En la polémica parte 1 de esta miniserie de tres capítulos acerca de cómo las minas usan la demora en el sexo como moneda de cambio, analizamos a las chicas que se entregan a las artes íntimas sin dilación. Hoy, veremos a las lolitas que ponen una condición para soltarla.

Las chicas que la sueltan, pero poniendo sus condiciones y su respectiva demora para hacerlo, es probablemente el tipo de actitud respecto al timing sexual que más seguido uno se encuentra. Esto es, probablemente, porque las interacciones hombre-mujer suelen seguir la siguiente dinámica: hombre ganoso – mina que decide. Es decir: todo parece indicar que la mujer puede pasárselas perfectamente sin sexo, y que en cambio, es el hombre el necesitado y el que debe hacer los méritos si quiere su premio (Sexo = premio).

Esto, por supuesto, es totalmente falso, como ya fue analizado en la parte 1. Pero las mujeres han tenido un enorme talento en hacernos creer que es así. Y su mérito es digno de ser reconocido, porque quien sabe aguantarse las ganas (ellas) tiene más poder que quien no (nosotros).

Dicha aparente desigualdad no tiene otro fin que poner a una mujer en una posición ventajosa para negociar ciertas condiciones a cambio del sexo. (Quedan fuera aquellas condiciones propias del acto sexual, como por ejemplo: que el compadre use condón, se lave bien la poronga antes del acto o mantenga la selva a raya). Veamos las más comunes de esas condiciones:

a) Sexo a cambio de relación estable

Por lejos, la más usual. La chica exige elevar la relación a la categoría de pololeo para soltar su flors. La explicación es sencilla: la mina quiere asegurarse de que el tipo no se esté follando a nadie más en paralelo. O al menos, poder putearlo con total propiedad si se entera que lo hace.

En este caso la condición se le hace saber al compadre de manera semi directa: “No Goyo, todavía no, yo sólo me acuesto con mis pololos“, “Prefiero que no, quiero tener la certeza de que esto no es algo pasajero“, “Pucha, es que hice una manda de sólo acostarme con parejas estables para que mi abueli dejara de fumar“.

Esta mina no está dispuesta a arriesgarse a ser casera. Le han metido en la cabeza que, luego de obtener sexo, el hombre se aburre y se va (que, como ya discutimos, también es totalmente falso), y por ende, intenta amarrarlo con un contrato para entregarle el pack premium. Hey, lo hacen las compañías de TV cable y no lo va a hacer una mina en posición de negociar.

b) Sexo a cambio de matrimonio

Práctica habitual entre las mujeres que profesan cultos religiosos que condenan el sexo fuera del matrimonio. Con esto la mujer no sólo se asegura una conciencia libre de culpa religiosa, sino que además se garantiza techo, sustento y exclusividad.

Ahora bien, tenga en cuenta: la mujer puede NO ser virgen, y aún así exigirle a su futuro esposo el celibato previo. Incluso, la mina puede no sólo no ser virgen, sino además haber perdido la virginidad cagándose al novio, y aun así exigirle castidad al pobre. True story.

Por supuesto, la chica no necesita ser una devota para exigir roca por flor: tal como en el ejemplo anterior, ella quiere asegurarse que no la va a soltar a cambio de nada. Si percibe que puede manejar al compadre con tal de arrastrarlo a un compromiso, lo hará.

No sé si se fijan, pero hay un cierto patrón en común en esta actitud y en la anterior : la idea subyacente de que el hombre gana con el sexo, y de que la mujer no, y que por eso la mujer debe asegurarse algún tipo de beneficio. Y después dicen que no hay mujeres machistas.

c) Sexo a cambio de privilegios

Lo cual usualmente se conoce como una maraca. Los privilegios pueden ser: protección monetaria (dinero directamente no, porque eso convertiría el acto en prostitución), poder, conexiones sociales, el rol protagónico en esa teleserie juvenil, acceso a secretos, aumento de sueldo, etc.

d) Sexo a cambio de algún “plus”

Es fácil confundir esta actitud con la de una maraca; en realidad, se trata de una maraquilla, una zorrita, una vivaracha. Este comportamiento ocurre cuando tanto la mina como el compadre quieren puro darle, y saben que va a suceder; pero la lolita, sabiendo que el tipo muere de deseo, aprovecha de cortar su tajada y sacar algo de ventaja de la situación.

Es entonces cuando la mina estira el elástico un poquito, asegurándose invitaciones a cenar, transporte, regalos, etc. Ojo: no es que la susodicha se acueste POR los regalos y las paleteadas; lo hace porque de verdad tiene ganas, pero sabe que puede salir ganando más que sólo una cachita, y se aprovecha de aquello.

Siempre se puede negociar, está claro. Si ambas partes ganan con el trato, no hay problema. Pero parte esencial de saber negociar es tener claro cuánto está ganando el otro. Piénselo la próxima vez que se pille a sí mismo desenfundando la lapicera para firmar ese contrato.

No se pierda la parte 3, acerca de Las Que No La Sueltan.

Shao.

No puedo postergar más esta tercera entrega, con un mito que es un clásico, y que Richi se encargó de sugerirme (N. de la R.: sugirió como mito, él no piensa así):

Y el tercer mito dice: “Son todas maracas“.

Ya, pero honestamente, esto no resiste mucho análisis. Estamos claros que la MAYORÍA de las mujeres no son maracas. A lo que me interesa ir aquí es: ¿por qué alguna vez este mito llegó a crearse? ¿Por qué alguien, en la cúspide de su despecho, es capaz de lanzar semejante diatriba?

Entérese a continuación.

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Continuamos con lo recientemente empezado.

Segundo mito: “las mujeres nos necesitan menos que nosotros a ellas“. Acá las minas nos han vendido una pomada peor que los quesitos mágicos, y se merecen un Oscar, o al menos un Altazor, por su interpretación de esos seres tan autosuficientes, tan evolucionados, tan completos, tan perfeccionados, que hacen parecer al hombre, en cuanto a relaciones, no más que una especie de masa calentona y peluda con capacidad de inseminar.

Vemos a un par de lesbianas ricas tirando y nos da un poco de envidia (o ganas de meternos entremedio, ja), porque parecen no necesitar nada más que un cinturón con pene para ser felices. Pero…

La pomada de la mina exitosa que no quiere tener pareja porque no siente ya a nadie “a su altura”, es simplemente una tranca emocional o un problema psicológico de narcisismo. Y viendo los estudios sobre el daño que una madre narcisista le hace a sus hijos, es mejor si quieren quedarse tan solas, porque yo al menos no quiero tener un hijo con una de ellas.

¿Conoce a una mina que dice ser autosuficiente, completa, que ya no necesita hombres? ¿Y esa mujercita, es cariñosa, sexy, se arregla, se preocupa de sí misma? Entonces no le crea (aunque ella sí se lo crea). Yo sí se de una que es así: Margaret Thatcher. ¿Se tiraría usted a Margaret Thatcher? Yo tampoco.

Dejando de lado a las solitarias crónicas (que son una absoluta minoría, y le aseguro, no se está perdiendo de nada), la mayoría de las minas que aparentan autosuficiencia son simplemente inseguras o quejonas. Y en verdad, a las minas les ENCANTA quejarse. Tanto en la cama como en la fila del supermercado, se quejan mucho más que nosotros. Pero, al menos en el sentido de “reclamo”, es sólo eso, una queja.

Este tipo de quejas es mejor desoírlas, y se ahorrará tantos dolores de cabeza (reales de usted y fingidos de ella a la hora de acostarse). En ese sentido se parecen a nosotros, los hombres con apariencia de misóginos. Nos quejamos para que parezca que nuestra falta de elección es en realidad una elección.

Y que esto en general valga para varias cosas que dicen las mujeres acerca de los hombres cuando están frente a un hombre:

Ignórelas.

Se ganará un poroto.

Shesho

Me presento. Soy Shesho, nuevo FAQer, y espero aportar otro punto de vista  a lo que hasta ahora son mayormente las elucubraciones de richi (con ocasionales intervenciones de los demás colegas). Hace un tiempo escribí este post como invitado, y harta agua ha corrido bajo el puente desde entonces.

Lo que sigue es algo más dirigido para mis colegas hombres que para las féminas. Lo digo porque esto es un llamado de atención para nosotros mismos como machos (o aspirantes a), más que una apología femenina. Ahí vamos.

Quiero empezar por echar por tierra, por las dudas, la idea de que este es un blog misógino. Yo, al menos, no lo soy, aunque alguna vez lo fui. Pero también quiero despejar ese mito: hay muchos menos misóginos de los que se cree.

(A propósito, es curioso que nuestro idioma no posea un término preciso para definir el rechazo femenino a los hombres, porque dicho fenómeno se da tanto o más en ellas que en nosotros. Y no, androginia no califica.)

Lo que sucede es que muchos de nosotros tenemos que aceptar que no entendemos ni sabemos acceder a las mujeres, y a la vez hacerlo con aire rudo frente a nuestros pares de género. Por eso, aunque por fuera digamos “Fuck women!”, por dentro temblamos esperando que llegue una de ellas a nuestras vidas, jurando que lo último que les diremos será “Fuck”.

Al menos, hasta el día que nos pateen.

No somos misóginos, pero la frustración nos ha hecho tragarnos con anzuelo y todo varios mitos misóginos, que la verdad, nos hacen un flaco favor a la hora de entender a  las mujeres. Somos casi siete mil millones de seres humanos, y todos (salvo un par de bebés de probeta, uno que otro clonado, violaciones y otros casos minoritarios) hemos nacido gracias a que una mina le dio la pasada a un weón. Así que tan compleja no debe ser la cosa.

Sí, leyó bien: dije entender a las mujeres.

Ahí va el primer mito: “las mujeres son imposibles de entender”. Son contradictorias, sí, pero creo que la incoherencia es más una característica humana que sólo femenina (¿Cuántos, díganme, cuántos no hemos dicho “no la llamo más” y a las dos semanas/un mes/cinco años le mandamos un mensajito por si las moscas?).

Son hormonales, sí, pero es más un asunto de grados (con la regla se ponen más malhumoradas/más sensibles/pero algunas también más libidinosas), y creo que eso queda equiparado con la usual inmadurez masculina que nos ataca hasta los treintaytantos. No va por ahí la cosa.

Es simplemente que tienen un modo de pensar diferente a nosotros. Es una weá evolucionaria, porque tenemos distintos roles en la conservación de la especie.

Nosotros cazamos y aseguramos la comida; ellas son las que llevan la guagua y le dan papa. A nosotros nos gusta la seducción visual; a ellas, la emocional. A nosotros nos gusta el blanco y negro; a ellas, los matices. Nosotros somos directos e incisivos (una buena metáfora de nuestra fisiología sexual). Ellas, sutiles, receptivas e indirectas (otra buena metáfora de su fisiología sexual).

A nosotros nos gusta la lógica de causa/consecuencia; a ellas les encanta ver lo esotérico, lo mágico, lo misterioso. Nosotros preferimos explicitar todo; ellas prefieren que todo se “subentienda”. Nosotros necesitamos señales directas para confiar; ellas gustan mucho más de la complicidad.

Y qué tanto. Tampoco son weas tan imposibles de entender. Lectores de derecha, díganme, ¿no encuentran “absurda e incomprensible” la lógica de los opinólogos de izquierda, y viceversa? No es tanto un asunto de género como de dejar un rato de lado nuestro cubo mental. Vale tanto para nosotros como para ellas.

Para el próximo post, el segundo mito: “las mujeres nos necesitan menos que nosotros a ellas”.

Su seguro servidor, para todo lo que sea comentar, discrepar, aplaudir o lanzar tomates.

- Shesho