En la parte 1 de esta miniserie, vimos tres didácticas lecciones que uno aprende, básicamente, gracias a mandarse cagazos y jurar que la está haciendo de lujo cuando not. Acá vienen las tres finales. Que le aprovechen.

Es Mejor Poner Grande La Letra Chica (!)

Lo más usual es que uno muestre su mejor lado cuando está conociendo a alguien. Somos el perfecto equilibrio de todo: imaginativos pero concretos, sofisticados pero sencillos, relajados pero responsables, maduros pero con alma de niño, flacos pero gordos, rubios pero morenos, etc.

Cuando esto sucede, uno tiene el espejismo que es el único de los dos que lo está haciendo; pero resulta que, del otro lado, las sonrisas despreocupadas y las frases clever de la lola son tan cuidadosas como las de usté. Y ahí es cuando se vuelve un poco difícil aplicar el “O te gusta como es, o cagaste” de la parte 1: ¿cómo voy a saber si realmente me gusta la persona si no tengo idea cómo es en realidad?

La regla de oro acá es: siempre es mejor ir con las imperfecciones de frente. En primer lugar, porque uno se relaja de tener que aparentar algo que no es. Todos tenemos algo de cuáticos, celosos, inseguros, desconfiados, alumbrados; todos tenemos un punto donde somos torpes, débiles, ingenuos, indecisos, ignorantes, o hablamos pelotudeces.

Todos” también incluye, por supuesto, a esa dulce y perfecta criatura a la que le estamos sacando los sostenes con avidez en estos instantes. Y lo menciono porque: a) uno tiende a idealizar un poco a la mina cuando recién la viene conociendo, y b) la gente usualmente se suelta y se relaja cuando uno demuestra sus imperfecciones, y es capaz de compartir las suyas propias. Esto, a su vez, nos pone mucho más sobre aviso (“¿En serio eres un poquitín celoso? Uuuh yo también, a mi último pololo le quemé la casa porque lo vi hablando con una mina, nunca pensé que tendría la confianza para contarte esto, jijiji”).

Ahora, hay que tener en cuenta algo: al principio de una relación uno efectivamente está menos involucrado, y por ende uno de verdad es más relajado. Siente que tiene menos que perder. Otra cosa es cuando la relación avanza y ambos se enganchan. O dicho de otro modo: todas son Dignas los primeros dos o tres meses. Eso no tiene nada de gracia; es después donde se ven las Taimadas, las Mafiosas y las Weonas Locas. Por eso es bueno hablar un poco más del tema cuando las aguas todavía están quietas y uno puede elegir si aceptar o arrancar.

También considere que la situación se distorsiona cuando uno de los dos lleva mucho tiempo soltero (y por ende pierde la costumbre de la vida en pareja), o cuando uno de los dos recién viene saliendo de una relación muy larga (donde viene con las mañas y los hábitos de la pareja anterior). En cualquier caso, ármese de bolas y vaya de frente con sus mañas y sus yayas, así como con las cosas que no tolera o que no transa. Le irá mucho mejor.

Si Tiene Dudas, Aplique la Regla de los 7 Años

Nuevamente nos anclaremos del “O te gusta como es, o cagaste”. Como siempre, nunca es todo tan blanco o negro, y puede que hayan cosas de la mina que más que un dealbreaker, son sólo una pequeña molestia. Entonces uno se pregunta: “ok, me doy cuenta que a mi mina le gusta gruñir como chanchito mientras folla (por dar un ejemplo). A mí no me agrada mucho, pero claramente no la voy a patear por eso”. ¿O sí?

¿Cómo saber?

Entra en escena la regla de los 7 años. Básicamente, consiste en preguntarse: “¿Aguantaría esto siete años seguidos?”. Haga el ejercicio e imagínese que pasan siete años en los que la situación que intenta analizar es pan de cada día. (Si le cuesta imaginarse qué tanto pueden cambiar las cosas en siete años más, trate de acordarse de cómo era usté hace siete años atrás).

¿Por qué siete años? Siete años es un tiempo prudente para acostumbrarse a (casi) cualquier cosa; lo que sea que ud haga durante más de siete años, terminará haciéndolo con mucho talento (no sé por qué el primer ejemplo que se me viene a la mente es correrse la paja). Desde luego, no tienen por qué ser justo siete años; ajuste su umbral al tiempo que crea razonable.

Si la respuesta a la famosa pregunta es “ni cagando aguanto esto siete años”, significa que la cosa tiene fecha de vencimiento, a menos que a ella se le ocurriera cambiar en el camino –cosa a) muy poco probable y b) que tampoco te incumbe–. Y esto significa que si pasa el tiempo y te sigues haciendo el weón, vas a explotar.

Esto es lo que le pasa a la mayoría de la gente cuando no tiene el carácter o la franqueza para decirle a los demás las cosas que no le gustan. Al principio está bien ser diplomático y paciente, pero cuando se trata de una relación cercana, el exceso de diplomacia pasa la cuenta. Una vez que hay algo que usté sabe que no tolerará mucho tiempo más, las opciones son dos: o da la cara o se dedica a sufrir en silencio estilo Oshin. Y a su vez, darle la cara al problema puede ser a) con dignidad y calma si lo hace tempranamente, o b) como una guagua malcriada, con gritos y pataleos, si es que se aguanta hasta el último momento.

Suceda lo que suceda, si decide aperrar y bancárselas, no se ande quejando por ahí de su mujer por otros lados. Quejarse es de weones sin bolas, que no tienen carácter para resolver sus problemas solos. Cuando usté habla de su mina como “la bruja”, aunque sea en bromita, simplemente está diciéndole al mundo: me tienen de los cocos y lo paso mal, pero como no tengo bolas y no puedo hacer nada al respecto, me quejo.

(Por cierto, andar diciendo las cosas que le molestan “en bromita” es bien de mamasanes también.)

Si realmente no quiere buscarse a otra mina, no ande pelando a la suya. Incluso si sabe que la cosa tiene fecha de vencimiento, haga sus weás calladito y no ande llorando por los balcones. Su “yo” del futuro se lo agradecerá.

Querer Gustarle a Todas Es No Gustarle a Ninguna

Está de moda el galán empático, que en su afán por agradarle a las minas, termina siendo más feminista que ellas mismas. Intenta ser la solución perfecta a las típicas quejas del género:

  • “Faltan caballeros en este mundo”. Él se raja con la cuenta y corre a abrir la puerta del auto.
  • Andan todos baboseando detrás de la pelotita”. El leerá a Coehlo mientras juega la Roja (y tuiteará al respecto).

La lista podría seguir. En realidad, el galán empático se amolda a la personalidad de la mina que tenga al frente (o a varias a la vez), así que tiene un montón de disfraces para cuando la situación requiera humor, rudeza o ternura. Su postal perfecta sería con una tabla de surf a sus espaldas, Madame Bovary en una mano y un cachorrito recién rescatado en la otra.

No vaya a pensar que estoy pelando: yo mismo caí en esta misma actitud alguna vez. En algún momento de la vida uno tiende a creer que lo que las minas dicen que les gusta de los hombres es lo que realmente ellas quieren de un hombre.

Luego uno capta dos cosas:

a)      La mayoría de las mujeres no sabe realmente qué es lo que le atrae y valora en un hombre hasta que ya está bien mayorcita. Uno empieza a intuir esto desde que ve que la compañerita de curso llora “yo sólo quiero un hombre que me trate bien”, pero se le siguen cayendo los calzones por el mismo saco de huevas. Por ende, seguir al pie de la letra los consejos de las amiguitas que lo tenían a uno de hombro para llorar no va a funcionar. Especialmente no funcionará para salir de una Friendzone (y ésa es una sublección muy útil: no trate de salir de una Friendzone. Se gastará en vano).

b)      El punto anterior importa una raja. Sencillamente, porque uno va entendiendo que esforzarse por agradar sólo trae desagrado. Y por otro lado, siendo cada mina tan distinta a la otra, si quiere agradarlas a todas terminará afeitándose media cara sí y la otra no, porque a algunas le gustan afeitados y a otras barbudos. No tiene sentido. Y si a usté le interesa ese 1% de minas que tiene claro lo que quiere, pues a ese 1% le interesa precisamente quien no está ni ahí con andar cumpliendo expectativas ajenas.

Esto último va especialmente dedicado al pastel despechado, ése que dice “me aburrí de ser bueno, a las minas le gustan los hombres malos, yo me voy a dedicar a ser malvado de ahora en adelante”. A pesar de que a veces es bueno pasar por esas etapas (precisamente para pegarse estos conchazos y aprender algo), finalmente terminará gravitando de vuelta a donde uno se siente más cómodo siendo.

Y ahí hay uno de los cueros de chancho más importantes que uno termina sacando a punta de elegir mal, de pasar vergüenzas y sustos (hola, test de embarazo), de vivir dramáticos fines de relación (de los que uno SIEMPRE se terminará riendo después), de contarse cuentos varios y de obstinarse porfiadamente en perseguir imposibles: que mantener un personaje para agradar a alguien es cansador, poco efectivo y, para qué estamos con cosas, triste. Uno va entendiendo que el “si le gusta bien y si no mala cueva” se puede expresar sin resentimientos de por medio, como una sencilla afirmación que evita perder el tiempo y darse vueltas como mojón en alta mar en torno a los mismos problemas.

Porque al final, después de renegar de Belzebú y de la virgencita de la Junji, de jurar dejar el copete, las drogas y los tónicos capilares del puro arrepentimiento, de pasar de sentirse una mierda a sentirse el weón más bacán del mundo (y viceversa), de mandarse condoros y de cagarse de la risa de uno mismo, algo, algo va quedando. Algo más que una caña moral, por supuesto.

Pero no me crea a mí. Salga pa afuera y cáguela solito usted mismo.

Que se divierta.

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El que cuando era chico no se quemó con la plancha o no quedó saltón después de haber metido los dedos al enchufe o no terminó con las rodillas como charango de gato por correr a tontas y a locas, no tuvo infancia. Y es que uno necesita pegarse porrazos para aprender ciertas cosas básicas de la vida. Hay weás (como la ley de la termodinámica) que se pueden aprender a partir de un libro, pero las lecciones realmente importantes uno las saca mandándose cagazos. En especial en términos de lo que funciona y no funciona en las relaciones, donde uno (se supone) va gradualmente dejando de darle a lo que se mueva y afina el ojo para saber dónde vale la pena y dónde la cosa es un puro cacho.

Acá van algunas de las cosas que me ha tocado aprender a mí. Son seis, así que tres ahora y tres en la parte 2. Que le aproveche.

Si No Fluyó Desde El Principio, Difícilmente Va a Fluir Después

A menos que uno ande muy desesperado o sea un enamorado del amor y crea encontrar a su alma gemela hasta en la Bomba 4, uno se da cuenta cuando la cosa va con una mina. Puede que haya miedos o que ambos se lo tomen con calma, pero cuando una historia con alguien va a llegar a buen puerto, las cosas van evolucionando armónicamente y no hay estancamientos.

Y eso significa, entre otras cosas, atracción mutua y simultánea. Y a una etapa temprana. ¿Qué tan difícil es darse cuenta de que alguien te gusta? ¿Hace falta un sicoanálisis? ¿Tienen que pasar seis meses? Cuando dos personas quieren estar juntas, los momentos siempre se propician: súbitamente ambos tienen tiempo ese jueves por la tarde, a ambos les pareció bien juntarse a caminar o hacer nada, a ambos les pareció bien acabar follando en la caseta del guardia.

Arrepentimientos, problemas para juntarse, “es que estoy enfocada en otras cosas”, “es que no tengo con quién dejar a mi hijo”, etc., son todas señales de que el cuento NO va a funcar. No de que usté no haya insistido lo suficiente. Una relación que requiere demasiado esfuerzo para mantenerse está destinada al fracaso, sencillamente porque con mantenernos a nosotros mismos ya es suficiente hueveo. Y también porque eso usualmente significa que uno de los dos se está esforzando mucho más que el otro, y si la cosa no es mutua, simplemente no es pareja (ajáaa, ¿vieron el juego de palabras?).

Por eso: una vez que cuente tres “peros” de la mina, dispóngase a marchar de ahí y déjese de perder el tiempo como los huevones. Ese pensamiento idiota de “y qué pasa si me pierdo esta oportunidad” le hará más daño que bien. Es el mismo pensamiento con el cual uno termina comprando máquinas de hacer helados o descorchadores eléctricos sólo porque estaban en oferta.

Acá van a saltar los príncipes y princesas de cuentos de hadas: oooye, nada que ver, con mi pololi fuimos amigos como 25 años y al principio nunca nos pescamos y hasta dormimos juntos y no pasó nada, pero 10 años más tarde nos dimos cuenta de que estábamos enamorados y ahora estamos juntos por siempre amén.

El problema con este tipo de historias, aunque posibles, es que le dejan una impresión totalmente equívoca al resto de los mortales: que las historias fantasiosas estilo Disney funcionan. Y ahí tenemos a babosos pegados durante tres años con una Agujero Negro porque están seguros de que “ahora sí que se viene el momento, así como le pasó a mi amigo”. Algo así como un Hoy No Se Fía Mañana Sí, pero versión maraca.

Las reglas tienen sus excepciones, pero por algo son reglas: porque son lo que mejor funciona en la mayoría de los casos. Y en la mayoría de los casos, si no resulta desde el principio y las cosas se entrampan y siempre hay un pero, lo más práctico y sano es pensar que no va a funcionar, que esa historia nació muerta no más, y punto. Y next.

La Compatibilidad No Se Nota En Los Parecidos, Sino En Las Diferencias

Lo habló alguna vez Richi: no porque ella sea aficionada a los sombreros tweed (al igual que tú) significa que está destinada a estar contigo. Pero incluso más que el compartir gustos bizarros por coincidencia, la gente suele engañarse con las similitudes de fondo:

   Tenemos la misma visión del mundo
+ tenemos personalidades similares
+ nos gustan las mismas posiciones en el sexo
= somos compatibles

Lo cual es un craso error. Porque en las cosas que tenemos en común, es obvio y esperable que nos llevemos bien. El punto donde siempre queda la cagada es en cómo se arreglan las diferencias.

Si pues, las diferencias. Porque ese cuento de la conexión-instantánea-donde-nos-miramos-a-los-ojos-y-lo-entendemos-todo puede funcionar para ponerse silenciosamente de acuerdo en irse de un carrete fome, pero se nos va a la chucha cuando los temas son más sensibles y personales. Cuando cada uno se parapeta tras su trinchera y se defiende como gato de espaldas, ahí te das cuenta que la supuesta telepatía era de bien corto alcance.

La verdadera compatibilidad se nota en cómo dos personas superan conflictos, malentendidos y problemas. Y nuevamente: da lo mismo que tú y ella compartan el anarco-primitivismo vegano como ideal de vida, si a la hora de la discusión una parte es directa y asertiva y la otra se siente ofendida si no la tratan con tacto. O si ella quiere arreglar los problemas en “caliente” y el otro prefiere aislarse y pensar antes de decir nada. O peor aún, si no son capaces de ponerse de acuerdo sobre cómo ceder en estas diferencias y evitar futuros lanzamientos de mierda con ventilador.

Así que espérese a tener una pelea de aquellas, analice cómo terminó la discusión, y ahí recién ve si le pone la corona de “alma gemela” y “amors de mi vida” a su mina.

O Te Gusta Como Es, O Cagaste

Una ilusión propia de la infancia y la adolescencia es que podemos amoldar el mundo a nuestra pinta y que todo gira en torno a nosotros. Luego, de a poco, la realidad nos va pegando sus charchazos: que las cosas se ganan, que la gente no está a la parada de nuestros caprichos, que sin piñata no hay posada. Pero una de las tejas que siempre nos cae al último es que nuestra pareja no está hecha a la medida de nosotros.

Uno, de pendejo, se engaña: la cagó lo parecidos que somos, estamos hechos el uno para el otro, you were born to be my baby y toda esa vaina. Desde luego, a poco andar esa creación perfecta de la naturaleza comienza a demostrar que no era nada tan perfecta, y en un abrir y cerrar de ojos hay montones de mañas y preferencias de ella que no te gustan.

¿Qué opción toma uno entonces? Por supuesto, la más estúpida e ineficiente: ponernos a tratar de cambiar a la pareja para que deje de ser así. Si es muy callada, tratamos de que hable más. Si le gusta Rihanna, la ponemos a escuchar Mötorhead. Si es depresiva, queremos que esté siempre feliz.

Desde luego, esto es injusto con la otra persona, porque básicamente uno le está diciendo: no me gusta como eres, pero tampoco sé por qué chucha sigo contigo, así que por favor encárgate de ser otra persona para que me gustes. Esto (que también le pasa bastante a ellas) es especialmente peligroso cuando uno piensa que le está haciendo un bien a la mina: pero si es mejor que vaya al gym, pero si es mejor que deje a ese amigo jote, pero si es mejor que estudie alguna weá en vez de seguir viendo la repetición de Manos al Fuego. Uno pasa a justificar la presión que ejerce sobre su mina, creyéndose con más discernimiento que ella sobre el bien y el mal.

La otra opción es la pará del avestruz: no me gusta esto de mi mina, así que voy a hacer que no existe. Y cuando ocurre, nos hacemos los huevones, miramos para otro lado, fingimos no darle importancia y seguimos fieles a nuestro Teorema de la Perfección de Mi Pololi™. Hasta que, previsiblemente, explotamos (más sobre esto en la parte 2).

Una opción u otra intentan excusarnos de haber elegido mal la mina, en primer lugar. Y el problema no es tanto elegir mal: el punto es que llevamos tres meses diciéndole a la lola que ella es la mejor elección que hemos hecho en la historia histórica. Y las declaraciones de amor a la rápida empiezan a pasar la cuenta con intereses y gastos de cobranza.

En realidad acá los caminos sanos son: o me la banco, o mejor me busco otra. Y si me la banco, es porque independiente de que la mina pueda tener sus mañas o momentos insoportables (que todos tenemos, salvo el excelentísimo lector, desde luego), hay una sensación de gusto en general al estar con ella. No pretendo que cambie. Incluso sus defectos son parte de lo que la vuelve adorable.

Y ojo con eso, que me he cuidado mucho de hablar de cosas que no me gustan y no de defectos. Partiendo de la base que todos somos sumamente imperfectos (excepto usted, adorable lector), uno simplemente tiene que escoger su imperfección favorita. Ésa que se lleve bien con la nuestra. Para lo demás no hay excusas, y ciertamente intentar ser el mesías de alguien es sólo una inutilidad.

Partiendo porque los mesías no existen.

No se pierda la parte 2.

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