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Iguols

Después de 4 años, el año pasado me volvió a tocar el día de los enamorados solo. Para mi suerte mis amigotes más cercanos estaban en las mismas, así que decidimos tomarnos unas cervezas por ahí. Invariablemente los locales rebosaban de parejas de todo tipo, y para gracia nuestra, también estaba lleno de mesas de solteras, como si este día fuese un purgatorio de relaciones pasadas (o simplemente la madurez de saber que ser soltero ya no es un estigma).

Entre cerveza y cerveza y algo de coqueteo con las mesas de solteras, no pude evitar verme reflejado en los rostros de la otrora condición de pareja en la que alguna vez me encontré; vi el empaquetamiento de esta celebración y no pocas caras de incomodidad, y me pregunté: ¿en realidad ésta era una fecha que esperaba con ansias cuando estaba en pareja, o era un simple protocolo por cumplir?

Lo primero que hice fue descartar el tema sentimental; simplemente analicé la tradición, las exigencias y las consecuencias de este día, descartando el plano amoroso que supondremos óptimo para todo caso. Y es que, en general, el día de los enamorados está cuidadosamente planeado para que ellas sean las festejadas, y no el amor en sí.

Entonces me pregunté: ¿Cuáles son las cosas que nos hacen doler los cocos?

La fecha

El primero de los dolores de esta fecha es que es —valga la redundancia— una fecha, y los hombres cual broma diabólica somos pésimos para recordarlas, en general. Por centurias hemos luchado contra el olvido y hemos inventado aparatos para ayudarnos; pero siendo realistas, en realidad no luchamos contra el olvido, sino contra las consecuencias de éste: para qué andamos con cosas, si se nos olvida el natalicio de algún prócer dudo que nos corten el agua.

Desde que la mujer inventó la agricultura, tuvo obligatoriamente la necesidad de tener calendarios para la siembra y la cosecha, junto con el concepto abstracto del tiempo. Tanto lidiaron con esto que prácticamente quedo en su inconsciente colectivo, subyugando al hombre a adoptar horarios y conceptos de tiempo para los cuales no hemos sido entrenados.

Nota 1: Sí, señoritas, ustedes inventaron el concepto del tiempo, porque si le preguntan a un hombre cuánto le importa, la respuesta unánime es “Frankly, my dear, I don’t give a damn“.

El regalo

Es otro de los motivos que torturan al hombre: si en Navidad tenemos excusas de presupuesto y exceso de familiares a quienes regalar, en el día de los enamorados no existe excusa divina que pueda exculparnos de una mala decisión al momento de comprar. Así pues, en la mente del hombre básico como una piedra, existen dos alternativas:

  • Alternativa 1: Buscar ese regalo que ella tanto quiere pero que es dificilísimo de encontrar, le puede tomar meses porque existe sólo en un color que ella quiere y de un tipo de material específico; probablemente no sea caro, pero invertirá mucho tiempo en buscarlo. Lo que sí es que si lo encuentra le garantizo que el ratio de los blowjobs será considerablemente más alto.
  • Alternativa 2: En consecuencia del punto anterior, nuestra ineptitud con las fechas nos llevará a olvidar el regalo hasta último minuto, donde para evitar el hecho de que no nos preocupamos, optamos por el regalo caro que no necesariamente le gustará (la boleta de cambio es un buen resguardo). Mientras, nosotros somos felices conformándonos con el paquete de 5 prestobarbas o la versión pirateada del PES.

Nota 2: Esto no significa que no nos guste regalar cosas, ya que como somos más impulsivos, generalmente llegamos con regalos del momento que nos tincó y en fechas sin importancia; tampoco significa que no nos preocupemos, como demuestra el hecho de que en muchos casos somos casi sus ingenieros informáticos personales y ayudantes de la U, entre otras cosas.

La cena

No es un problema per se: nos gusta comer, y honestamente nos encanta que ellas coman menos que nosotros (así comemos por dos); el problema es que vamos a comer a lugares repletos, y si no llegaste temprano quedas prácticamente en la cocina, sin considerar la cantidad de tiempo que hay que esperar. Cocinar en casa es buena alternativa, pero con el escaso tiempo que se cuenta hoy en día, a menos que sea fin de semana, dudo que se pueda hacer mucho.

El estrés

La verdad es que este día en particular es estresante: sabemos que las mujeres son especiales a la hora de evaluar el amor o el romanticismo, no lo ven igual que nosotros y lo sabemos. Este día es representativo de como la mujer percibe el amor; por lo tanto, debemos hacerlo bien para que ella entienda de una vez por todas (hasta el otro día al menos) que las amamos y que luego de eso no será necesario preguntarlo tantas veces.

Porque sería genial que ellas consideraran como un acto de romanticismo extremo el ir a buscarlas a las 4 de la mañana donde las compañeras porque estaban haciendo una maqueta para la U —y eso no lo haces ni con tu mejor amigo—; y que se dieran cuenta que el hecho de instalarles programas, aprender a usarlos y enseñárselos es el acto máximo del amor que existe; y también que mamarte esa chorrera de canciones románticas y películas mamonas es un acto de valía que no debe ser despreciado. Pero no, ellas son especiales, tienen otros parámetros para medir el amor, quizá son los correctos y nosotros somos quienes tenemos los equivocados… quién sabe.

Conclusión

Entonces, el hombre debe entrar al mundo del amor como lo ven las mujeres, no es un acto de fluencia; sin embargo, en defensa de todas las hembras del planeta, vale la pena celebrarles un día en un mundo creado por lo demás a la medida de los hombres.

Porque más que el regalo, una fecha o una cena, es el viaje a lo más profundo de la psiquis femenina lo que más nos incomoda del 14 de febrero, y la mayoría acepta tomar ese viaje porque ama a su pareja; así que al llegar al hogar, si su hombre cumplió o al menos intentó de verdad realizar todas las escalas de este viaje, un buen y merecido polvo es el acto recíproco por antonomasia.

Atte.

David

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La sesión de 210 selfies hasta llegar a la correcta. Los likes en Facebook. Los fans que suben como la espuma. La euforia de sentirse deseada, por alguien, no sabe bien por quién ni cómo se siente, nunca ha deseado fervientemente a nadie tampoco hasta el minuto. Los besos y toqueteos con las amigas, porque es cool, porque los minos se vuelven locos. Las fotos en pose porrista, con las medias hasta las rodillas. La envidia de las amigas que ya tienen sexo y andan con tipos mayores y con plata. Las primeras pornos vistas con una mezcla de estupor e impaciencia. La sensación de tiempo perdido. Las prácticas, montada encima de una almohada frente al espejo.

La revista de Hannah Montana que pasa al último cajón del velador.

La mentirilla del pijama party. Los autos sacados a escondidas de la casa de los papás. La lengua afuera. Los tres toques de perfume más de lo necesario. La plata para los cigarros. Los toqueteos furtivos en el asiento trasero que comparten entre cinco. Las declaraciones al aire de cuán loca está. La hierba que todo lo facilita. La tos. El tampón con vodka. Los gritos a los minos en la calle. La pérdida de memoria. La junta extraña en casa de esos dos amigos de 25 años que viven solos y que no paran de darle copete. El taxi a medianoche, borrada. El celular perdido. Las fotos de las que se debe desetiquetar con rapidez.

La fiesta de fin de curso. La disimulada perplejidad de la primera vez que la tocan, demasiado temprano para lo que vendían sus fotos. La leve angustia, la competencia entre el vértigo de no haber estado realmente preparada y el vértigo de estarlo logrando. La brusquedad del mino, torpe como ella, fingidamente experimentado como ella, y que como ella, asumió que la cosa es violenta porque en las pornos es así. El dolorcito que crece. La cara de aquí no ha pasado nada, esto no es nuevo para mí, la sonrisa con los ojos demasiado abiertos, delatores. La sensación de estafa. La risa nerviosa. Los recuerdos de la almohada, los recursos ensayados una y otra vez, mirando para arriba, poniéndose un dedo en la boca. La mancha roja que no estaba en el libreto.

El día siguiente y la sensación de que las amigas saben algo que ella no. La indiferencia del mino. Los dos días en que la regla llegó más tarde. La doble flechita del Whatsapp que indica que sí leyó el mensaje donde intentó contarle. El amigo al que se come por despecho. La angustia de que rueden los comentarios. Los mensajes anónimos, las acusaciones de perra.

El redoblado esfuerzo por producirse. Más pornos. Las frases cochinas, dichas al espejo para perder la vergüenza. El maquillaje nuevo de regalo de Navidad. Los videos en internet sobre cómo poner un condón. El tatuaje en un lugar estratégico. Las quejas del papá. Las fotos cubriendo con un brazo un busto demasiado, demasiado incipiente. La visita al sex shop con una amiga, entre risitas. La otra amiga a la que le regalaron tetas por salir del colegio. El topless en la playa. La primera brasilera. La fiesta mechona, los galanes de segundo y tercer año. La oportunidad de intentarlo de nuevo y ver si logra entender en qué se equivocó la vez anterior.

La sensación extraña de nuevo, de que todos saben algo que ella no.

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bb

La metáfora perfecta: Bryan Cranston disfrazado de su propio personaje.

Se hace difícil conocernos en estas épocas donde todos somos nuestro propio asesor de imagen. La capacidad de editar lo que decimos antes (y después) de decirlo nos cagó la vida: antes tolerábamos los tartamudeos, las vacilaciones, las pausas, las frases torpes, porque come on, no todos nacimos para comunicadores audiovisuales o animadores de kermesses, a Dios gracias. Tú me aceptas mis pifias, yo te acepto las tuyas.

Pero ahora podemos corregir nuestra ortografía, pensar tres veces lo que vamos a decir, copiarle la conversación al amigo para que opine e incluso googlear una frase inteligente antes de responder. Tenemos manuales y libros para decir la cosa correcta en el momento preciso. Podemos photoshopear las cicatrices y salvar nuestra ignorancia con un par de visitas a Wikipedia. Nuestros videos duran seis segundos y no nos alcanzan a mostrar poniéndonos nerviosos o quedándonos en blanco. Y todos esos arreglines nos esconden tras la versión idealizada de nosotros mismos. Todos parecemos ser sensuales, chispeantes, cultos y onderos, mostrando nuestro mejor ángulo.

Deformamos nuestro nombre y nos ponemos apodos absurdos, para escapar de la normalidad de llamarnos Marcelo, Anita, Sergio. O nos ponemos de avatar un personaje, una caricatura, una foto random, que finalmente no es ni más auténtica ni más falsa que una foto de nosotros, escogida, retocada y encuadrada. Nos estamos conviertiendo en una suerte de fanpage, una colección de platos de comida, playlists y hábitos a la cual se le puede enviar publicidad personalizada, o enviar a la cárcel por sospechas terroristas.

Interactuar se parece cada vez más a un beso seco entre dos máscaras, un intercambio de clichés y jajajás que nos resultan demasiado cómodos y seguros. Somos la versión chatbot, el Siri de nosotros mismos: no conversamos nosotros, sino que conversan nuestros perfiles. Y si nos pasa algo y morimos, nuestras aplicaciones siguen posteando en nuestro nombre, manteniéndonos online como zombies, dejando grotescamente en evidencia lo fácil que es fingir vida digital.

¿Cagamos?

Tal vez no. Pero desenterrar la humanidad, a estas alturas, requiere valentía. Tal vez el tontito que DESPOTRICA EN MAYÚSCULAS en Twitter a los tres followers que aún le quedan tenga un punto. O tal vez no, y lo suyo también es una pose ensayada, un experimento social, una cuenta parodia para la cual no tenemos el sarcasmo suficiente. ¿Cómo saberlo? Ése es el problema realmente: que no sabemos. Jugamos al gato y al ratón entre los cada vez más accesibles blogs de psicología y los cada vez más inaccesibles perfiles de la gente.

Por eso también este blog: para ver si aprendemos a adivinar la fragilidad de los demás entre los píxeles, porque a ratos pareciera que los demás están increíblemente bien y que los únicos que tenemos miedos y ansiedades somos nosotros.

Shao.

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LoboXz: -Hola soy LoboXz y yo… yo tuve una relación a distancia.

Todos: -¡Hola Loboxz!

Muchos rehúyen, muchos se esconden, muchos niegan, pero las relaciones a distancia existen y existirán.

La historia de los amores a distancia comienza en la antigua Grecia, con Odiseo, y sabemos que a él no le fue muy bien; en Chile, la primera relación a distancia es con Inés de Suarez y su marido en España, y la historia dice que le ponía los cachos con el patrón don Pedro.

Sea como sea, la tecnología acorta distancia en muchos aspectos y hace que la gente se anime un poco más a atreverse a llevar este tipo de relación; por otro lado, el ritmo de la vida actual absorbe a las personas de tal forma que por mucho que vivan uno al lado del otro, a veces es como si estuvieran a kilómetros de distancia.

No me imagino un pololeo por carta, esperando varios días para recibir contestación; claro, algunas dirán que es domántico, y que el llegar en la diligencia de los miércoles cada mes es bonito. Pero la realidad es que hoy uno se toma un bus y puede estar en unas cuantas horas dándole en brazos de su amada; si lo pensamos bien, hay gente que demora horas en cruzar toda la ciudad, ¿por qué no sumarle un par e ir a visitar a la pinche?

Ahora, hay cosas que no preverás hasta que te pasen; el tener una relación a lo lejos provocará que te pierdas algunos momentos “importantes”, tanto tuyos como de ella, porque hay que entregar tal o cual informe; porque hay que estudiar para alguna prueba… en fin, situaciones no faltarán. Lo importante, a mi juicio, es que siempre se den el tiempo para verse; imponderables habrán siempre, pero si se comprometen a verse, háganlo.

El entorno tuyo o de ella puede ser tema también; habrá que presentarla a los amigotes, conocer a sus amiguis, y pasar tiempo one/one con ella, y todo eso absolutamente comprimido en un fin de semana cada, no sé, dos semanas. Eso puede ser un plus y un contra; lo bueno es que no te pedirán ir a la fiestecita de té por el día del árbol; pero por otra parte, tampoco podrás estar en todos esos eventos sociales que sí son wena onda. Y así es cómo se equilibra la balanza. Tendrás menos tiempo para ganarte a la Suegris, pero si no le agradas, tendrás que dedicar menos tiempo a poner caritas y agradar.

Al final del día, creo que lo importante es que este tipo de relaciones se puede dar, pero hay que querer y trabajar en ella. En estos casos la confianza con la otra persona debe ser total (al igual que en una relación regular, pero en estos casos no es tan simple llegar y reclamarle por algún celo weón).

Hay que hacerse el tiempo para verse, porque el chat aguanta un rato, pero no suple todo; el contacto físico es importante (y no me refiero solo a la cochiná). Tenga paciencia y disfrute su relación. Muchas veces usté tiene a su guacha al lado, pero es como si la tuviera a kilómetros. En el caso de las relaciones a distancia, realmente es así, por eso es necesario que la distancia sólo sea geográfica. Si no, no hay por dónde. Y ya, me despido que me siento como dostor corazón.

Saludos y se la cuidan.

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Aunque mi teoría es que nadie puede cambiar [N. de la E: spoiler], incluyendo a las mujeres, no puedo negar la existencia de ciertos especímenes que prácticamente desaparecen del mapa cuando están en pareja, que su comportamiento difiere de cómo eran antes, “que cambiaron”, para estupefacción de muchos.

¿Qué hace que las personas cambien a pesar de que la experiencia nos dice que no se puede? Después de mucho darle vueltas al asunto, descubrí que en realidad la gente no cambia, lo que sucede con esas personas es simplemente que el miedo les coarta su accionar. Estas personas actúan dirigidas por el miedo y la inseguridad, el miedo a perder; y ese miedo es incluso mas poderoso que nuestras propias costumbres y forma de ser. ¿Por qué digo esto? Porque después de ver terminadas estos tipos de relaciones, los cautivos, del genero que sean, vuelven a ser los mismos de antes.

Este preámbulo era sólo para dejar en claro que no se puede cambiar. Si pudiésemos hacerlo, créanme que esta discusión se habría acabado cuando bajamos del árbol y caminamos erguidos por primera vez.

Sin embargo, existen algunas mujeres (99.999%) que a pesar de la evidencia de que nadie cambia, siguen intentándolo; y tanto lo intentan, que se convirtió en un flanco de batalla en la guerra de los sexos y ellas son conocidas como las Moldeadoras.

Podríamos ser perfectos, ser los príncipes azules que ellas quieren, pero aun así nos pedirían que cambiemos algo, porque no depende de nuestros defectos, sino de un atavismo de moldear cosas; y como no existen personas perfectas, lo primero que hay que moldear son los defectos, mañas y esas cosas que no son defectos pero les molestan a ellas y que nos corregirán como una madre corrige a su retoño. Y de hecho, este afán incansable es un efecto colateral del poderoso instinto materno.

El problema es que nosotros ya fuimos moldeados desde niños por otra mujer, y en un tiempo en que nuestra forma de ser era tierra fértil; en cambio, ahora es un yermo tan árido que nada que se siembre cambiará algo. Es esto lo que le frustra a la mujer y alega una y otra vez que no cambiamos, sin darse cuenta que son sus esfuerzos y expectativas los que están fuera de tiempo y momento.

Pero esto es solo la punta del iceberg: por favor tome asiento por que lo que viene, que ni siquiera Nostradamus lo vio venir.

La madre de todas las batallas

En la guerra de los sexos esta batalla es la mas épica de todas; no se habla abiertamente de ella, porque es como una guerra civil dentro del género femenino, Es la lucha de la madre Moldeadora contra la novia Moldeadora por el dominio de la mente del hombre.

Por un lado, la Madre configuró a su hijo con un 4-3-3 clásico, pero a la polola le gusta que juegue con un 3-5-2 con volantes de proyección. Dos estilos de juego distintos intentando implementarse en la misma persona (el weón). Y lamentablemente, somos nosotros los que recibimos los embates de la artillería:

Madre: Esa niña no te conviene.
Novia: Eres un mamón.

Madre: Ponte una camisa.
Novia: Ponte una polera.

Madre: Estás muy flaco.
Novia: Estás muy gordo.

Madre: Baja la tapa del baño.
Novia: Baja la tapa del baño.

Si usted fue entrenado para jugar como un 4-3-3, morirá como tal. No se complique; jamas podrá darle en el gusto a todas las mujeres de su entorno, así que dése el gusto usted nomas, porque esta batalla viene desde antes, y posiblemente tu madre batalló con tu abuela paterna por lo mismo, y  para qué andamos con cosas: los nietos también son otra arista de esta historia.

¿Por qué no podemos cambiar?

La razón tiene una lógica despiadada: porque en esta lucha es la madre la que gana casi siempre. ¿Cómo sería la vida de una madre si supiese que su hijo al abandonar el nido olvidará todas las enseñanzas? ¡Sería terrorífico! Y es este mismo mecanismo el que protegerá a las que ahora son novias cuando ellas sean madres. Entonces estamos condicionados a ser como nos criaron, por eso no cambiamos. ¡No cambiamos para protegerlas a ustedes! (deberían darme el nobel por esta frase)

Autocrítica

Es verdad, hay defectos que son salidas de madre. No hablo de actos delictuales ni violencia; ésos no son defectos, son problemas serios. Hablo de algunos defectos que no podemos evitar odiar y ellas no podrán evitar querer cambiar, porque siendo realistas, la tolerancia y el auto-control no resolverán todo. Hay casos perdidos donde las partes están destinadas a odiar algo del otro. Si es el caso, corte por lo sano y búsquese otra pareja. No creo que tenga que repetirle porqué.

Así que cuando le moleste algo cotidiano de su pareja, piense en esto:

En un principio nos enamoramos de los defectos, después los odiamos y con los años son esos defectos los que convierten verdaderamente a nuestras parejas en nuestras.

Atte.

David

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