Abre comillas:

“Te adoraba hasta que te volviste real. Demasiado real. A la distancia, a 64×64 px, me volvías loca. Tal vez sea la música que estoy oyendo o el vino que acabo de dar vuelta sobre el notebook (yquemepególabarraespaciadora), pero de pronto me acaba de bajar un miedo horrible a que tengas olor, a que tengas carne, a que tengas pico.

Te prefiero pixelado, digital. La pantalla es plana, fría, lisa, límpida: son fosforitos de luz, se prenden y apagan, nada permanece. Me gustaba cuando podía apagarte. Me gustabas cuando eras irreal, cuando no conocía de ti más que tres frases. Ahora que te conozco más, empiezan a abrirse las posibilidades; partiendo por la posibilidad de que se abran mis piernas, de que me mojes, de que nos emborrachemos, de que terminemos culiando, de que me embaraces, o peor, mucho peor que eso, que algún día, tal vez, quizás, me enamore de ti.

Compartimos música, intentaste que oyésemos las mismas canciones, y la verdad, te prefería en Arial tamaño 12. Te prefería con esa foto de celular con los colores arreglados para que se vea estilosa. Prefería mostrarte mi perfil de Facebook, mi mejor lado, con mi muro lleno de jotes. Prefería mostrarte mi sonrisa rosada en Comic Sans, mis emoticones tan coquetos, pero de pronto te volviste demasiado real.

No quiero imaginarte en pijama, haciendo desayuno, rascándote la frente.

Ya no era cosa de resolverte en un par de nicks, poniéndome No Conectada, mirando la ventana de MSN cada 5 minutos para ver si seguías ahí. Ahora estabas cerca, a un pasaje de distancia. O tú o yo habríamos tenido que movernos, y ya sabemos qué sucede cuando eso sucede. Me habría visto obligada a olerte. Y ya sabemos que nunca se sabe lo que sucede cuando dos personas se huelen.”

Cierre de comillas.

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