El que cuando era chico no se quemó con la plancha o no quedó saltón después de haber metido los dedos al enchufe o no terminó con las rodillas como charango de gato por correr a tontas y a locas, no tuvo infancia. Y es que uno necesita pegarse porrazos para aprender ciertas cosas básicas de la vida. Hay weás (como la ley de la termodinámica) que se pueden aprender a partir de un libro, pero las lecciones realmente importantes uno las saca mandándose cagazos. En especial en términos de lo que funciona y no funciona en las relaciones, donde uno (se supone) va gradualmente dejando de darle a lo que se mueva y afina el ojo para saber dónde vale la pena y dónde la cosa es un puro cacho.

Acá van algunas de las cosas que me ha tocado aprender a mí. Son seis, así que tres ahora y tres en la parte 2. Que le aproveche.

Si No Fluyó Desde El Principio, Difícilmente Va a Fluir Después

A menos que uno ande muy desesperado o sea un enamorado del amor y crea encontrar a su alma gemela hasta en la Bomba 4, uno se da cuenta cuando la cosa va con una mina. Puede que haya miedos o que ambos se lo tomen con calma, pero cuando una historia con alguien va a llegar a buen puerto, las cosas van evolucionando armónicamente y no hay estancamientos.

Y eso significa, entre otras cosas, atracción mutua y simultánea. Y a una etapa temprana. ¿Qué tan difícil es darse cuenta de que alguien te gusta? ¿Hace falta un sicoanálisis? ¿Tienen que pasar seis meses? Cuando dos personas quieren estar juntas, los momentos siempre se propician: súbitamente ambos tienen tiempo ese jueves por la tarde, a ambos les pareció bien juntarse a caminar o hacer nada, a ambos les pareció bien acabar follando en la caseta del guardia.

Arrepentimientos, problemas para juntarse, “es que estoy enfocada en otras cosas”, “es que no tengo con quién dejar a mi hijo”, etc., son todas señales de que el cuento NO va a funcar. No de que usté no haya insistido lo suficiente. Una relación que requiere demasiado esfuerzo para mantenerse está destinada al fracaso, sencillamente porque con mantenernos a nosotros mismos ya es suficiente hueveo. Y también porque eso usualmente significa que uno de los dos se está esforzando mucho más que el otro, y si la cosa no es mutua, simplemente no es pareja (ajáaa, ¿vieron el juego de palabras?).

Por eso: una vez que cuente tres “peros” de la mina, dispóngase a marchar de ahí y déjese de perder el tiempo como los huevones. Ese pensamiento idiota de “y qué pasa si me pierdo esta oportunidad” le hará más daño que bien. Es el mismo pensamiento con el cual uno termina comprando máquinas de hacer helados o descorchadores eléctricos sólo porque estaban en oferta.

Acá van a saltar los príncipes y princesas de cuentos de hadas: oooye, nada que ver, con mi pololi fuimos amigos como 25 años y al principio nunca nos pescamos y hasta dormimos juntos y no pasó nada, pero 10 años más tarde nos dimos cuenta de que estábamos enamorados y ahora estamos juntos por siempre amén.

El problema con este tipo de historias, aunque posibles, es que le dejan una impresión totalmente equívoca al resto de los mortales: que las historias fantasiosas estilo Disney funcionan. Y ahí tenemos a babosos pegados durante tres años con una Agujero Negro porque están seguros de que “ahora sí que se viene el momento, así como le pasó a mi amigo”. Algo así como un Hoy No Se Fía Mañana Sí, pero versión maraca.

Las reglas tienen sus excepciones, pero por algo son reglas: porque son lo que mejor funciona en la mayoría de los casos. Y en la mayoría de los casos, si no resulta desde el principio y las cosas se entrampan y siempre hay un pero, lo más práctico y sano es pensar que no va a funcionar, que esa historia nació muerta no más, y punto. Y next.

La Compatibilidad No Se Nota En Los Parecidos, Sino En Las Diferencias

Lo habló alguna vez Richi: no porque ella sea aficionada a los sombreros tweed (al igual que tú) significa que está destinada a estar contigo. Pero incluso más que el compartir gustos bizarros por coincidencia, la gente suele engañarse con las similitudes de fondo:

   Tenemos la misma visión del mundo
+ tenemos personalidades similares
+ nos gustan las mismas posiciones en el sexo
= somos compatibles

Lo cual es un craso error. Porque en las cosas que tenemos en común, es obvio y esperable que nos llevemos bien. El punto donde siempre queda la cagada es en cómo se arreglan las diferencias.

Si pues, las diferencias. Porque ese cuento de la conexión-instantánea-donde-nos-miramos-a-los-ojos-y-lo-entendemos-todo puede funcionar para ponerse silenciosamente de acuerdo en irse de un carrete fome, pero se nos va a la chucha cuando los temas son más sensibles y personales. Cuando cada uno se parapeta tras su trinchera y se defiende como gato de espaldas, ahí te das cuenta que la supuesta telepatía era de bien corto alcance.

La verdadera compatibilidad se nota en cómo dos personas superan conflictos, malentendidos y problemas. Y nuevamente: da lo mismo que tú y ella compartan el anarco-primitivismo vegano como ideal de vida, si a la hora de la discusión una parte es directa y asertiva y la otra se siente ofendida si no la tratan con tacto. O si ella quiere arreglar los problemas en “caliente” y el otro prefiere aislarse y pensar antes de decir nada. O peor aún, si no son capaces de ponerse de acuerdo sobre cómo ceder en estas diferencias y evitar futuros lanzamientos de mierda con ventilador.

Así que espérese a tener una pelea de aquellas, analice cómo terminó la discusión, y ahí recién ve si le pone la corona de “alma gemela” y “amors de mi vida” a su mina.

O Te Gusta Como Es, O Cagaste

Una ilusión propia de la infancia y la adolescencia es que podemos amoldar el mundo a nuestra pinta y que todo gira en torno a nosotros. Luego, de a poco, la realidad nos va pegando sus charchazos: que las cosas se ganan, que la gente no está a la parada de nuestros caprichos, que sin piñata no hay posada. Pero una de las tejas que siempre nos cae al último es que nuestra pareja no está hecha a la medida de nosotros.

Uno, de pendejo, se engaña: la cagó lo parecidos que somos, estamos hechos el uno para el otro, you were born to be my baby y toda esa vaina. Desde luego, a poco andar esa creación perfecta de la naturaleza comienza a demostrar que no era nada tan perfecta, y en un abrir y cerrar de ojos hay montones de mañas y preferencias de ella que no te gustan.

¿Qué opción toma uno entonces? Por supuesto, la más estúpida e ineficiente: ponernos a tratar de cambiar a la pareja para que deje de ser así. Si es muy callada, tratamos de que hable más. Si le gusta Rihanna, la ponemos a escuchar Mötorhead. Si es depresiva, queremos que esté siempre feliz.

Desde luego, esto es injusto con la otra persona, porque básicamente uno le está diciendo: no me gusta como eres, pero tampoco sé por qué chucha sigo contigo, así que por favor encárgate de ser otra persona para que me gustes. Esto (que también le pasa bastante a ellas) es especialmente peligroso cuando uno piensa que le está haciendo un bien a la mina: pero si es mejor que vaya al gym, pero si es mejor que deje a ese amigo jote, pero si es mejor que estudie alguna weá en vez de seguir viendo la repetición de Manos al Fuego. Uno pasa a justificar la presión que ejerce sobre su mina, creyéndose con más discernimiento que ella sobre el bien y el mal.

La otra opción es la pará del avestruz: no me gusta esto de mi mina, así que voy a hacer que no existe. Y cuando ocurre, nos hacemos los huevones, miramos para otro lado, fingimos no darle importancia y seguimos fieles a nuestro Teorema de la Perfección de Mi Pololi™. Hasta que, previsiblemente, explotamos (más sobre esto en la parte 2).

Una opción u otra intentan excusarnos de haber elegido mal la mina, en primer lugar. Y el problema no es tanto elegir mal: el punto es que llevamos tres meses diciéndole a la lola que ella es la mejor elección que hemos hecho en la historia histórica. Y las declaraciones de amor a la rápida empiezan a pasar la cuenta con intereses y gastos de cobranza.

En realidad acá los caminos sanos son: o me la banco, o mejor me busco otra. Y si me la banco, es porque independiente de que la mina pueda tener sus mañas o momentos insoportables (que todos tenemos, salvo el excelentísimo lector, desde luego), hay una sensación de gusto en general al estar con ella. No pretendo que cambie. Incluso sus defectos son parte de lo que la vuelve adorable.

Y ojo con eso, que me he cuidado mucho de hablar de cosas que no me gustan y no de defectos. Partiendo de la base que todos somos sumamente imperfectos (excepto usted, adorable lector), uno simplemente tiene que escoger su imperfección favorita. Ésa que se lleve bien con la nuestra. Para lo demás no hay excusas, y ciertamente intentar ser el mesías de alguien es sólo una inutilidad.

Partiendo porque los mesías no existen.

No se pierda la parte 2.

65 comentarios. Deja el tuyo»