Vuelve el Dr. Ninfómano (conocido por El Arte de Putear), y esta vez nos traerá una serie de relatos sórdidos, cachondos, coshinones. Todos reales. ¿Protagonizados por él? Puede que sí… puede que no. Nadie sabe realmente quién es el Dr. Ninfómano.

Disfruten. Y aprendan, alfeñiques.

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Un día cualquiera, decidimos juntarnos con mis compañeros de universidad a unos copetitos en un bar de Santiago centro.

A dos mesas de distancia llegó un tipo con dos señoritas, eran muy cariñosos entre los tres, lo que me permitió notar que las chicas eran bastante desinhibidas. Luego de varias bromas entre una mesa y la otra (había mucho ambiente de jolgorio) me decidí con un partner a invitarlos a sentarnos todos en un mismo lugar. Una de las chicas quedó a mi lado y pude notar que era una mujer alegre que sólo quería pasarlo bien, su vestimenta y su flirteo constante con la muchachada la dejaban en clara evidencia.

Como es usual en mí, empecé a sacar, entre bromas, temas cachondos, y a rozar sus piernas con las mías como si fuera casualidad. Cuando me hablaba la ignoraba, y luego le tomaba la mano suavemente para hablarle mientras la miraba a los ojos. Todo esto para propiciar que a ella le naciera tocarme.

Cuando las tomadas de pierna y mano empezaron a venir de ella, pude leer que estaba adentro del juego, así que me hice el tontito un rato para incrementar su interés por mí. No dejé pasar mucho rato para que no se aburriera y ahí me puse descarado, saqué el tema del sexo con cada vez menos pudor, tanteando hasta donde era capaz de llegar esta chica… a pesar de que nunca me fío 100%. Las chicas son buenas para hacerse las lesas.

De pronto me llevé la gran sorpresa: ella dejó de prestarme atención y ya ni siquiera me miraba. Yo no tenía idea qué había hecho mal, y cuando estaba a punto de decepcionarme, me contraatacó colocando su mano sobre mi sexo por debajo de la mesa y en frente de todos. Era la señal.

La llevé fuera del local y nos besamos. En el cuello, cerca de la espalda. Mordimos nuestros lóbulos de las orejas, labios y lenguas. Esto no terminaría en pololeo, terminaría en sexo descarnado y brutal, de ese sexo bueno y casual que te hace pensar que te conoces con esa persona desde hace muchos años.

Compramos unos tragos y nos fuimos al departamento de un amigo. Era el único lugar desocupado que conocía, y mi buen compadre no tenía inconvenientes en tocar el violín mientras tuviese un poco de wisky entre sus manos.

No alcanzamos a tomarnos un trago y ya estábamos atinando en el living, mientras mi amigo miraba con cara de Forever Alone. ¿Para qué seguir ahí? Nos fuimos a un dormitorio y empezamos a tener sexo, utilizando manos, bocas, lenguas y genitales para descubrirse mutuamente y hacer sentir al otro todo el placer que fuera posible. La misma piel se convirtió en una extremidad que acariciaba al otro para trazar ese camino de excitación que culmina en el orgasmo.

Luego de un buen rato y ya cansado, tomé mi trago y me dirigí al living (obviamente desnudo) a ver a mi compadre. El pobre era como una versión alcohólica de Candy, y mirando para afuera parecía cantar: “en mi ventana veo brillar, las estrellas muy cerca de ti…” No pude evitar sentir compasión y decidí tener un gesto de cortesía.

¿Quieres tirar con nosotros?

Con la humildad de un dálmata, bajó su vaso y me miró a los ojos.

Sí compadre, y sólo porque estoy curao.

Obviamente no le creí y me dio risa.

Volví a la pieza y le dije a mi amiga: “Invitamos a Isaac? Me da lata que esté solo en el living…”. Ella hizo “sí” con la cabeza, poniendo la mejor cara de perversa, lo cual fue señal suficiente para que me dirigiera al living y entregara la posta.

Me tomé un descanso, mientras los veía envolverse. Esa mujer era una fiera.

Tras algunos minutos de descanso recibí la invitación de vuelta, y aquí podríamos decir que empezó oficialmente mi primer trío HHM. Pese al entusiasmo de mi compañero de equipo, me negué a realizar la doble penetración que nuestra acompañante pedía a gemidos. No estaba preparado aún para algo así, pero eso no quitó que ella tuviera un final feliz, luego de llevarnos a ambos a la gloria.

Lo disfruté mucho. La verdad, te da tiempo para descansar, y el sólo hecho de estar haciendo algo tan extremo puede llegar a excitarte mucho más de lo normal. Sin embargo creo que es algo no muy recomendable para cualquiera. De partida, tienes mucha cercanía con el sexo de otro hombre, y eso puede ser incómodo si no eres: a) un maldito degenerado; b) alguien muy abierto de mente con su sexualidad muy definida; o c) derechamente bisexual.También puede ser muy impactante para las chicas y es importante que estén seguras de querer hacerlo.

Como le dicen a los guardalineas: “ante la duda, abstenga”.

Con el tiempo se va mejorando la mano. Pronto les contaré de otras experiencias sórdidas. Hasta entonces.

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Putero por naturaleza, caliente como nadie y totalmente desprejuiciado, el Dr. Ninfómano ha dedicado su vida al arte de follar en todas sus formas. Sígalo en Twitter

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