Lee con calma.

¿Cómo manejas la química?

En realidad no puedes; a lo más, puedes pensar en qué hacer con tus reacciones cuando llega.

De pronto se crea un vórtice, todo se desenfoca alrededor, y queda, en un círculo, al centro, ella. O sea, tú. Todo es una nube: la visión, los sonidos, las feromonas, incluso el mismo contacto del cuerpo ajeno se difumina, se siente como casi propio.

Pasas a respirar un aire compartido.

Sólo puedes manejar la atracción en la otra persona si es que tú no sientes atracción. Sólo ahí podrías manipular de verdad y sentir ese gustito macabro del control.

Si la atracción es mutua, no puedes hacer nada al respecto. Quizá estés acostumbrada a usar la atracción o la química que provocas en otros como instrumento de manipulación, quizá tengas tus vías de escape bien definidas; pero si la atracción te agarra a ti, todo de pronto parece más débil, las razones se esfuman.

Así que, cuidado.

No hay moralidad en la atracción; no se fija en si estás casado o soltero, si eres de tal o cual edad; que nos digan los endógamos si es que acaso respeta parentescos.

Por eso, a nosotros dos, la química nos da miedo.

Y con razón; si se deja libre es explosiva. Tal como dos imanes, hay un punto de no retorno, y si te acercas mucho, sobreviene esa caída dulce; ese momento donde no quieres, pero conchesumadre, sí, en realidad sí quieres.

Hay un montón de costumbres y maneras que, cuando andas por la calle, cuando nos saludamos por primera vez – como perfectos desconocidos –, son tu escudo, tu estrategia, son tu cara de póker.  Tu guarida.

Yo también las tengo. Pero ahora ya no importan.

Ese momento de dejar caer las barreras es un triunfo y una derrota a la vez; porque besar es ilegal, tocar es ilegal, desnudar es ilegal. No partimos desnudando a alguien apenas lo conocemos; por eso, el momento de la fusión significa una victoria sobre las barreras del otro, así como una derrota sobre las tuyas; así como la otra persona, tú tienes que aceptar también que sí, que sí quieres, que aceptas la ilegalidad sobre ti también.

Es un ultraje consentido. Dejas hacer cosas que usualmente no permites; pronto te encuentras tú también­ haciendo cosas que juraste no hacer.

Stop.

Retrocedamos al momento inmediatamente previo. Hay un momento de tensión infinita, puede que dure un cuarto de segundo, puede que dure un año (literalmente… ¿o me equivoco?).

Y entretanto sucede esa tensión, todo parece confuso, cuesta pensar, cuesta re-concentrarse. Nos brillan los ojos y desearíamos no tener que decirnos nada, con mirarnos basta; pero aún tenemos convenciones sociales que cumplir, aún tenemos que desviar la mirada pasado cierto rato.

Nosotros los hombres queremos salir de ahí, queremos resolver el conflicto; estamos programados para las historias con desenlace. Somos seres eyaculadores.

Ustedes las mujeres quieren retenerlo, acumularlo; el “casi” es casi tan excitante como el momento en sí.

Sin esa tensión, claro, nada vale la pena; pero la tensión por sí sola no alcanza a darle las explicaciones del caso al cuerpo. Necesitamos avanzar,  el elástico debe ser cortado; parte del juego es saber que puede cortarse.

Si no, no habría peligro; todos flirtearíamos con todos inocentemente, y sería tan aburrido y predecible como vitrinear sin dinero en un mall. Los hombres hacemos que suceda; las mujeres hacen que sea divertido.

En esa tensión continua entre deseo y desenlace, en ese borde afilado, en esa fracción de segundo que avanza y retrocede, ahí está todo.

Es como surfear. Miento.

Es mejor que surfear.

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