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Aunque mi teoría es que nadie puede cambiar [N. de la E: spoiler], incluyendo a las mujeres, no puedo negar la existencia de ciertos especímenes que prácticamente desaparecen del mapa cuando están en pareja, que su comportamiento difiere de cómo eran antes, “que cambiaron”, para estupefacción de muchos.

¿Qué hace que las personas cambien a pesar de que la experiencia nos dice que no se puede? Después de mucho darle vueltas al asunto, descubrí que en realidad la gente no cambia, lo que sucede con esas personas es simplemente que el miedo les coarta su accionar. Estas personas actúan dirigidas por el miedo y la inseguridad, el miedo a perder; y ese miedo es incluso mas poderoso que nuestras propias costumbres y forma de ser. ¿Por qué digo esto? Porque después de ver terminadas estos tipos de relaciones, los cautivos, del genero que sean, vuelven a ser los mismos de antes.

Este preámbulo era sólo para dejar en claro que no se puede cambiar. Si pudiésemos hacerlo, créanme que esta discusión se habría acabado cuando bajamos del árbol y caminamos erguidos por primera vez.

Sin embargo, existen algunas mujeres (99.999%) que a pesar de la evidencia de que nadie cambia, siguen intentándolo; y tanto lo intentan, que se convirtió en un flanco de batalla en la guerra de los sexos y ellas son conocidas como las Moldeadoras.

Podríamos ser perfectos, ser los príncipes azules que ellas quieren, pero aun así nos pedirían que cambiemos algo, porque no depende de nuestros defectos, sino de un atavismo de moldear cosas; y como no existen personas perfectas, lo primero que hay que moldear son los defectos, mañas y esas cosas que no son defectos pero les molestan a ellas y que nos corregirán como una madre corrige a su retoño. Y de hecho, este afán incansable es un efecto colateral del poderoso instinto materno.

El problema es que nosotros ya fuimos moldeados desde niños por otra mujer, y en un tiempo en que nuestra forma de ser era tierra fértil; en cambio, ahora es un yermo tan árido que nada que se siembre cambiará algo. Es esto lo que le frustra a la mujer y alega una y otra vez que no cambiamos, sin darse cuenta que son sus esfuerzos y expectativas los que están fuera de tiempo y momento.

Pero esto es solo la punta del iceberg: por favor tome asiento por que lo que viene, que ni siquiera Nostradamus lo vio venir.

La madre de todas las batallas

En la guerra de los sexos esta batalla es la mas épica de todas; no se habla abiertamente de ella, porque es como una guerra civil dentro del género femenino, Es la lucha de la madre Moldeadora contra la novia Moldeadora por el dominio de la mente del hombre.

Por un lado, la Madre configuró a su hijo con un 4-3-3 clásico, pero a la polola le gusta que juegue con un 3-5-2 con volantes de proyección. Dos estilos de juego distintos intentando implementarse en la misma persona (el weón). Y lamentablemente, somos nosotros los que recibimos los embates de la artillería:

Madre: Esa niña no te conviene.
Novia: Eres un mamón.

Madre: Ponte una camisa.
Novia: Ponte una polera.

Madre: Estás muy flaco.
Novia: Estás muy gordo.

Madre: Baja la tapa del baño.
Novia: Baja la tapa del baño.

Si usted fue entrenado para jugar como un 4-3-3, morirá como tal. No se complique; jamas podrá darle en el gusto a todas las mujeres de su entorno, así que dése el gusto usted nomas, porque esta batalla viene desde antes, y posiblemente tu madre batalló con tu abuela paterna por lo mismo, y  para qué andamos con cosas: los nietos también son otra arista de esta historia.

¿Por qué no podemos cambiar?

La razón tiene una lógica despiadada: porque en esta lucha es la madre la que gana casi siempre. ¿Cómo sería la vida de una madre si supiese que su hijo al abandonar el nido olvidará todas las enseñanzas? ¡Sería terrorífico! Y es este mismo mecanismo el que protegerá a las que ahora son novias cuando ellas sean madres. Entonces estamos condicionados a ser como nos criaron, por eso no cambiamos. ¡No cambiamos para protegerlas a ustedes! (deberían darme el nobel por esta frase)

Autocrítica

Es verdad, hay defectos que son salidas de madre. No hablo de actos delictuales ni violencia; ésos no son defectos, son problemas serios. Hablo de algunos defectos que no podemos evitar odiar y ellas no podrán evitar querer cambiar, porque siendo realistas, la tolerancia y el auto-control no resolverán todo. Hay casos perdidos donde las partes están destinadas a odiar algo del otro. Si es el caso, corte por lo sano y búsquese otra pareja. No creo que tenga que repetirle porqué.

Así que cuando le moleste algo cotidiano de su pareja, piense en esto:

En un principio nos enamoramos de los defectos, después los odiamos y con los años son esos defectos los que convierten verdaderamente a nuestras parejas en nuestras.

Atte.

David

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Queridas (?) lectoras,

Una queja constante entre ustedes (que de partida, deberían estar más preocupadas por lo que pasa en el blog de al lado) es que “encasillamos a las minas“. Claro, como cada una es un único e irrepetible copo de nieve, se ofenden. Y como se ofenden, pasan inmediatamente a utilizar su aguda capacidad de observación para diagnósticar con premura nuestro cerdomisóginopijacortismo.

La verdad, sus diatribas salpicadas de conceptos que aprendieron en su último ovulestre en el Instituto Feminista Jessie Spano eran hasta divertidas, sobre todo porque hacer gárgaras con conceptos como biopolítica o heteronormatividad patriarcal para aplicarlas en un blog, es más ofensivo para Foucault que para nosotros, en mi modesta opinión.

Pero ayer recibí un ataque en otro sitio por algo que sólo puede haber pasado en la vida real. La historia no es muy terrible, pero sólo puede significar que había alguien en la calle que se dedicó a escuchar la conversación que tenía con una amiga por encima del hombro. Y aprovechándose del anonimato de internet, se dedicó a putear en base a un par de frases que escuchó fuera de contexto.

Más que enojarme, me dio lata. La verdad es que de un tiempo a esta parte vengo escribiendo cada vez menos. Después de cinco años dándole vueltas al temita, siento que me quedé sin nada interesante que decir.

Esperaba terminar un par de cosas, como “El Gran Libro de las Mujeres Imaginarias“, antes de decir “Fue un gusto“. Pero esto rompió una de las reglas tácitas del juego, el mantener cada cosa en su sitio.

Sacar la discusión (palabra que le queda grande a la acumulación de insultos y argumentos ad hominem con los que varias de ustedes tratan de validar sus puntos de vista) de aquí y llevarla allá afuera es jugar sucio.

Así que, para hacerla corta, ustedes ganan. Tengo mejores cosas que hacer que andar pasando malos ratos por cosas que se escriben medio en broma, medio en serio, para un blog.

Déjenme decirles algo antes de irme:

Al final del día, son ustedes las que pierden más. Claramente aquí no escriben paladines de la causa feminista, y como grupo somos, a ratos, bastante machistas, pero en este blog hay más interés y cariño por las mujeres que en otras cosas que consumen y disfrutan felices de la vida. Para que le den una vuelta.

En resumen, igual fue divertido mientras duró. Gracias chicos y chicas (las otras chicas, que no meto a todas en el mismo saco), me quedo con los buenos ratos.
Saludos.

Richi

 [N. de la E.: hubo un breve retorno de Richi, de hecho.]

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“Siempre he pensado que hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase “todo el tiempo pasado fue mejor” no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente la gente las echa en el olvido.” — Ernesto Sábato, El Túnel.

Si hay un instinto que puede llegar a ser más fuerte que el materno o el reproductivo, es el de autoprotección. Si no me cree, trate de echarse gotitas en los ojos solo. Es un trabajo difícil aprender a bajar esas barreras que instintivamente el cuerpo crea, como reflejos, para proteger lo que el propio organismo cree que está bien. Y pues, resulta que hacemos lo mismo con nuestras relaciones piernales… Pasadas y actuales.

¿Por qué tantos hemos recaído con aquella muchacha triste con la que juraste de guata que no volverías ni aunque se enchulara, quedara como Scarlett y le saliera piscola por las pechugas? ¿Por qué en esos momentos en que dan ganas de mandar todo a la chucha y pegar la correspondiente PLR, llegamos a conclusiones como “náh, si con la flaca peleamos solo por weás, la mayoría del tiempo nos llevamos la raja” o “si igual que te celen un poco es rico, además aunque me revise mis cosas no tengo nada que ocultar“, o ” no se depila porque tiene antepasados franceses“, o “noo, si este poto no está tan maaal”?

Siento que más allá de la calentura y la necesidad de tener a alguien al lado (o adelante, o atrás según sean sus preferencias), siempre esta por debajo, subterráneamente, la protección y la necesidad de quedarte en lo seguro, en lo que ya conoces, aunque no sea lo que a todas luces te gustaría que fuera.

Eso no sería un problema si enfocarse en las cosas positivas y obviar las pifias nos ayudara a llevar relaciones más pacificas, o a aumentar las jornadas de sexo recreativo de 3:00 AM con la ex. Pero no, la vida no es tan simple muchachines, y por lo general todo se va al carajo.

¿Por qué?

Más temprano que tarde se revienta la burbuja en la cara, y te das cuenta de que estás al lado de una persona a quien ya no le soportas los olores detalles, y que solo estás ahí por comodidad o simple rutina. El problema no es el amor a primera vista, sino que la segunda vista: cuando ya se fue el enamoramiento. ¿Been there?

El problema (y más trágico para tus propias intenciones) es que a veces, de tanto quedarte pegado en la búsqueda de la estabilidad y la seguridad, el que recibe el sobre azul terminas siendo tú, y te quedas buscando excusas y motivos sobre qué fue lo que terminó de matar la relación, que por qué esta pérfida te cambió por un basquetbolista samoano que calza 48, si lo que ustedes tenían era tan perfecto, siendo que ella solo hizo lo que se supone que haría… lo que cualquiera en su posición haría, lo que hasta tu mamá sabía que venía.

Estoy seguro que a TODOS nos cuesta ser objetivos cuando se trata de relaciones; separar cuestiones de convivencia con los sentimientos que te puede provocar tu pareja no es fácil, pero no podemos olvidar que el sustento de la proyección es, sobre todo, tolerarse. Si siente que es un detalle superable, convérselo con la dama, pero si hay cosas que te molestan seriamente, lo mejor es dar un paso al costado, o la olla a presión terminará estallando y aténgase a las consecuencias, porque no será lindo.

A veces, los árboles no dejan ver el bosque.

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Una lectura apresurada de este blog podría sugerir que los hombres las preferimos explícitas en cuanto a su pasión por el sexo (iba a decir pasión por el regalón, pero resulta que están las que les gusta el sexo y las que sólo les gusta el pico, y créame, son categorías distintas).

Pues nada más alejado de la realidad. En estos tiempos forzadamente sexuales, la mina discreta, ésa que no hace aspavientos, nos evidencia un punto: el alarde y la publicidad no necesariamente implican un buen sexo, y muchas veces es justo al contrario: es la falta de soltura amatoria, pidiendo ser compensada (y si no, que lo digan las siempre proliferantes Tuitercachondas).

El punto es, ¿cómo lo sabes entonces?

El punto es, ¿necesitas saberlo de antemano?

¿Qué pasó que de pronto necesitamos garantías para lanzarnos? ¿Tan descocados nos tienen? Una mina discreta es la falta de garantías que hace que lanzarse valga la pena.

Yo diría que aquellas mujeres piolas, que aman el sexo puertas adentro pero dejan la incógnita puertas afuera, son la gran mayoría. ¿Cuánto tipo distraído por ahí no tendrá de pareja a minas que aparentan ser apáticas o conformistas en lo sexual, y que en realidad no son más que fierecillas dormidas, esperando pacientemente escuchar el santo y seña animalesco para despertar?

Incógnita.

Y eso de la incógnita es muy femenino; desde su fisonomía en adelante que las partes buenas necesitan ser exploradas, conquistadas, es la fruta más alta del árbol.

Y los hombres creemos ser muy concretos, juramos de guata que somos pragmáticos y al callo y que no nos gustan los rodeos, pero tal como ellas, rapidito nos fastidiamos con lo obvio y lo evidente. Nos gustan los Everests, los Olimpos, por eso a veces nos gustan las perras; porque eso de subir montañas inhóspitas y clavar banderas al llegar funciona a varios niveles con nosotros.

Nos gusta la sospecha, el acertijo. Y esto no tiene nada que ver con demorar eternamente la intimidad; de hecho, una mina discreta puede ser sorprendentemente rápida si vio las señales correctas. La mina discreta tiene claro lo que busca, así que no ve razón para hacerse la difícil: o quiere o no quiere. Las trabas y las demoras son para las pendejas indecisas que aún no saben distinguir entre un Ken y un tipo de carne y hueso, o para las inseguras, que se hacen tanta publicidad que colapsan con la avalancha de babosos, y a falta de buen ojo para filtrar, simplemente los dejan a todos afuera.

La mina piola muchas veces es la Simpática en el sentido de que no te la puedes engrupir; o te aceptó la danza o no te la aceptó, pero no será un tema de sacársela por cansancio, de ablandarla con regalos pelotudos o de demostrarle con frases acartonadas que te leíste tres ebooks de filosofía la semana pasada. La Discreta, a diferencia de una que es meramente tímida, no es impresionable por pendejadas. Se dejará encantar por los detalles inversos a los que tú pretendías mostrarle y le abrirá sus piernas a tus defectos más que a tu ensayada bio de Twitter.

De hecho, en un mundo donde todos nos hacemos los lindos, lo único que realmente impresiona a una Discreta (y lo que más me impresiona a mí de una Discreta, ahora que lo pienso) es esa falta de necesidad por impresionar.

A la Discreta simplemente le tincaste, y eso recién será un primer “sí” al baile con lo desconocido que ella encierra, sin garantías, sin calentadas de sopa. Y si dos horas más tarde su cartera está desparramada en el suelo junto a tus pantalones, eso sólo es una señal de que estaba todo bien y de que cumpliste de cerca lo que prometías a lo lejos, porque la decisión de aceptarte la cueca fue tomada por ella, mucho antes de que se te ocurriera mirar.

La Discreta entiende de química. Las reacciones químicas no son un logro; simplemente ocurren, o simplemente no ocurren. O al menos yo nunca vi al hidrógeno pagarle cenas al oxígeno para ver si se conseguían juntar.

Así que nada de andar cantando victoria. Los bragging rights son un cazabobo: si realmente te los mereces, no los usarás. Y eso cuenta para ambos lados, porque la mina discreta no anda avisando que es discreta.

Shao.

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Muchos años atrás, siendo yo un niño, mis padres me invitaron al zoológico, según ellos con el motivo de conocer a mi verdadera familia. Entre la historia de la cigüeña y Dumbo, créanme que iba asustado. La cosa es que estando ahí, presencié sin darme cuenta uno de los acontecimientos mas perturbadores que tengo memoria.

En una de las jaulas había un tigre, un animal esplendoroso, gigante y orgulloso, intimidante ante los ojos de un niño. Me acerqué a unos centímetros para verlo mas de cerca; él giró su cabeza y por un largo rato nos quedamos mirando a través de la reja, pero él en realidad no me estaba mirando; era como si yo no existiera, su mirada me traspasaba hacia el horizonte. No lo entendí en ese momento, pero con el tiempo sería una de las lecciones mas importantes de mi vida.

Años después, Hollywood me entregaría otro de los momentos memorables de mi historia. Rocky Balboa acababa de perder el campeonato mundial de boxeo a manos de Clubber Lang, y derrotado (yo también me sentí derrotado, porque quién no quiso ser Rocky alguna vez) se dirigió al humilde gimnasio que lo vio nacer. Ahí lo esperaba Apollo Creed, que al verlo destruido, le dijo la frase clave: “Perdiste porque perdiste la fiereza… ya no tienes los ojos de tigre”.

No asocié estos dos acontecimientos hasta mucho después, cuando un día en el supermercado, comprando unas cervezas con los amigotes, pasó un caído en batalla con su señora. Lo saludamos y conversamos unos minutos con él, nos entretuvimos haciéndole bromas sobre su estado civil (típico chileno), y él solo atinaba a reírse y mirar el suelo.

Luego de despedirnos uno por uno, estreché su mano y levantó la mirada; y como un flashback de Rocky, todo encajó. Sentí su mirada traspasarme como si yo no existiera. Ahí estaba uno de los guerreros mas reconocidos de los pub que yo hubiese conocido, con su mítica frase de las 4 de la mañana: “Iniciando operación rastrillo“. Era un cazador innato (de lo que fuera), y ahora estaba en una jaula que ni siquiera él comprendía.

Entonces entendí la mirada del tigre de ese día, de rocky, de mi amigo y alguna vez de la mía, y entendí qué era eso de perder los ojos de tigre; comprendí cómo una jaula puede silenciar a un cazador, robarle el coraje, resignarlo a su destino y convertir en un recuerdo cruel la sensación de correr libre por el bosque. Enjaulado, y con todos los instintos cazadores intactos, latientes aún, sin uso.

Comprender eso fue una verdadera pena.

Me prometí a mí mismo nunca más perder los ojos de tigre, pero… hay cosas tan ciertas en la vida como la muerte. Tarde o temprano todos seremos, de una u otra forma, sometidos a la convivencia en pareja y envejeceremos de esa forma, con todos sus pros y contras; eventualmente, todos perderemos los ojos de tigre. Entonces, para mantener en parte mi promesa, decidí al menos perder los ojos de tigre cuando yo y nadie más quiera.

Sea consecuente con lo que quiere, luche y luche lo que más pueda; que la sociedad y sobre todo el clan de los enjaulados (motivados por sus parejas) no le laven el cerebro. Obsérvelos y pregúntese si es eso lo que usted quiere. Recuerde que todos ellos darían un órgano por volver a sentir eso que siente usted, por probar una vez más el sub-valorado sabor de la libertad, por poder darle una mascada a esas gacelas que pastan en los pubs, clubes o bares.

Cuando me veo caminando hacia el pabellón de los callados, cuando me atrincan para dar el siguiente paso y estoy de rodillas a punto de tirar la toalla (pedir el sí), veo los espíritus de Mickey y Apollo que me gritan: “estás en el suelo por que perdiste los ojos de tigre”, y me levanto cual campeón le cuentan hasta diez, respiro hondo y vuelvo a la lucha esquivando cualquier señal de compromiso, bailando sobre el cuadrilátero, lanzando mis mejores ganchos.

Quiera o no comprometerse, evite lo más posible firmar el papel; regálele más tiempo a su soltería y no guarde sus instintos en una caja de zapatos sobre el ropero, porque su cuerpo y mente lo castigarán.

Aquí el problema no es estar en pareja, para nada; el problema es si usted no disfruta su soltería, porque tarde o temprano querrá hacerlo, y si tiene una pareja al lado tendrá verdaderos problemas; no como los problemas de los solteros, quienes sólo discuten por cuál marca de cerveza comprar hoy.

Atte.

David

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