— Pasa lo mismo con todos los weones, una toma la iniciativa y se cagan de susto… le tienen miedo a una mina de verdad.

Quizás es porque hablas como si tuvieras tula.

¿Acaso tengo que cambiar mi forma de hablar para que los mariconcitos no se asusten?

“Como caminas, como te vistes y como tomas también” disparó mi cerebro, pero la aduana en la lengua hizo su trabajo.

La palabra “igualdad” está más manoseada que niño católico (pensé escribir Vale Roth, pero démosle un respiro a la cabrita). Está presente en discurso de políticos, de catedráticos, hasta en las conversaciones de borrachos de un sábado por la noche. Todos nos llenamos la boca con la igualdad, con esa idea de un mundo equitativo, aunque nos encante sentirnos especiales, únicos.

Sobre el impacto que este proceso social ha tenido en el género masculino, en la página vecina se hizo un interesante análisis, pero como esta weá es la guerra, acá esta la otra cara de la moneda.

Dentro de la fauna que se ve en los colegios, siempre hay roles que se cumplen (Prom Queen y su respectivo Quarterback, el gordito simpático, el negro que muere primero en las películas, etcétera) pero siempre me causó curiosidad esa chiquilina que no jugaba al tecito con sus amigas, sino que corría embarrada tras de una pelota con sus compañeros, que jugaba con el camión Goliath de su hermano y no con la Barbie que le regaló la tía para su cumpleaños, que la retaban porque cuando jugaba siempre se le veían los churrines, que más grande prefería escuchar Mötorhead por sobre Paolo Meneguzzi… que se rascaba una teta cuando le picaba, y decía el abecedario con flatos.

Todos conocimos a una niña así y probablemente la recordemos con cariño: una partner ideal y con quien puedes compartir como un “fella” más, para uno siempre tuvo bigotes (salvo cuando te curabas y todo se volvía nebuloso). Y a pesar de lo que nos quiso hacer creer una publicidad argentina, no se trata del aspecto físico, ni del “miedo” como me planteó tiernamente una amiga alguna vez, es sólo que no nos atrae un niño con vagina… aunque no lo crean (nunca pensé que llegaría a escribir esto) con tener una no es suficiente.

No debe ser fácil para ellas, porque a diferencia de las tortis (¡con todo respeto!) efectivamente a ellas les gustan los niños, aún cuando uno no pueda dejar de verla como un par. No debe ser agradable ver cómo las princesitas, que a sus ojos son más fomes que el canal del Senado, sin mover un dedo, sentaditas en su torre dejando que le crezca el pelo, obtienen la cantidad de babosos que les plazca, dispuestos a ver un pack con The Notebook, A Lot Like Love, Ps: I Love You, Titanic y Notting Hill con tal de complacerlas.

Más crítico aún me parece aquella muchacha que, sin que lo masculino le salga por los poros, adopta esa moda de ser “achorá“, con fines que no tengo muy claros. Excesos de garabatos forzados, diciendo que no tendrían problema en pegarle a tal o cual mina o alumbrar lo mucho que les gusta el copete se hacen cada vez más recurrentes, y el problema es que se les NOTA lo poco natural. Al final, junto con no generar atracción en los hombres (como el caso anterior) lleva aparejado también, al menos en mí, un repudio casi automático por lo fingida y surrealista que resulta su actuación.

Quizás creen que al tener gustos similares a los hombres generan la tan ansiada complicidad, quizás quedaron pegadas con personajes como Clementine Kruchinsky de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos o la mina de 10 Things I Hate About You, o quizás leyeron muchas veces La Fierecilla Domada, o los ideales de liberación y quemas de sostenes calaron demasiado hondo en ellas. No lo sé y no me quita el sueño,  porque aún a riesgo de ser considerado retrógrado, machista o cromañón por las lectoras, me siento atraído muchísimo más por una mujer bien femenina, que con una con quien agarrarme a paipazos.

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Deco: a punta de porrazos se formó este pastelazo. Talquino iñor y deportista de bajo rendimiento, cuando no está cuidando la huerta, lo puede pillar en Twitter.

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