Me complazco en presentarle, amigo lector, a este eshpeshial tipo de fémina (pariente cercana de La Cumbiera Intelectual). A mí personalmente no me gustan, pero las encuentro graciosísimas, en especial en su manera de relacionarse con los hombres. Veamos por qué:

  • Siempre tiene una volada artística, espiritual o filosófica. Y dicha volada prevalece ante todo. Ante sus deseos carnales, ante sus necesidades biológicas, y por sobre todo, ante ti.
  • Respecto al sexo, hay tres opciones: una, la que alumbra con la pará “iluminada”, aparentando que ya trascendió los placeres de la carne (cruda) y que meterse con un monigote peludo y protuberante ya no la moja; dos, la que alumbra con la pará de ser una diosa tántrica, que te mira con cara de “probablemente no te la puedas conmigo, y MENOS aún haciendo el colibrí invertido“; tres, la que no habla de sexo y reserva dichos pudores para su “alma gemela” de turno.
  • Con ella no hay “onda”, sólo “conexión”. Y probablemente a un nivel astral o cósmico.
  • Tendrás que acompañarla: a sus marchas por la no-discriminación a los perritos, a sus sesiones de biodanza, a las jornadas de respiración universal en el Valle del Elqui. En cambio, no podrás acompañarla a sus sesiones de lectura de runas con las amigas (probablemente intentará averiguar si te la estás cagando).
  • Se ufana de tener gustos extraños en materia de hombres. Se jacta de meterse sólo con feos narigones, o que le gustan los flaquitos de chasca y lentes a lo Allende. O, se va a San Pedro de Atacama a comerse gringos pachamámicos. Desprecia a todo aquel demasiado estiloso o universalmente atractivo, y siempre pretende haber descubierto el tesoro del mercado persa en cuanto a amantes (“Los fanáticos del feng-shui son los que más duran en la cama, te lo juro“).
  • El mainstream no va con ella. Si, hablando de libros con ella, tienes la mala idea de mencionarle que te gusta como escribe Milan Kundera, ella te sale con tres monjes nepaleses que están escribiendo algo como La Insoportable Levedad del Ser, pero mil veces mejor. Lo mismo con ese trovador armenio que hace música mejor que la que te gusta a ti, y más desconocida. Alguna vez le gustó Chinoy; ya no, desde luego, porque se puso demasiado mainstream.
  • Todo “le tiene que nacer”. Los besos, el sexo, el compromiso, llegar a la hora, llamar de vuelta, preguntar qué es de tu vida, ser fiel.
  • Suele meterse con pelmazos (weas), basada en sus intuiciones y tincadas. ¡Y cuánto lo lamento! Porque la pachamámica no es malintencionada, tan sólo le sobra un poco de egolatría naif. Como siempre elude lo que es obviamente atractivo para las masas, más de una vez desecha weones como la gente, pa meterse con ese bajito-medio-turnio-ex-dealer-de-ayahuasca que tiene esa vibra tan cuática, porque bueno, ella es diferente, y tiene que meterse con gente diferente.

Shao.


…sin orden particular:

Pantorrillas: La mejor parte, lejos, de las piernas femeninas (que en sí son un fetiche). La parte más sexy (más que los muslos, en mi opinión). Con tacos altos, una delicia. Puesto que son 100% trabajables, la excusa de la genética no aplica. Lamentablemente (o afortunadamente?) es donde más se nota si una mina se depila o no.

Que juegue a oponer resistencia al follar: Asegurándose que ambos entendemos que es un juego (cosa de poder jugarlo).

Exceso de sombra en los ojos: lo encuentro muy sexy. Bien pintado eso sí pueh.

Que se deje una prenda puesta durante el sexo: Mis elegidos son (obviamente uno a la vez): faldita, tacos, medias (no pantys), un pañuelo.

El huesito que sobresale de la cadera femenina: Ufff. Y sé que no soy el único.

Hablar en susurros: No sé si esto es un fetiche o un must.

Olor a shampoo: En ella, por supuesto. Oler un frasco de shampoo tiene menos brillo que piso de tierra!

Sombreros: Jockeys (para las deportivas), boinas (para las indies), y otras originalidades (gorros de lana no). Encuentro muy estilosa a una mina con sombrero. Pero la mina tiene que ser bien guapa, y en la misma línea, el sombrero o gorro no tiene que taparle la belleza.

Uñas bonitas: creo que esto es un must. Una mina con las uñas feas o comidas es matapasiones y revela poco auto-cariño. Uñas mal pintadas, eso sí, son perfectamente perdonables.

Botas: Ahora en invierno me he dado cuenta que se ven muy ricas con botas.

Que se hagan las huecas en la intimidad: Y sólo en la intimidad. Ojo, que se HAGAN no más. Porfa. Gracias.

Shao.


Así como Richi inauguró recientemente la sección Musas, a mí me corresponde inaugurar la sección Fetiches, dedicada a esos detallitos en las mujeres (o en torno a ellas) que nos vuelven locos, más allá de las cosas obvias como las tetas, el poto, etc.

Empezaré con uno suavecito: el pelo.

Creo que, junto con la postura (ya hablaremos de eso en otra ocasión), el pelo es de las cosas que más deciden el atractivo añadido de una mujer, es decir, las cosas que van por encima de su genética.

Yo personalmente no tengo preferencia por color de pelo. Pero sí que soy fijado en que una mina tenga bonito pelo. Un bonito pelo refleja, además de buena salud y juventud, que la mina se cuida y se preocupa de sí misma. Peinados, moños, pinches y demases, se los dejo a creatividad de ellas. Pero el pelo bonito no se transa.

Y definitivamente, largo. El pelo corto le queda bien sólo a las minas demasiado guapas (pienso en Celeste Cid de Resistiré como uno de los pocos ejemplos que realmente me gustan), y usualmente a ese tipo de minas el pelo largo les sube aún más punto. Esto ya es bien personal, está claro. Cortes a lo Carlita Jara, no, mushas gracias. Visos, teñidos y etcétera me dan lo mismo, mientras no le caguen el pelo (lamentablemente suelen cagárselo).

El pelo de una mina refleja su actitud. Si es crespa, x ejemplo, puta, que sea BIEN crespa. Que se note que la mina sepa qué está haciendo con su pelo, que tenga detalles originales.

El pelo es sexy. Las minas lo saben y juegan con él. El pelo esconde y muestra. Viendo a una mina de espaldas, con sólo mirarle el pelo (y, ejem, el poto) uno puede saber si es atractiva sin verle la cara. Hagan la prueba.

Ahora bien, a la hora del sexo y con la mina arriba, el pelo largo wevea un poco, especialmente cuando se interpone entre los besos. A veces el pelo tomado en cola de caballo viene bien (y sirve para ciertos juegos que no detallaré).

Pero para mí, personalmente, no hay nada más sexy que una mina despeinada en la intimidad. Hay minas que se trauman con la idea de verse chasconas y quieren verse peinaditas hasta en la cama. Las pelotas. ¡La intimidad es para despeinarse! Al levantarse por la mañana lo mismo, se ven adorables despeinadas :)

Y un último fetiche: recién salidas de la ducha, con olor a champú. Ufff :D

Claramente el tema no se agota acá. ¡A por esos comentarios, críos!

Shao.


No soy muy bueno para las introducciones, así que sólo diré que el columnista invitado de hoy es Shesho, y tiene una aproximación medio zen al tema que llena las páginas de este blog. En la variedad está el gusto, dicen.

Hace un tiempo tomé la sabia decisión de dejar de perseguir mujeres y empezar a escaparme de ellas. Al principio no fue una decisión guiada por la sabiduría, sino por el hastío, porque en verdad estaba empezando a estresarme tratando de descifrar los códigos y contraseñas de demasiadas féminas a la vez. Y cualquier que lo haya intentado sabe que es como intentar resolver de a 10 sudokus simultáneamente.

Las minas esperan que uno sea una suerte de hacker, que se sepa los algoritmos precisos para acceder a su zona “members only”, en la cual, según el modo en que hayas accedido, ella te abrirá el corazón o las piernas. Ojo, según el modo en que hayas accedido, no según tus intereses particulares para con ella. Pero creo que eso da para otro post.

Bueno, yo terminé decidiendo que ser esa suerte de multi-hacker de mujeres era una tarea intelectual demasiado ardua. Sí, intelectual sobre todo. Los hombres (para las amigas que nos leen en casa) somos seres increíblemente analizadores, salvo cuando nos volvemos cavernícolas y perdemos todo rastro de civilización. Esos son los dos polos, blanco y negro. Los grises son de niñitas.

Y del mismo modo yo, sin transición, salté del polo perseguidor al polo escapista. Dejé de acercarme, dejé de tomar la inciativa de abrir conversas por msn, teléfono, facebook (en persona siempre hay que ser cortés y saludar), y dejé sobre todo de preguntarme por qué chucha el interés del viernes se transformaba en la nebulosa indiferente del lunes.

Como que todas me empezaron a importar un bledo.

Y la reacción es incomprensible para un hombre, porque resulta que las mujeres aman perseguir. Tienen un instinto de paco o detective que las hace delirar por los fugitivos, por las sombras que se ven pasar en fracción de segundo, por los cambios de status misteriosos en facebook, por la sensación de que “le estoy perdiendo la pista”.

La persecución puede ser activa o pasiva. Muchas (en Chile, me temo que la mayoría) no moverán un dedo por el macho escapista en cuestión, pero le sapearán toda su vida online y estarán atentas a sus cambios de vestimenta, de look o de compañía.

A nosotros los hombres nos cuesta comprenderlo. Nosotros vamos directo al grano, al choque. Es nuestra naturaleza cazadora. Nos gusta, vamos. No nos gusta, no vamos. Todas las demás sutilezas que aprendemos entremedio, son sólo porque nos resultan más efectivas para lograr lo mismo.

Aquello de jugar al pillarse lo toleramos sólo porque funciona, pero en nuestro fuero interno, seguimos considerándolo una pérdida de tiempo. Y claro, apenas nos enteramos de que estamos siendo perseguidos, despierta el cavernícola cazador y ¡pam! nos damos media vuelta, volvemos a ser los perseguidores, y por supuesto, las féminas, que manejan esto de cambiar papeles como nadie, con gusto vuelven a ser la presa perseguida y se pierden lejos.

La solución que funciona, por lo visto, es precisamente una sutileza, una media tinta de las que odiamos los hombres: déjese perseguir, déjese alcanzar, haga amago de darse vuelta a perseguir, y vuélvase a escapar. Sí, es una tontera. Pero le traerá paz mental y al menos tendrá más posibilidades de satisfacer ese instinto cazador.

Ese mismo que nos hace pagar dos lucas más que ellas para entrar a una disco.


Quizá estén pensando en quién me creo que soy para enfrentarme a una pregunta que ni Freud ni Gibson pudieron contestar. Y no voy a caer en el chiste fácil de contestar la pregunta con el archiconocido e hipercitado “uno de este porte” (separando los índices el largo que considere apropiado en el momento).

Es que hoy en día, en que las mujeres son renovadas, liberadas, asumidas e hipoalergénicas, hay que ser realista un cerdo machista para pensar que nuestras contrapartes femeninas necesiten sólo unas buenas embestidas para ser felices. Yo siempre he creído que buscan unas buenas embestidas acompañadas de algunas otras cosas. El reduccionismo de Mr. Blue, pero con papas a un lado.

Así que en aras del mejor entendimiento entre los sexos, y para que nosotros los hombres podamos satisfacer de alguna manera las irreales simples expectativas de las mujeres, dejo aquí un humilde perfil con las  cualidades del hombre promedio, basado en artículos de Cosmo, conversaciones callejeras, posts leídos en blogs femeninos/feministas y varias otras fuentes poco confiables:

  • Extrovertido, pero enigmático;
  • Relajado, pero que sepa hacerse cargos de situaciones;
  • Con su lado femenino desarrollado pero varonil;
  • Divertido, pero serio para algunas cosas;
  • Que la deje pagar lo suyo, pero que la invite;
  • Que le guste viajar y salir, pero también quedarse en la casa sin hacer nada;
  • Que sea caballero, pero no a la antigua,
  • Que tome la iniciativa en el sexo, pero que no se asuste ante sus avances sexuales;
  • No tan alto, pero no tan bajo;
  • No tan peludo, pero tampoco lampiño;
  • No tan flaco, pero no gordo ni demasiado musculoso,
  • Rubio, pero moreno.

Esta lista no es en ningún caso exahustiva, pretende ser una pincelada que nos permita empezar a entender lo que ellas quieren. Ahora, como contraparte, está la teoría de Samantha Jones (sí, la de Sex and the City. No, no he dejado mis testículos en mis otros pantalones):

“You fantasize about a man with a Park Avenue apartment and a nice big stock portfolio…For me, it’s a fireman with a nice big hose”.

Y es que al final, (parafraseando a nuestra ninfómana preferida nuevamente) aunque todas quieran ser Carrie, antes que estar con Mr. Big, preferirían estar con Mr. Too Big.