Autor » Shesho

En la parte 1 de esta miniserie, vimos el tema de la idealización que surge del porno versus la realidad, de cómo el porno recoge aquello que nos excita a los hombres, pero que no nos sirve mucho para conocer (y menos entender) a las mujeres. Hoy veremos…

La Intimidad (There’s No Porn Of It)

¿Han escuchado esa frase “if it exists, there is porn of it“?

Pues bien, el porno se hace cargo de todas las cosas que nos excitan, menos de una: la intimidad.

La intimidad, ese espacio intangible que se crea en complicidad con otra persona. La intimidad/complicidad es el afrodisíaco número 1, ya sea que lo obtengas real o fingido. La intimidad suaviza o embellece muchas imperfecciones. Y la intimidad es la cura para la idealización excesiva. Te saca de la fantasía y te devuelve a la realidad.

El quedarse pegado con el porno, por otra parte, te hace sacar a la intimidad de la ecuación. Como no la ves, como no la sientes ni la percibes, asumes que no es necesaria. Y claro, uno (suele) ver porno solo, y la única intimidad de la que disfruta es la intimidad consigo mismo.

Es cuático el tema de la intimidad con otra persona. La intimidad intimida! (la misma raíz puede generar significados tan opuestos). Crear y desarrollar complicidad es un arte, y un arte no apto para mañosos. Implica mostrarse y aceptar que se te muestren. Se necesita cariño con uno mismo y con ella: no todo lo que se muestra en la complicidad es bonito, pero el producto final suele pararla más que cualquier artilugio por sí solo.

Realidad versus Fantasía

Las mujeres suelen malinterpretar, por inseguridad más que otra cosa, las fantasías de los hombres. Existe un espacio sagrado y personal, donde estamos solos y podemos calentarnos con lo que se nos ocurra: eso son las fantasías. El porno viene a ser la proyección mental de dichas fantasías. Necesitamos ese espacio imaginativo, donde pueda suceder cualquier cosa. Es la válvula de escape de la mente. Es lo que nos puede mantener fieles si es que decidimos comprometernos con alguien.

No es fácil la monogamia, y ni siquiera me consta que vengamos de fábrica equipados para hacerlo bien (somos excelentes en comer, cagar y construir edificios, pero en ser fieles, puta la weá). Quien opte por ese camino, definitivamente va a necesitar tiraje para la chimenea, porque en algún espacio, sea real o virtual, necesitamos ser unas bestias poligámicas de mierda. Las fantasías suplen eso.

Estimada lectora: A menos que su lolito tenga problemas diferenciando la realidad de la fantasía, déjelo tranquilo con sus fantasías. No lo brujee para saber si se sigue corriendo la paja ahora que están pololeando, o si se quedó fantaseando con ese culo que acaba de ver pasar, o si tiene sueños eróticos con alguna ex. Córtela.

Sacar Ideas

Desde luego, el porno es el lugar número 1 para sacar ideas sexuales. Pero en general, los hombres somos tímidos a la hora de proponer fantasías (salvo que hayamos sido educados sexualmente por alguna mina bien loquita). Podemos tener el repertorio entero de disfraces y dirty talk en la mente, pero sólo nos sentiremos cómodos como para mostrarlo si la mujer nos da pie a hacerlo.

En este ámbito las minas parecen estar un poco polarizadas. Están las que se espantan con cualquier cosa que no sea el good ol’ mete-y-saca (incluso la idea de depilarse, carajo), y están las curadas de espanto, a las que follar en el helipuerto de la Posta disfrazada de garota en carnaval les parece cuento viejo.

Los hombres vemos más porno que las mujeres, en el porno hacen cosas más raras, por ende, probablemente tenemos más repertorios raros para ejecutar. Acá vuelve a jugar el tema de la intimidad: nadie quiere espantar a una mina en la cama, sea por muy fome o por muy desquiciado. Necesitamos entender cuáles son los límites de la lola en cuestión, tanto físicos como mentales. Eso se logra con confianza y comunicación mutuas (sorry, apagando nuevamente el modo Pilar Sordo).

Acá sí, lolita, pregunte (sin ponerse jugosa, claro), sugiera, proponga. Por muchas ideas que nos pueda dar, el porno tampoco nos ha enseñado como protagonizar nuestra propia porno, así que creo que eso requiere trabajo en equipo.

Shao. El tema da para mucho, pero los leo a ustedes.

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Ah, el porno. Esa rama de la cultura humana, tan hegemónicamente masculina (Sí, existe porno para mujeres. Sí, probablemente algunas de ustedes, metiches lectoras, ven porno. Sí, son atrevidas e innovadoras, lo sabemos. Sí, también existen hombres que se hacen visos en el pelo. Pero ninguno de esos facts es la regla, sino la excepción).

El porno. Eso que, de adolescentes, negábamos ver en presencia de nuestras compañeritas por miedo a ser tildados de pajeros o califas, sólo para luego irnos a correr la paja a la casa, mezclando los recuerdos de esas mismas compañeritas con el porno habitual.

¿Qué hace tan mayoritariamente masculino al porno? Somos seres muy visuales para calentarnos. Somos relativamente obvios en nuestras preferencias eróticas. Mientras a una mina le interesa – y excita – el “cuento” detrás de un tipo, a nosotros nos excita la imagen de nosotros mismos detrás de una tipa. El culto al cuerpo femenino es preferencia masculina. El maquillaje femenino es preferencia masculina. Las operaciones de tetas son preferencia masculina.

Idealizaciones

El porno – y me duele decirlo – es nuestro propio chick flick, el equivalente masculino a las películas románticamente bobas que hacen suspirar a las no tan adolescentes: es la fábrica de nuestras idealizaciones en pareja. Las minas sueñan con un vampiro Edward que se niegue a follar con ellas por amor; los hombres soñamos con una Sylvia Saint que se niegue a soltarnos la corneta.

La idealización masculina materializada en el porno le entrega a las mujeres una vara de medida con resultados predecibles: si me pongo tetas, él se excitará más; si le chupo el pico, el se excitará más; si me comporto como una gatita calentona y siempre disponible, él se excitará más. En cambio, si un hombre intenta emular el comportamiento del vampiro Edward y le aguanta las maraquerías a una mina con tal de conservar su amor, se transformará en un baboso de tercera (y por si se lo preguntaban, imitar al latin-lobo y hacerse el eterno amigo-jote tendrá las mismas consecuencias).

Pero incluso para nuestro lado, el exceso de idealización hace daño.

Mujeres en el porno versus mujeres en la vida real

En el porno, o las mujeres son perfectas, o calzan perfecto con un fetiche donde su imperfección es estereotipada. En el porno no hay pelitos (salvo en el estilo hairy), no hay olor a ala ni a otras cavidades, no hay dolor de cabeza, no hay mal tufo por haberse pasado media hora tirando sin tomar agua, no hay enfermedades, no hay cama que cruja demasiado o una prenda difícil de sacar.

En el porno no hacen cucharita after sexo; de hecho, difícilmente se encuentra un after sexo. Las minas, entre luces, maquillaje y ángulos apropiados, se ven mucho más deliciosas de lo que realmente son. En el porno, curiosamente, son las mujeres las que poseen una personalidad y carácter definidos; el hombre suele reducirse a una protuberancia. Las mujeres ganan más que los hombres en el porno.

¿Es culpa del porno todo esto? Para mí el porno es una mera radiografía de lo que nos excita más a los hombres visualmente: nuestras preferencias, nuestras fantasías, nuestros fetiches. Por ahí alguien dijo que el porno, por una cosa de negocio, DEBE ser un reflejo fiel de lo que nos excita, porque si no, sencillamente, perdería audiencia.

El porno nos enseña qué nos excita a los hombres, no cómo son las mujeres o cómo es el sexo. Y tal como la púber que ve muchas pelis sigue esperando absurdamente que el próximo poncio que se agarre en una plaza le salga romanticón y épico, un hombre refugiado en el porno corre el riesgo de quedarse esperando para siempre a una mina exquisita, siempre caliente y que no habla más que para decir “oh you bad boy“.

Lamentablemente (o afortunadamente!), ser repartidor de pizza o profesor particular suele no funcionar en la vida real para obtener sexo casual.

Your Personal Porn Star?

Y no es que no te vayas a encontrar nunca a una pornostar en la vida real: se puede. Pero en la vida real te topas también con lo que las pornos no muestran: la mina tal vez es jalera y reventada, o maraca, o prostituta (ambos términos describen a una mujer que usa el sexo como moneda de cambio para obtener otras cosas), o esquizofrénica, o arribista, o manipuladora, o hueca, o sencillamente tu relación con ella es turbia (uno de los dos es amante del otro, eres su juguete sexual o ella el tuyo, se pelean a los combos, están juntos por baja autoestima, etc).

La imperfección es parte de la ecuación. Por algún lado te la topas. El porno no nos ha enseñado todavía a escoger nuestra imperfección favorita (aquella que nos causa ternura, y por cierto, la ternura también queda fuera de la pornografía). El porno es producido en masa para las masas, y aún cuando tienes una variedad de subcategorías como para llenar una guía de teléfonos, al final sólo nos quedamos con una larga lista de estereotipos. Predecibles.

En la parte 2: Intimidad, realidad versus fantasía, cómo sacar ideas y musho más! No se la pierda.

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Abre comillas:

“Te adoraba hasta que te volviste real. Demasiado real. A la distancia, a 64×64 px, me volvías loca. Tal vez sea la música que estoy oyendo o el vino que acabo de dar vuelta sobre el notebook (yquemepególabarraespaciadora), pero de pronto me acaba de bajar un miedo horrible a que tengas olor, a que tengas carne, a que tengas pico.

Te prefiero pixelado, digital. La pantalla es plana, fría, lisa, límpida: son fosforitos de luz, se prenden y apagan, nada permanece. Me gustaba cuando podía apagarte. Me gustabas cuando eras irreal, cuando no conocía de ti más que tres frases. Ahora que te conozco más, empiezan a abrirse las posibilidades; partiendo por la posibilidad de que se abran mis piernas, de que me mojes, de que nos emborrachemos, de que terminemos culiando, de que me embaraces, o peor, mucho peor que eso, que algún día, tal vez, quizás, me enamore de ti.

Compartimos música, intentaste que oyésemos las mismas canciones, y la verdad, te prefería en Arial tamaño 12. Te prefería con esa foto de celular con los colores arreglados para que se vea estilosa. Prefería mostrarte mi perfil de Facebook, mi mejor lado, con mi muro lleno de jotes. Prefería mostrarte mi sonrisa rosada en Comic Sans, mis emoticones tan coquetos, pero de pronto te volviste demasiado real.

No quiero imaginarte en pijama, haciendo desayuno, rascándote la frente.

Ya no era cosa de resolverte en un par de nicks, poniéndome No Conectada, mirando la ventana de MSN cada 5 minutos para ver si seguías ahí. Ahora estabas cerca, a un pasaje de distancia. O tú o yo habríamos tenido que movernos, y ya sabemos qué sucede cuando eso sucede. Me habría visto obligada a olerte. Y ya sabemos que nunca se sabe lo que sucede cuando dos personas se huelen.”

Cierre de comillas.

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Me complazco en presentarle, amigo lector, a este eshpeshial tipo de fémina (pariente cercana de La Cumbiera Intelectual y usual pareja del Místico). Personalmente, no son mi tipo, pero las encuentro graciosísimas, en especial en su manera de relacionarse con los hombres. Veamos por qué:

  • Siempre tiene una volada artística, espiritual o filosófica. Y dicha volada prevalece ante todo. Ante sus deseos carnales, ante sus necesidades biológicas, y por sobre todo, ante ti.
  • Respecto al sexo, hay tres opciones: una, la que alumbra con la pará “iluminada”, aparentando que ya trascendió los placeres de la carne (cruda) y que meterse con un monigote peludo y protuberante ya no la moja; dos, la que alumbra con la pará de ser una diosa tántrica, que te mira con cara de “probablemente no te la puedas conmigo, y MENOS aún haciendo el colibrí invertido“; tres, la que no habla de sexo y reserva dichos pudores para su “alma gemela” de turno.
  • Con ella no hay “onda”, sólo “conexión”. Y probablemente a un nivel astral o cósmico.
  • Tendrás que acompañarla: a sus marchas por la no-discriminación a los perritos, a sus sesiones de biodanza, a las jornadas de respiración universal en el Valle del Elqui. En cambio, no podrás acompañarla a sus sesiones de lectura de runas con las amigas (probablemente intentará averiguar si te la estás cagando).
  • Se ufana de tener gustos extraños en materia de hombres. Se jacta de meterse sólo con feos narigones, o que le gustan los flaquitos de chasca peinada para el lado y lentes a lo Allende. O, se va a San Pedro de Atacama a comerse gringos pachamámicos. Desprecia a todo aquel demasiado estiloso o universalmente atractivo, y siempre pretende haber descubierto el tesoro del mercado persa en cuanto a amantes (“Los fanáticos del feng-shui son los que más duran en la cama, te lo juro“).
  • El mainstream no va con ella. Si, hablando de libros con ella, tienes la mala idea de mencionarle que te gusta como escribe Milan Kundera, ella te sale con tres monjes nepaleses que están escribiendo algo como La Insoportable Levedad del Ser, pero mil veces mejor. Lo mismo con ese trovador armenio que hace música mejor que la que te gusta a ti, y más desconocida. Alguna vez le gustó Chinoy; ya no, desde luego, porque se puso demasiado mainstream. Algunna vez leyó FAQ Women; ahora reniega de nosotros, porque salimos en LUN 😀
  • Todo “le tiene que nacer”. Los besos, el sexo, el compromiso, llegar a la hora, llamar de vuelta, preguntar qué es de tu vida, ser fiel.
  • Siempre hay una excusa astral, cósmica, filosófica o iónica para sus vaivenes emocionales. Si hoy no quiere nada contigo, tal vez sea que los biorritmos de ambos no calzan. O puede que tú hayas expresado un punto de vista no lo suficientemente humanista, y eso se convirtió en una señal del Universo que le dijo que tenía que ir a refregarse con Crisóstomo o con Etrusco (siempre tienen nombres así) y no contigo.
  • Suele meterse con pelmazos (weas), basada en sus intuiciones y tincadas. ¡Y cuánto lo lamento! Porque la pachamámica no es malintencionada, tan sólo le sobra un poco de egolatría naif. Como siempre elude lo que es obviamente atractivo para las masas, más de una vez desecha weones como la gente, pa meterse con ese bajito-medio-turnio-ex-dealer-de-ayahuasca que tiene esa vibra tan cuática, porque bueno, ella es diferente, y tiene que meterse con gente diferente.

Shao.

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