le han pasado weás muy pencas y se las arregla como sea para que esas cosas no definan su personalidad (no ponerlo en la bio de Twitter ayuda bastante). Y en general, se pasa mucho mejor con la gente que no se anda poniendo excusas para todo.

Shao.

19 comentarios. Deja el tuyo»

“Me dan ganas de matar a alguien y al mismo tiempo comer pretzels blanditos”
— Jess, New Girl

Bienvenidos a La Regla*, el mágico y misterioso limbo hormonal por el que navegan las mujeres con una regularidad igualmente mágica y misteriosa. La regla es contradictoria: odiada cuando llega, aún más odiada cuando no llega. Paradójicamente, carece de reglas: acomete a cada fémina de manera especial y con intensidad azarosa cada vez. La regla es tragicómica: la mina sabe que sus emociones están en estado de sitio, le pueden parecer incluso graciosas sus reacciones, pero no puede hacer nada al respecto.

Pero por sobre todo, la regla es un absoluto tabú para nosotros los hombres. No está en los manuales. No la vemos venir. No sabemos hablar de ella (pregúntele a cualquier hombre emparejado qué tal anda todo cuando ella anda en el período, y lo verá reírse nerviosamente sin saber qué responder). El sexo también se vuelve contradictorio en esos días: aumenta la incomodidad junto con las ganas. Contraría todo lo que intuitivamente sabemos, y no notamos su presencia hasta que es demasiado tarde.

Es por eso que aquí va una recopilación de sabiduría personal y colectiva para lidiar con la pasión, muerte y resurrección de las hormonas femeninas.

Ruler Facts

Básicamente, la regla es como si recibiéramos una patada en las bolas mensualmente. Es algo que nunca sabremos a ciencia cierta, pero no se me ocurre otro equivalente masculino a ese molesto dolor prolongado, expandido, que no parece irse nunca, que nos obliga a doblarnos y que involucra algún aparato reproductor.

— Puede que todo parezca estar muy mal ese día para ella, sin razón aparente. Para uno es difícil de entender cómo ayer nuestra fémina salió con alegría y entereza de una reunión de trabajo donde le voltearon un café encima, el jefe le hizo un chiste sexista y se armó una pelea donde casi la despiden, y en cambio hoy fue un día horrible porque se le quedó la bolsita del almuerzo en casa.

La única manera de salir del mindfuck es entendiendo que

—Puede que ella necesite más cariño que de costumbre, pero no sepa pedirlo. Por un lado, la sensación física infernal la urge a hacerse bolita y refugiarse en el cuddling, pero por otro lado quiere estrangular al primero que tenga cara de llamarse Andrés. Además, puede que se sienta culpable por estar demandando demasiado, pero al mismo tiempo quiere que el cariño sólo llegue, sin más pregunta o explicación; y eso hace que lo odie a usté un poquito por necesitar tantos aspavientos para una weá tan básica como un regaloneo, y a la vez se odie a sí misma por no poder ser más clara en algo que supuestamente es fácil de pedir.

Este mar de contradicciones explica el que muchas veces, el relato lastimero de los hechos del día no es más que una exhibición de pruebas para que uno diga “woou, qué día feo que tuviste, ven acá a regalonear“; pero en lugar de eso, uno (como buen hombre) se lanza a resolver analíticamente los problemas: “Pero a ver, ¿almorzaste o no? ¿Sí? ¿Entonces para qué tanta gravedad?“.  Ella, que quiere que la abracen y no que la cuestionen, se frustra; y uno se frustra a su vez, porque no entiende por qué ella se enoja en lugar de analizar el problema y ya. Y así empiezan muchas hecatombes de proporciones bíblicas.

Por eso es importante tener presente que

— El desconcierto que usté tiene en su cabeza acerca de la Regla, ella también lo tiene. Y está en disputa interna con su némesis hormonal, que sólo quiere alivio, cariño y burbujas plásticas para reventar con furia. Tratarla como si ella estuviese de acuerdo con su período es inútil. Nada que le pueda decir usté al respecto le es novedad, porque ella misma está en ese conflicto interno y quiere salir de ese estado, pero no sabe cómo. Esto explica que suceda lo siguiente:

No hay alivio más grande que cuando ella reconoce que su <inserte comportamiento desconcertante aquí> se debía a que andaba con la regla. A menos que uno meta la pata (ver punto siguiente), terminará sucediendo tarde o temprano si es que realmente era así.

Y es algo que sólo ella puede realmente hacer, porque

— Usté no puede directamente echarle la culpa de nada a que ella anda con la regla. NO LO HAGA. Es, por lejos, la estupidez más soberana que puede uno cometer, y le explico por qué: si efectivamente el desajuste emocional se debe a la regla, usté queda como un desatinado, que a sabiendas de la situación no está teniendo ni una pizca de tacto, y con el añadido de que ella está efectivamente con la regla y por ende le afectará más.

Si por el contrario, usté yerra, es aún peor: en primer lugar, queda como un pelotudo machista, que desvaloriza el legítimo derecho de ella a enojarse o estar sensible, achacándoselo a las hormonas; y en segundo lugar, ni siquiera es capaz de acordarse de cuándo le llega la regla realmente.

El corolario de este hecho es que

— La mejor manera de lidiar con la Regla es tenerla presente, pero no usarla como carta para zanjar discusiones. Es decir: si ella está sensible o enojada, lo está con el mismo derecho el día 14 que el día 28. Pero al mismo tiempo, tener presente que una parte de ella se encuentra temporalmente poseída por Katie Kaboom contra su voluntad, permite no enfrascarse en discusiones estériles, donde uno trata de abordar racionalmente algo que en realidad sólo pedía un poco de contención… aunque ahora que lo pienso, eso también es válido para el resto del mes.

Y es que en verdad, la Regla nos termina de poner en contacto con la multidimensionalidad de las mujeres. Y es algo que uno aprende con el tiempo. Cuando uno es un pendejo, entre amoríos pasajeros, la regla no entra mucho en la ecuación (y ojo, que es la razón de muchas inexplicables cancelaciones de planes a último minuto). Siempre es lo último que conocemos de una mujer. Es propia de las relaciones hechas y derechas, tanto de las de pareja como de las amistades. Cuando nos encontramos con ella, es porque la cosa va en serio. Y tal vez es bueno que sea así, porque se necesita amor, y no lógica, para salir airosos de La Regla.

Shao.

* Todo lo dicho aquí se aplica también por extensión al famoso Síndrome Pre-Menstrual (PMS).

44 comentarios. Deja el tuyo»

La sesión de 210 selfies hasta llegar a la correcta. Los likes en Facebook. Los fans que suben como la espuma. La euforia de sentirse deseada, por alguien, no sabe bien por quién ni cómo se siente, nunca ha deseado fervientemente a nadie tampoco hasta el minuto. Los besos y toqueteos con las amigas, porque es cool, porque los minos se vuelven locos. Las fotos en pose porrista, con las medias hasta las rodillas. La envidia de las amigas que ya tienen sexo y andan con tipos mayores y con plata. Las primeras pornos vistas con una mezcla de estupor e impaciencia. La sensación de tiempo perdido. Las prácticas, montada encima de una almohada frente al espejo.

La revista de Hannah Montana que pasa al último cajón del velador.

La mentirilla del pijama party. Los autos sacados a escondidas de la casa de los papás. La lengua afuera. Los tres toques de perfume más de lo necesario. La plata para los cigarros. Los toqueteos furtivos en el asiento trasero que comparten entre cinco. Las declaraciones al aire de cuán loca está. La hierba que todo lo facilita. La tos. El tampón con vodka. Los gritos a los minos en la calle. La pérdida de memoria. La junta extraña en casa de esos dos amigos de 25 años que viven solos y que no paran de darle copete. El taxi a medianoche, borrada. El celular perdido. Las fotos de las que se debe desetiquetar con rapidez.

La fiesta de fin de curso. La disimulada perplejidad de la primera vez que la tocan, demasiado temprano para lo que vendían sus fotos. La leve angustia, la competencia entre el vértigo de no haber estado realmente preparada y el vértigo de estarlo logrando. La brusquedad del mino, torpe como ella, fingidamente experimentado como ella, y que como ella, asumió que la cosa es violenta porque en las pornos es así. El dolorcito que crece. La cara de aquí no ha pasado nada, esto no es nuevo para mí, la sonrisa con los ojos demasiado abiertos, delatores. La sensación de estafa. La risa nerviosa. Los recuerdos de la almohada, los recursos ensayados una y otra vez, mirando para arriba, poniéndose un dedo en la boca. La mancha roja que no estaba en el libreto.

El día siguiente y la sensación de que las amigas saben algo que ella no. La indiferencia del mino. Los dos días en que la regla llegó más tarde. La doble flechita del Whatsapp que indica que sí leyó el mensaje donde intentó contarle. El amigo al que se come por despecho. La angustia de que rueden los comentarios. Los mensajes anónimos, las acusaciones de perra.

El redoblado esfuerzo por producirse. Más pornos. Las frases cochinas, dichas al espejo para perder la vergüenza. El maquillaje nuevo de regalo de Navidad. Los videos en internet sobre cómo poner un condón. El tatuaje en un lugar estratégico. Las quejas del papá. Las fotos cubriendo con un brazo un busto demasiado, demasiado incipiente. La visita al sex shop con una amiga, entre risitas. La otra amiga a la que le regalaron tetas por salir del colegio. El topless en la playa. La primera brasilera. La fiesta mechona, los galanes de segundo y tercer año. La oportunidad de intentarlo de nuevo y ver si logra entender en qué se equivocó la vez anterior.

La sensación extraña de nuevo, de que todos saben algo que ella no.

17 comentarios. Deja el tuyo»

bb

La metáfora perfecta: Bryan Cranston disfrazado de su propio personaje.

Se hace difícil conocernos en estas épocas donde todos somos nuestro propio asesor de imagen. La capacidad de editar lo que decimos antes (y después) de decirlo nos cagó la vida: antes tolerábamos los tartamudeos, las vacilaciones, las pausas, las frases torpes, porque come on, no todos nacimos para comunicadores audiovisuales o animadores de kermesses, a Dios gracias. Tú me aceptas mis pifias, yo te acepto las tuyas.

Pero ahora podemos corregir nuestra ortografía, pensar tres veces lo que vamos a decir, copiarle la conversación al amigo para que opine e incluso googlear una frase inteligente antes de responder. Tenemos manuales y libros para decir la cosa correcta en el momento preciso. Podemos photoshopear las cicatrices y salvar nuestra ignorancia con un par de visitas a Wikipedia. Nuestros videos duran seis segundos y no nos alcanzan a mostrar poniéndonos nerviosos o quedándonos en blanco. Y todos esos arreglines nos esconden tras la versión idealizada de nosotros mismos. Todos parecemos ser sensuales, chispeantes, cultos y onderos, mostrando nuestro mejor ángulo.

Deformamos nuestro nombre y nos ponemos apodos absurdos, para escapar de la normalidad de llamarnos Marcelo, Anita, Sergio. O nos ponemos de avatar un personaje, una caricatura, una foto random, que finalmente no es ni más auténtica ni más falsa que una foto de nosotros, escogida, retocada y encuadrada. Nos estamos conviertiendo en una suerte de fanpage, una colección de platos de comida, playlists y hábitos a la cual se le puede enviar publicidad personalizada, o enviar a la cárcel por sospechas terroristas.

Interactuar se parece cada vez más a un beso seco entre dos máscaras, un intercambio de clichés y jajajás que nos resultan demasiado cómodos y seguros. Somos la versión chatbot, el Siri de nosotros mismos: no conversamos nosotros, sino que conversan nuestros perfiles. Y si nos pasa algo y morimos, nuestras aplicaciones siguen posteando en nuestro nombre, manteniéndonos online como zombies, dejando grotescamente en evidencia lo fácil que es fingir vida digital.

¿Cagamos?

Tal vez no. Pero desenterrar la humanidad, a estas alturas, requiere valentía. Tal vez el tontito que DESPOTRICA EN MAYÚSCULAS en Twitter a los tres followers que aún le quedan tenga un punto. O tal vez no, y lo suyo también es una pose ensayada, un experimento social, una cuenta parodia para la cual no tenemos el sarcasmo suficiente. ¿Cómo saberlo? Ése es el problema realmente: que no sabemos. Jugamos al gato y al ratón entre los cada vez más accesibles blogs de psicología y los cada vez más inaccesibles perfiles de la gente.

Por eso también este blog: para ver si aprendemos a adivinar la fragilidad de los demás entre los píxeles, porque a ratos pareciera que los demás están increíblemente bien y que los únicos que tenemos miedos y ansiedades somos nosotros.

Shao.

20 comentarios. Deja el tuyo»