Tenía yo cerca de veinte años, y estaba saliendo con una chica bastante guapa. A ella, como a otras tantas, le excitaba mucho que nos viesen tocándonos y tirando en lugares públicos. Cada vez que salíamos a caminar o en auto ella me sorprendía luciendo sus piernas sin ropa interior, estilosos tacos o vestidos que dejaban toda su espalda al descubierto.  Por supuesto, cuando yo me calentaba de verla y sentir los roces cotidianos, me lanzaba encima y ella no hacía nada para detenerlo.

Siempre me he preguntado si sienten el pene tieso cuando uno les da el primer abrazo. Al menos yo con ella trataba de que lo sintiera y elegía pantalones delgados, incluso a veces andaba a lo gringo. Me calentaba su producción al momento de mirarla, lo que también era una invitación a preocuparme también de mi apariencia y actitud. La abrazaba fuerte, sin ser bruto, presionando su cadera contra la mía. La miraba fijamente a los ojos para fingir que la besaría y luego seguía hablando como si nada. Obvio, dejándola con las ganas.

Nuestra relación era 100% sexo salvaje. Ella siempre gemía delicada, pero sin pudor en el volumen. No nos importaba dónde estuviéramos, cualquier parte era un buen lugar y siempre andábamos preparados.

Así llegó su cumpleaños con asadito incluido en el entonces llamado Parque Intercomunal. Por suerte conocía gente, porque con ella nunca pudimos hablar. Era más joven y me recordaba un poco a la Diva. No cruzamos ni media palabra, cuando chocábamos transitando como hormigas por el carrete nos dábamos un topón y seguíamos nuestro camino.

A mi me la tuvo dura desde el principio. Andaba con una cortísima falda tableada, zapatillas y una polera amarrada en el cuello un poco ajustada. Pero a mi no me pescó en toda la tarde, y tuve que apañármelas coquetiando con algunas de sus amiwis.

Alguien tuvo la brillante idea de llevar un jarro de proporciones bíblicas con vino y frutilla. Obviamente todos caímos con el engañador brebaje que, sumándole los porritos, nos sumía en una orgía de paz y amor en torno a la barbacoa.

Empezó ese horario cercano a la oscuridad en que todavía se ve, pero no tanto y me acerqué a ella que hablaba con una amiga. La tomé desde atrás por la cintura y puse mi boca en su oreja. Le mordí suave el lóbulo y le dije “Vamos a caminar unos minutos que yo ya pronto me voy”. Ella presionó su cadera contra mi pubis: la erección era inminente. La mantuve uno o dos segundos para que sintiera lo que había provocado, luego nos tomamos de la mano y emprendimos la caminata.

Creo que por primera vez hablábamos y era respondiéndonos preguntas embotelladas que en realidad poco nos importaban. Tan evidente fue lo desagradable que era hablar y tan grande era la calentura acumulada de los dos, que empezamos a tirar sin ninguna vergüenza.

Fuimos al sector sur oriente del parque y cerca de unas plantas, llegando al río, nos detuvimos para echar a correr el manoseo. Perdí absolutamente el control cuando me di cuenta que no llevaba calzones. Su depilado era perfecto y la suavidad de su sexo se multiplicaba por mil con su humedad.

Sacó mi pene del pantalón y me lo empezó a chupar energéticamente. Con ella aprendí como me gustaba que me la hicieran: con muchísima saliva, profundidad, sin rozar con los dientes y sin hacer pausas muy largas. Era una máquina de complacer y siempre quise tratar de estar a su altura. No sé si lo estuve.

A ratos pasaba gente y trataban de disimular que no nos veían, pero todo ese espectáculo, lejos de espantarnos, más nos calentaba.

Ella se apoyó contra un árbol y yo empecé a penetrarla. En eso estábamos cuando echó su torso hacia mi y me dijo con voz calentona y ojos semi cerrados: “Métemelo por atrás ahora, que esa mina nos está mirando”.

Efectivamente una chica como de mi edad miraba, con tremendos ojos, tratando a la vez de continuar su camino como si nada hubiese pasado. Pero eso ni me importó. Lo terrible para mi era que nunca había hecho sexo anal antes y esa no era precisamente una situación de confianza, ni la mujer con la que tuviera la mejor comunicación.

Ante mi helada reacción, se llevó los dedos a su boca y los llenó con saliva, la que esparció por mi glande para luego llevarlo a su cola rezongando la frase: “Apúrate, no seas pavo”.

Fue como la práctica profesional, porque tuve que basar mi accionar en puras lecturas, historias de amigos y películas porno, que no son la mejor ayuda para entender estos detalles.

Partí lento y apuré el tramite conforme ella me lo demandaba, acentuando velocidad y profundidad. No dejaba de lamerle el cuello y su espalda, como si me estuviese escondiendo de quienes nos miraban. Creo que lo hacía para exhibir más al acto que a los protagonistas.

Acabé sobre sus nalgas y ella se limpió con la mano. Chupó uno de sus dedos y me miró coqueta: “Gracias, el mejor regalo de cumpleaños. Quería mi primera vez contigo

No lo podía creer. Ella tampoco lo había hecho… y ninguno de los dos sabíamos.

Jamás hablamos largo, de hecho me caía un poco mal. Se irritaba con facilidad y no aguantaba discutir un tema cuando teníamos opiniones diferentes. Siempre confundía eso con una pelea y se taimaba. Además, nunca toleré que escuchara música de mierda y pasara toda la tarde en la porquería de Facebook.

Me costó dejarla, estaba empotado. Creí que podríamos durar más y que tendría en mi rutina semanal esos maravillosos polvos con ella, pero estaba equivocado.

Hoy, después de haberlo escrito, confirmo que aunque tenga el mejor sexo del mundo, eso tampoco te va a llevar a amar si no tienes alguna otra cosa con la cual establecer una conexión.

No es suficiente comunicarse bien tirando. La vida no es sólo follar; también hay un caño previo y un chocolate posterior para disfrutar y conversar escuchando Seal o The Doors… Ah, bueno, y toda la mierda que hacemos el resto del tiempo.

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Putero por naturaleza, caliente como nadie y totalmente desprejuiciado, el Dr. Ninfómano ha dedicado su vida al arte de follar en todas sus formas. Sígalo en Twitter

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