A veces has probado el placer de tantas maneras, con tanta intensidad y durante tanto tiempo, que se despierta un deseo de llegar más allá para sentir satisfacción.

Sentir placer es vivir un estado de comfort totalmente superior al que puedas tener durante tu vida cotidiana, y cuando abusas de él lo vicias, pues empiezas a necesitar algo más extremo.

De adolescente me masturbé bastante y vi mucho porno. Para mí no bastaba con eyacular lo más rápido posible, quería sentir la fricción en mi pene y la actividad nerviosa de cada parte de mi cuerpo. Una inocente pajita podía ser rápida para disfrutar la adrenalina de que no me pillaran mis viejos, o por el contrario, con todo el relajo del mundo, aguantando hasta una hora y media antes de buscar la eyaculación.

Este “entrenamiento” me preparó para vivir un primer pololeo sin saciedad. Como la mayoría de las parejas, durante el primer año cogíamos todo el día. Yo sabía bastante bien qué me gustaba y que cosas podían ser placenteras para mi compañera.

Con el pasar de los años me invadían ocasionales ganas de hacer algo un poco fuera de lo normal para sentir ese placer extremo que cada día creía necesitar más.

Se me metió en la cabeza que quería llegar a un máximo humano de rendimiento sexual, y que obviamente no lo iba a vivir con una señorita de parroquia.

Primero me ocupé de mí, física y mentalmente. Entrené mi resistencia física y en el gimnasio le dediqué un poco más de tiempo a los ejercicios de la pelvis. Practiqué la masturbación tántrica para tener más y mejor control sobre la eyaculación y empecé a sentir la curiosidad por probar el Viagra, Ripol, Seler Up, Lifter, Erosfil, o como usted quiera llamarlo; todos tienen el mismo principio activo, llamado Sildenafil (de hecho, si a usted le avergüenza pedirlo en la farmacia, diga “Sildenafil de 50, por favor”, y pasará piola para todos, salvo para el farmacéutico… y para los que saben).

Todo bien hasta ahí, pero no lograba encontrar alguien que me acompañara en esta campaña. Era difícil encontrar la mujer que me dejara con la sensación de haber llegado al tope.

Así supe de una prostituta chilena que ha hecho películas porno en la Argentina y que tiene su fama por ser absolutamente ninfómana. Colega 🙂

Ya me había metido con una puta argentina que padecía esta simpática condición, pero eran otros tiempos y ella no estaba en Chile. Con ella había sido gratis, en circunstancias que en otra oportunidad relataré. Me sentía reticente a pagar por sexo.

Tengo el ego demasiado grande como para pagarle a una mujer que no es ni más bonita ni más inteligente que las con que salgo sin pagar, pero ahora había un motivo que era más fuerte para mi.

Sólo se vive una vez y hay que aprovechar la juventud. La llamé y quedamos en juntarnos ese día a las 18hrs.

Entré a la farmacia y luego de pedir un millón de cosas que no necesitaba, me decidí por comprar un Ripol (siempre hay una marca distinta en oferta) que me tomé apenas salí del local.

Toco el timbre y se abre la puerta que me confirmaba que todo iba a salir como lo había planeado. Una mujer de 1.72 con tacos, vestida con un peto y ajustados jeans elasticados. Siempre me la han puesto dura las morenas de ojos claros con tatuajes.

Nos tomamos un trago conversando. Me sorprendió que desde que entré se tocara a cada momento su coño, yo estaba durísimo.

Se sacó la ropa y nos tendimos en la cama para seguir conversando. No dejaba de masturbarse mientras me contaba su aburrida vida de los millones de pesos que necesitaba para conseguir algo de la dignidad que su estupidez y la prostitución le habían quitado.

No quería escucharla más, no quería saber de que había sido mamá recientemente ni de sus fracasos financieros. Quería metérselo por horas y acabar tanto en su boca como en sus inmensas tetas siliconadas.

Mientras todo esto ocurría, el Ripol me tenía con la presión en niveles escandalosos. Me sentía abochornado y por un momento pensé que mi verga iba a explotar.

Me dirigí a la ducha y me sorprendió que la erección superaba cualquier experiencia anterior. Además sentía mi cuerpo exaltado, lo que me tenía brutalmente cachondo.

Llegué desnudo a la cama y ella, sin dejar de masturbarse, empezó a darme una impresionante mamada. Su profundidad era tremenda, tragándosela hasta la garganta.

Pocas veces había sentido la sensación de tocar la garganta con la punta del pene y poder dar movimientos violentos y repetidos sin que ella diera ninguna expresión que no fuera de placer.

Se montó en mi pene y me pidió que me moviera corto y rápido mientras ella estimulaba su clítoris para llegar al orgasmo “antes de empezar a coger de verdad”.

Apenas acabó empezó la fiesta, alternando penetraciones duras y fuertes, de esas en que sientes que topas fondo, con movimientos más cortos y a toda velocidad.

Lo hicimos en varias posiciones hasta que finalmente me paré junto a la cama con ella acostada de espalda. Puse sus piernas en mis hombros y le di toda mi potencia para metérsela estimulando la parte delantera del interior de su vagina.

Creo que ya llevábamos unos 45 minutos cogiendo, y no aguanté. La dureza de mi polla no cesaba y acabé dentro de ella. Sin embargo fue como si nada hubiese pasado, mis niveles de calentura no disminuían ni un poco y seguí penetrándola como si nada hubiese ocurrido.

Saqué la verga para poder retirarme el preservativo usado y le estimulé el clítoris rozándolo con la yema de mis dedos mientras ella me masturbaba. Aún no nos deteníamos ni un segundo.

Ella estaba ligeramente sobre mí cuando salió el salvaje que llevo dentro. Le tomé el pelo como si fuera una cola de caballo y la acosté de espalda sobre la cama. Junté sus muñecas con mi mano izquierda mientras la estimulaba con la derecha a la vez que ponía la punta de mi glande tocando las puertas de su sexo.

No aguanté y se lo metí sin protección. Ella, lejos de desaprobar, gemía fuertemente y me pedía que siguiera con fuerza, que no dejara de hacerlo. Reclamó que le avisara cuando acabara para “darle mi lechita”.

Cuando le dije que estaba por terminar se la sacó de adentro y puso su boca para recibir la esperma, la que devolvía y comía varias veces, para finalmente tragarla y acercarse a besarme.

Nos tocamos en un falso romanticismo, pasando nuestros dedos por el pelo del otro y mirándonos a los ojos, exhaustos.

Me sorprendió y calentó que ella no dejara de tocarse ni aún después de haber sido penetrada por casi una hora. A mi todavía no se me ponía blanda. Dios ampare al Sildenafil. 🙂

Volvió a chupármela y nos masturbamos mutuamente un buen rato. Nos dimos sexo oral y terminamos teniendo sexo anal mientras ella jugaba con su vibrador. Esta vez acabé sobre los labios de su vagina.

Ella me dio un baile y nos masturbamos cada uno en un rincón de la cama mirando al otro. Era como un desquite en un momento en el que ambos sabíamos que yo ya tendría que irme.

Escuchamos algo de música acariciándonos desnudos, nos duchamos y me largué. Estaba feliz por haber sentido el placer que quería y me había quitado un gusto. Sin embargo me di cuenta que endiosé las parafilias en vez de gozar lo esencial del sexo.  Anyway, lo follado y gozado no me lo quitaba nadie.

Por otro lado sentía que me iba a dar un infarto en cualquier momento, no podía ni manejar el auto porque creí que mi cara iba a explotar. La sensación de desmayo inminente me duró horas, hasta que me comí un chocolate bitter con un té de jazmín y a duras penas pude conciliar el sueño. Ese porotito azul puede tener efectos secundarios bastante desagradables.

¿Moraleja? No le veo lo malo a ser un cerdo hedonista que hace lo que sea por placer, pero el sexo es mucho más que eso y mucho más sencillo. Tuve el polvo más intenso y extremo de mi vida, pero aún y así no fue el mejor.

De ese, otro día les cuento.

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Putero por naturaleza, caliente como nadie y totalmente desprejuiciado, el Dr. Ninfómano ha dedicado su vida al arte de follar en todas sus formas. Sígalo en Twitter

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