Éste es el sexto espécimen de nuestro Catálogo de Celosas. Para leer la presentación o la explicación de por qué son todas celosas, vaya al primer post de esta serie.
Antes de empezar…
Esto es súper personal: yo creo que en una pareja, por muy estable que sea, y de hecho con mayor razón si es estable, cada uno debiera tener un espacio sagrado e íntimo, donde el otro no pueda acceder. No me refiero —necesariamente— a mentir ni esconder cosas; pero sí tiene que haber un lugar privado donde cada uno se sienta en la libertad de tener fantasías, pasarse rollos, dudar, tener secretos inconfesables.
Es que es ahí donde se encierra la magia y el misterio que mantiene la chispa. Ahí sientes que tu pareja no te pertenece. Que no puedes darlo por asegurado hasta el fin de los tiempos.
Pero no, la gente déle con que quiere conocerle hasta el último pelo que le crece a la pareja, para ver si puede controlarla, para ver si puede predecirla. Para ver si puedo arreglármelas para hacer que no me deje jamás, parecen decir.
Y déle con querer saberse las claves del mail, del Facebook, del banco. Dejo fuera, obviamente, las veces donde es necesaria esa información por motivos prácticos (“mi amor, en mi mail tengo la combinación de la maleta para que saques un rollo de confort que tengo guardado ahí y me lo tires, porfa, la contraseña es gatito123456, apúrate, plis!“).
Y déle con querer saberse el historial de ex parejas, en orden cronológico, con información precisa sobre cuál culeaba más rico, cuál daba los mejores besos, de cuál se enamoró más, con cuál perdió la virginidad, con cuál preparaba panqueques con mermelada de alcayota. Tal parece que hay parejas que ponen casi como requisito compartir esta información, bajo la premisa de “no debiéramos tener nada que escondernos“.
Y claro, después se quejan de que su pareja los aburre, que sienten que no tiene nada nuevo que ofrecerles, que se acabó la magia y que la weá.
Ya. Los dejo con la Omnipresente.
La Omnipresente (“Ya y qué hiciste? Y hasta qué hora te quedaste? Y me echaste de menos?”)
La Omnipresente es la celosa cargosa, que polariza a sus parejas: o son tipos egocéntricos necesitados de atención 24/7, que felices aceptarán pololear con una especie de Gran Hermano con tetas, o son gente normal y la terminarán mandando a la chucha.
Algunas aprenden con el tiempo y la experiencia a moderarse; otras sencillamente no se la pueden con la angustia de asegurarse continuamente de que no se las estén cagando. Frente a la amenaza permanente de infidelidad —justificada o no—, la Omnipresente necesita estar ahí. Monitoreando. Siente que si se ausenta por un segundo, cagó.
Y así es como la Omnipresente busca todos sus medios a disposición para mantener al weoncito siempre vigilado:
- Le revisa el mail y el Facebook cuando el infortunado va al baño
- Busca mensajes raritos y llamadas de números desconocidos en el celular de él. Dependiendo de la mina, le preguntará o devolverá cara de raja el llamado.
- Se hace muy amiga de sus amigos (y de sus amigas), trata de sacarles información y de hacerla calzar con las coartadas de él
- Al igual que la Competitiva, lo acompaña a todas, lo va a buscar a la pega o a la U, se las arregla como sea para carretear siempre con él
- Le celebra todo lo celebrable y le lamenta todo lo lamentable. Para cada cosa que le sucede al weoncito, ella está ahí, apoyando, marcando presencia. Es una Primera Dama de tomo y lomo.
La Omnipresente suele no tener mucha vida. Por la misma razón es que puede dedicarse a vivir la vida de su pololo. Y por la misma razón necesita monitorear al susodicho sin parar: siente que a la vuelta de la esquina, en el metro, en cualquier parte, hay una mina mejor que ella, con más vida, más cabrona, más canchera, lista para saltar al ruedo.
Una Omnipresente quiere una pareja sin misterios. Conocerlo al revés y al derecho es su garantía de confianza: sabe para dónde va, con quién se junta, en qué piensa. Es capaz de detectar cualquier cambio en su conducta; y si eso sucede, tendrá todas, TODAS las armas para refregarle en la cara eso que ella ya sabía, que siempre supo que ocurriría: que se la cagó, el muy conchesumadre.
Cosa que, cual profecía autocumplida, suele terminar sucediendo.
Próxima celosa: la Mafiosa.
Shao.
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