La mina se sienta en el borde de la ventana y piensa. Le gusta pensar. Lo reconoce en secreto: le gusta más pensar que follar, más que pololear. Su punto G claramente está en el neocórtex. Se estimula con elucubraciones y tiene orgasmos intelectuales. Pero no es que esté pensando en sexo: decirle “orgasmo”, de hecho, es demasiado sucio y banal, no retrata bien esas ideas sublimes que adora tener. Tal vez epifanía sea más apropiado para definir el placer abstracto que le provoca pensar en cosas abstractas. Creativas. Innovadoras.

Todo esto piensa ella, mientras ladea la cabeza y pone ese rictus de nada, involuntariamente ensayado durante años. Se imagina como centro de una fotografía, cool y lejana. Lo suyo es la estética de la indiferencia, parece una Barbie sedada y le gusta. De hecho, tiene la misma capacidad de asombro que una Barbie, sólo que con los párpados entrecerrados y ocultos tras los anteojos de sol con marco de carey. Nada la sorprende ni conmueve demasiado. Lo suyo es dejarse llevar por el momento, tomarse un trip, dejar que los beats le den vueltas, girar en círculos para sentirse en el centro, dulce, sola, sola, sola.

Le gusta lo open mind y le gusta hablar de sexo, más que practicarlo incluso. Cuando folla, no grita ni se queja: susurra un “Ah” como de película cursi francesa. Quejarse es mainstream, gritar es mainstream, arañar el colchón de placer es mainstream (palabra que dejó de usar hace rato). Le gusta más la sensación del algodón orgánico que de una mano masculina o un pene. Le gusta más la ropa que la desnudez. Le gusta más que la miren que la toquen. Le gusta más el estilo que la pasión.

Retoca las fotos con colores vintage. Siempre sale sonriendo con expresión neutra. La boca cerrada y la cara en ángulo de tres cuartos.

Ahora pasea por el parque, toma una margarita del pasto y la mira. En su cabeza suena una música vaga. El sol cae suave a las cinco, a ella le gusta esa sensación. Le gustan las sensaciones tenues. Tiene la piel tenue, la voz tenue, el olor tenue, los movimientos tenues. Pareciera que no fue hecha para lo intenso ni para desbordes ni para locuras, sino para las cosas amortiguadas, los colores deslavados, la música susurrada. Como que da un poco de culpa follársela, es como echarle ketchup a una ensalada de rúcula y pétalos de rosa. Grosero.

Encamarse con ella es erótico y no sexual. Es un ejercicio estético, como ese video de Björk de los robots retozando. Mientras le agarran las nalgas, ella está imaginándose cómo se vería eso filmado en cámara lenta.

Por eso se busca un tipo levemente asexuado como ella, con quien pueda hablar y pensar, hablar tanto que se queden dormidos conversando, hablar tanto que se besen poco y a los toponcitos. Hablar tanto que los debates sean más estimulantes que los juegos de manos.

Una relación estética e intelectual, que proporcione deleite a los sentidos y a las neuronas. Se busca alguien a quien le gusten las chicas especiales y diferentes como ella, que sea analítico y sesudo, un poco atormentado por sus pensamientos. Que guste de las pocas curvas y los pocos escotes, que tenga sexo cuando se sienta en onda y que no espere recibir felaciones muy seguido. Alguien a quien llamar por el nombre, sin apodos tiernuchos. Alguien con quien cocinar gourmet moliendo pimienta fresca, con quien analizar el cine raro, la ropa indie, las últimas tendencias, tomar margaritas del pasto a las cinco y mirarlas mientras suena una música vaga.

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