“Me dan ganas de matar a alguien y al mismo tiempo comer pretzels blanditos”
— Jess, New Girl

Bienvenidos a La Regla*, el mágico y misterioso limbo hormonal por el que navegan las mujeres con una regularidad igualmente mágica y misteriosa. La regla es contradictoria: odiada cuando llega, aún más odiada cuando no llega. Paradójicamente, carece de reglas: acomete a cada fémina de manera especial y con intensidad azarosa cada vez. La regla es tragicómica: la mina sabe que sus emociones están en estado de sitio, le pueden parecer incluso graciosas sus reacciones, pero no puede hacer nada al respecto.

Pero por sobre todo, la regla es un absoluto tabú para nosotros los hombres. No está en los manuales. No la vemos venir. No sabemos hablar de ella (pregúntele a cualquier hombre emparejado qué tal anda todo cuando ella anda en el período, y lo verá reírse nerviosamente sin saber qué responder). El sexo también se vuelve contradictorio en esos días: aumenta la incomodidad junto con las ganas. Contraría todo lo que intuitivamente sabemos, y no notamos su presencia hasta que es demasiado tarde.

Es por eso que aquí va una recopilación de sabiduría personal y colectiva para lidiar con la pasión, muerte y resurrección de las hormonas femeninas.

Ruler Facts

Básicamente, la regla es como si recibiéramos una patada en las bolas mensualmente. Es algo que nunca sabremos a ciencia cierta, pero no se me ocurre otro equivalente masculino a ese molesto dolor prolongado, expandido, que no parece irse nunca, que nos obliga a doblarnos y que involucra algún aparato reproductor.

— Puede que todo parezca estar muy mal ese día para ella, sin razón aparente. Para uno es difícil de entender cómo ayer nuestra fémina salió con alegría y entereza de una reunión de trabajo donde le voltearon un café encima, el jefe le hizo un chiste sexista y se armó una pelea donde casi la despiden, y en cambio hoy fue un día horrible porque se le quedó la bolsita del almuerzo en casa.

La única manera de salir del mindfuck es entendiendo que

—Puede que ella necesite más cariño que de costumbre, pero no sepa pedirlo. Por un lado, la sensación física infernal la urge a hacerse bolita y refugiarse en el cuddling, pero por otro lado quiere estrangular al primero que tenga cara de llamarse Andrés. Además, puede que se sienta culpable por estar demandando demasiado, pero al mismo tiempo quiere que el cariño sólo llegue, sin más pregunta o explicación; y eso hace que lo odie a usté un poquito por necesitar tantos aspavientos para una weá tan básica como un regaloneo, y a la vez se odie a sí misma por no poder ser más clara en algo que supuestamente es fácil de pedir.

Este mar de contradicciones explica el que muchas veces, el relato lastimero de los hechos del día no es más que una exhibición de pruebas para que uno diga “woou, qué día feo que tuviste, ven acá a regalonear“; pero en lugar de eso, uno (como buen hombre) se lanza a resolver analíticamente los problemas: “Pero a ver, ¿almorzaste o no? ¿Sí? ¿Entonces para qué tanta gravedad?“.  Ella, que quiere que la abracen y no que la cuestionen, se frustra; y uno se frustra a su vez, porque no entiende por qué ella se enoja en lugar de analizar el problema y ya. Y así empiezan muchas hecatombes de proporciones bíblicas.

Por eso es importante tener presente que

— El desconcierto que usté tiene en su cabeza acerca de la Regla, ella también lo tiene. Y está en disputa interna con su némesis hormonal, que sólo quiere alivio, cariño y burbujas plásticas para reventar con furia. Tratarla como si ella estuviese de acuerdo con su período es inútil. Nada que le pueda decir usté al respecto le es novedad, porque ella misma está en ese conflicto interno y quiere salir de ese estado, pero no sabe cómo. Esto explica que suceda lo siguiente:

No hay alivio más grande que cuando ella reconoce que su <inserte comportamiento desconcertante aquí> se debía a que andaba con la regla. A menos que uno meta la pata (ver punto siguiente), terminará sucediendo tarde o temprano si es que realmente era así.

Y es algo que sólo ella puede realmente hacer, porque

— Usté no puede directamente echarle la culpa de nada a que ella anda con la regla. NO LO HAGA. Es, por lejos, la estupidez más soberana que puede uno cometer, y le explico por qué: si efectivamente el desajuste emocional se debe a la regla, usté queda como un desatinado, que a sabiendas de la situación no está teniendo ni una pizca de tacto, y con el añadido de que ella está efectivamente con la regla y por ende le afectará más.

Si por el contrario, usté yerra, es aún peor: en primer lugar, queda como un pelotudo machista, que desvaloriza el legítimo derecho de ella a enojarse o estar sensible, achacándoselo a las hormonas; y en segundo lugar, ni siquiera es capaz de acordarse de cuándo le llega la regla realmente.

El corolario de este hecho es que

— La mejor manera de lidiar con la Regla es tenerla presente, pero no usarla como carta para zanjar discusiones. Es decir: si ella está sensible o enojada, lo está con el mismo derecho el día 14 que el día 28. Pero al mismo tiempo, tener presente que una parte de ella se encuentra temporalmente poseída por Katie Kaboom contra su voluntad, permite no enfrascarse en discusiones estériles, donde uno trata de abordar racionalmente algo que en realidad sólo pedía un poco de contención… aunque ahora que lo pienso, eso también es válido para el resto del mes.

Y es que en verdad, la Regla nos termina de poner en contacto con la multidimensionalidad de las mujeres. Y es algo que uno aprende con el tiempo. Cuando uno es un pendejo, entre amoríos pasajeros, la regla no entra mucho en la ecuación (y ojo, que es la razón de muchas inexplicables cancelaciones de planes a último minuto). Siempre es lo último que conocemos de una mujer. Es propia de las relaciones hechas y derechas, tanto de las de pareja como de las amistades. Cuando nos encontramos con ella, es porque la cosa va en serio. Y tal vez es bueno que sea así, porque se necesita amor, y no lógica, para salir airosos de La Regla.

Shao.

* Todo lo dicho aquí se aplica también por extensión al famoso Síndrome Pre-Menstrual (PMS).

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bb

La metáfora perfecta: Bryan Cranston disfrazado de su propio personaje.

Se hace difícil conocernos en estas épocas donde todos somos nuestro propio asesor de imagen. La capacidad de editar lo que decimos antes (y después) de decirlo nos cagó la vida: antes tolerábamos los tartamudeos, las vacilaciones, las pausas, las frases torpes, porque come on, no todos nacimos para comunicadores audiovisuales o animadores de kermesses, a Dios gracias. Tú me aceptas mis pifias, yo te acepto las tuyas.

Pero ahora podemos corregir nuestra ortografía, pensar tres veces lo que vamos a decir, copiarle la conversación al amigo para que opine e incluso googlear una frase inteligente antes de responder. Tenemos manuales y libros para decir la cosa correcta en el momento preciso. Podemos photoshopear las cicatrices y salvar nuestra ignorancia con un par de visitas a Wikipedia. Nuestros videos duran seis segundos y no nos alcanzan a mostrar poniéndonos nerviosos o quedándonos en blanco. Y todos esos arreglines nos esconden tras la versión idealizada de nosotros mismos. Todos parecemos ser sensuales, chispeantes, cultos y onderos, mostrando nuestro mejor ángulo.

Deformamos nuestro nombre y nos ponemos apodos absurdos, para escapar de la normalidad de llamarnos Marcelo, Anita, Sergio. O nos ponemos de avatar un personaje, una caricatura, una foto random, que finalmente no es ni más auténtica ni más falsa que una foto de nosotros, escogida, retocada y encuadrada. Nos estamos conviertiendo en una suerte de fanpage, una colección de platos de comida, playlists y hábitos a la cual se le puede enviar publicidad personalizada, o enviar a la cárcel por sospechas terroristas.

Interactuar se parece cada vez más a un beso seco entre dos máscaras, un intercambio de clichés y jajajás que nos resultan demasiado cómodos y seguros. Somos la versión chatbot, el Siri de nosotros mismos: no conversamos nosotros, sino que conversan nuestros perfiles. Y si nos pasa algo y morimos, nuestras aplicaciones siguen posteando en nuestro nombre, manteniéndonos online como zombies, dejando grotescamente en evidencia lo fácil que es fingir vida digital.

¿Cagamos?

Tal vez no. Pero desenterrar la humanidad, a estas alturas, requiere valentía. Tal vez el tontito que DESPOTRICA EN MAYÚSCULAS en Twitter a los tres followers que aún le quedan tenga un punto. O tal vez no, y lo suyo también es una pose ensayada, un experimento social, una cuenta parodia para la cual no tenemos el sarcasmo suficiente. ¿Cómo saberlo? Ése es el problema realmente: que no sabemos. Jugamos al gato y al ratón entre los cada vez más accesibles blogs de psicología y los cada vez más inaccesibles perfiles de la gente.

Por eso también este blog: para ver si aprendemos a adivinar la fragilidad de los demás entre los píxeles, porque a ratos pareciera que los demás están increíblemente bien y que los únicos que tenemos miedos y ansiedades somos nosotros.

Shao.

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LoboXz: -Hola soy LoboXz y yo… yo tuve una relación a distancia.

Todos: -¡Hola Loboxz!

Muchos rehúyen, muchos se esconden, muchos niegan, pero las relaciones a distancia existen y existirán.

La historia de los amores a distancia comienza en la antigua Grecia, con Odiseo, y sabemos que a él no le fue muy bien; en Chile, la primera relación a distancia es con Inés de Suarez y su marido en España, y la historia dice que le ponía los cachos con el patrón don Pedro.

Sea como sea, la tecnología acorta distancia en muchos aspectos y hace que la gente se anime un poco más a atreverse a llevar este tipo de relación; por otro lado, el ritmo de la vida actual absorbe a las personas de tal forma que por mucho que vivan uno al lado del otro, a veces es como si estuvieran a kilómetros de distancia.

No me imagino un pololeo por carta, esperando varios días para recibir contestación; claro, algunas dirán que es domántico, y que el llegar en la diligencia de los miércoles cada mes es bonito. Pero la realidad es que hoy uno se toma un bus y puede estar en unas cuantas horas dándole en brazos de su amada; si lo pensamos bien, hay gente que demora horas en cruzar toda la ciudad, ¿por qué no sumarle un par e ir a visitar a la pinche?

Ahora, hay cosas que no preverás hasta que te pasen; el tener una relación a lo lejos provocará que te pierdas algunos momentos “importantes”, tanto tuyos como de ella, porque hay que entregar tal o cual informe; porque hay que estudiar para alguna prueba… en fin, situaciones no faltarán. Lo importante, a mi juicio, es que siempre se den el tiempo para verse; imponderables habrán siempre, pero si se comprometen a verse, háganlo.

El entorno tuyo o de ella puede ser tema también; habrá que presentarla a los amigotes, conocer a sus amiguis, y pasar tiempo one/one con ella, y todo eso absolutamente comprimido en un fin de semana cada, no sé, dos semanas. Eso puede ser un plus y un contra; lo bueno es que no te pedirán ir a la fiestecita de té por el día del árbol; pero por otra parte, tampoco podrás estar en todos esos eventos sociales que sí son wena onda. Y así es cómo se equilibra la balanza. Tendrás menos tiempo para ganarte a la Suegris, pero si no le agradas, tendrás que dedicar menos tiempo a poner caritas y agradar.

Al final del día, creo que lo importante es que este tipo de relaciones se puede dar, pero hay que querer y trabajar en ella. En estos casos la confianza con la otra persona debe ser total (al igual que en una relación regular, pero en estos casos no es tan simple llegar y reclamarle por algún celo weón).

Hay que hacerse el tiempo para verse, porque el chat aguanta un rato, pero no suple todo; el contacto físico es importante (y no me refiero solo a la cochiná). Tenga paciencia y disfrute su relación. Muchas veces usté tiene a su guacha al lado, pero es como si la tuviera a kilómetros. En el caso de las relaciones a distancia, realmente es así, por eso es necesario que la distancia sólo sea geográfica. Si no, no hay por dónde. Y ya, me despido que me siento como dostor corazón.

Saludos y se la cuidan.

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Yo sé que había colgado los botines (o la versión digital de los botines), pero qué tanta weá.

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Angelina Jolie se sacó un artículo, en el que dijo que se había sometido a una doble mastectomía preventiva por que tenía 85% de probabilidades de sufrir de cáncer de mama. Y uno de los focos más importantes de la discusión era a base de argumentos como “Angelina Jolie se sacó las tetas? Oh no! Ahora nunca podré tocárselas!”. Y como que estuve a punto de tener un ataque de apoplejía. Era como el ejemplo perfecto de eso de que “los hombres piensan con el pico“.

Pero no debería sorprenderme, si aquí en el blog pasamos llenos de comentarios y propuestas de columnas que básicamente son versiones algo más elaboradas de “LAS MINAS SON TODAS UNAS MARACAS QUE LES GUSTA EL PICO Y LAS ODIO”. Ojo, que no son todos. Pero son varios.

Y claro, así es obvio que a los weones que firmamos con el nombre, nos metan en el mismo saco que la gente que sólo piensan en las mujeres como “vaginas malvadas que hablan”. Y no tenemos la ventaja del pseudónimo para evitar la furia de esas ciberactivistas que andan por ahí (un minuto, ya voy a hablar de ellas).

En fin, estimado cerdomachistamisóginoypijacorta™ que viene al sitio buscando descargar su frustración con la compañerita de pega o de universidad que no le pasa el chico, deje de hacerlo. Este no es el Centro Chris Brown para Hombres que Odian a las Mujeres. Nos hace al género un flaco favor y muchas veces, sus comentarios no son tan sagaces como usted cree. Se lo digo de una manera que entienda:  Me tomo una sopa de letras y cago mejores comentarios que algunos que he visto por ahí.

Y bueno, por el otro lado, están las haters que pululan los comentarios. Lo que de verdad me molesta de varias de ustedes, más que los insultos, es que TIENEN LA COMPRENSIÓN LECTORA DE UNA PAPA CRUDA. Así que en un esfuerzo de producción, les voy a dar un sistema de tres pasos para antes de comentar:

El blog se llama FAQWomen: De verdad no sé qué chucha pretenden encontrar. ¿Argumentos sobre la necesidad de la paridad salarial? (Antes de que salten con sus antorchas y sus trinches, yo estoy a favor de la paridad salarial, sólo que no voy a discutir al respecto aquí).

Sí, generalmente escribimos reduccionismos: Porque es un post, en un maldito blog, en la puta internet. Hay un concepto que se llama ceteris paribus, que significa que no me voy a dar la paja de explicar toda la cantidad de variables que pueden afectar el tema del que estoy hablando.

Hay una gran diferencia entre la irreverencia y la misoginia: Para que quede claro: No, no odiamos a las mujeres. Personalmente, habré odiado una o dos a o largo de mi vida, pero créanme que el sentimiento era mutuo. Aquí hago un mea culpa y acepto que probablemente el problema es que escribo peor de lo que creo y no logro transmitir el tono adecuado. Por eso aprovecho de aclararlo.

Además, para que vean lo asqueroso del doble estándar de algunas: ¿Cuál es su opinión de 50 sombras de Grey?, ¿Se lo arrancan de las manos a las minas que lo van leyendo en el metro?, ¿Le mandan correos de odio a la autora? Porque si hay una fuente de machismo que está haciendo cagar los logros de años de feminismo, no es esta mierda de blog. Es un best-seller que hace que pendejas de 15 años piensen que sería lo máximo tener un weón con plata y mino que les pague por sexo y que se case con ellas al final. Es como Disney + Barbie + Pretty Woman, con bolas chinas.

O sea, ¿me estai weando?

Ojo, no digo que sean todos los comentarios. Y yo no soy precisamente Simone de Beauvoir, así que probablemente tengan razón en muchas de sus apreciaciones. Pero estamos trabajando para usted. De hecho, es buenísimo cuando alguien logra cambiarme el switch con argumentos. Porque este blog partió con la esperanza de no ser el único al que le pasaban estas weas de las que escribimos. Pero en el camino algo pasó. Y desde mis cuarteles de invierno, sentí que tenía que decir algo al respecto.

Ahora sí que sí, si tienen tele, ahí se ven.

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Queridas (?) lectoras,

Una queja constante entre ustedes (que de partida, deberían estar más preocupadas por lo que pasa en el blog de al lado) es que “encasillamos a las minas“. Claro, como cada una es un único e irrepetible copo de nieve, se ofenden. Y como se ofenden, pasan inmediatamente a utilizar su aguda capacidad de observación para diagnósticar con premura nuestro cerdomisóginopijacortismo.

La verdad, sus diatribas salpicadas de conceptos que aprendieron en su último ovulestre en el Instituto Feminista Jessie Spano eran hasta divertidas, sobre todo porque hacer gárgaras con conceptos como biopolítica o heteronormatividad patriarcal para aplicarlas en un blog, es más ofensivo para Foucault que para nosotros, en mi modesta opinión.

Pero ayer recibí un ataque en otro sitio por algo que sólo puede haber pasado en la vida real. La historia no es muy terrible, pero sólo puede significar que había alguien en la calle que se dedicó a escuchar la conversación que tenía con una amiga por encima del hombro. Y aprovechándose del anonimato de internet, se dedicó a putear en base a un par de frases que escuchó fuera de contexto.

Más que enojarme, me dio lata. La verdad es que de un tiempo a esta parte vengo escribiendo cada vez menos. Después de cinco años dándole vueltas al temita, siento que me quedé sin nada interesante que decir.

Esperaba terminar un par de cosas, como “El Gran Libro de las Mujeres Imaginarias“, antes de decir “Fue un gusto“. Pero esto rompió una de las reglas tácitas del juego, el mantener cada cosa en su sitio.

Sacar la discusión (palabra que le queda grande a la acumulación de insultos y argumentos ad hominem con los que varias de ustedes tratan de validar sus puntos de vista) de aquí y llevarla allá afuera es jugar sucio.

Así que, para hacerla corta, ustedes ganan. Tengo mejores cosas que hacer que andar pasando malos ratos por cosas que se escriben medio en broma, medio en serio, para un blog.

Déjenme decirles algo antes de irme:

Al final del día, son ustedes las que pierden más. Claramente aquí no escriben paladines de la causa feminista, y como grupo somos, a ratos, bastante machistas, pero en este blog hay más interés y cariño por las mujeres que en otras cosas que consumen y disfrutan felices de la vida. Para que le den una vuelta.

En resumen, igual fue divertido mientras duró. Gracias chicos y chicas (las otras chicas, que no meto a todas en el mismo saco), me quedo con los buenos ratos.
Saludos.

Richi

 [N. de la E.: hubo un breve retorno de Richi, de hecho.]

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