Es una llamada por teléfono, es una manera de hacer las cosas, es uno de los puntos más lejanos de cercanía. Como sentarse a esperar la tormenta, decir que la lluvia es linda porque siempre tuviste donde pasarla sin mojarte. Pero eso es otro tema. Que las cosas tomen su curso es inevitable y la mayoría de las veces para mejor, tratar de cambiar la dirección del río es imposible, lo importante es encontrar un río que vaya donde quieres llegar, y dejar que los golpes de las piedras y las ramas terminen de aburrirte y buscar la orilla para que la noche no te pille entrampado en nada más que en un fuego para devolverle vida a los huesos hasta que ese calor con el del sol te obliguen a zambullirte de nuevo. Porque la perfección también es pasajera, y lo único que la hace peligrosa es tratar de mantenerse en ella demasiado tiempo. Pero por supuesto que es inevitable, si somos humanos, comemos, cagamos y creemos lo que nos diga la ficción, creada especialmente porque en la realidad no funciona de esa manera, como la religión quizás. Y así, una llamada, aunque sea del rincón más lejano, nos devuelve a un lugar olvidado, al refugio que guardamos en una esquina al fondo de la cabeza porque la que está cerca de los ojos no tiene nada de espectacular, son sólo una recolección de especímenes, un muestrario más o menos extenso de lo que el mundo sin esfuerzo puede entregar, llenándose de polvo, todavía ahí porque hasta el peor de esos recuerdos es mejor que el del día en que no pasó absolutamente nada. Y así yo también me voy llenando de ácaros en una cabeza de noche larga y solitaria, esperando una llamada o esperando hacerla, que entre los dos aunque no quede nada, todavía quedamos nosotros y hay varias maneras de hacer esto.

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Camilo Muñoz, aunque me dicen @elbuencamilo y también me dicen que me quede callado.

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