Estoy seguro que una de las cosas que vuelven a las mujeres tan desconcertantes para nosotros es su orgasmo. El orgasmo masculino es localizable, metodologizable y predecible. El femenino, en cambio, es esquivo como ellas mismas, ambiguo, multifacético; siempre parece más una suma de factores que un solo producto. El orgasmo de ellas se multiplica, se expande, se contrae, viene en espasmos o en una sola larga oleada; se transforma en un bombardeo de 7 sacudidas cortas, o en un continuo donde cada orgasmo parece apilarse sobre el anterior.

¿Orgasmo clitoriano o vaginal? ¿Existe realmente esa diferencia? (Por fin sabemos que no, gracias a la ciencia). Pero, ¿cómo fue? ¿dónde estuvo? ¿cuál fue el estímulo que lo desencadenó? Los hombres necesitamos entender lo que provocamos. Queremos un mapa infalible de los caminos para hacerlo aparecer y multiplicarlo por 100, como si fuera un truco de videojuego. Pero el orgasmo femenino se resiste a ser aprehendido o explicado, tal cual sus mismas dueñas. Finalmente, es imposible disociar el orgasmo de una mujer en específico; si aprendemos un mapa, es el mapa de ella. Incluso más: es el mapa de ella contigo.

El orgasmo de una mujer no miente. Tal vez mientan ellas, y tal vez una mina en específico te logre engañar, pero sólo puede engañarte mientras no te haya mostrado su orgasmo real. Porque el orgasmo no miente. La paraliza. No es como en las pornos. No puede hablar. No puede moverse. Apenas si puede gritar. Se irá de este mundo por un segundo, porque el orgasmo, bien lo sabemos también nosotros, es una pequeña muerte. Es el lugar donde el placer y el dolor se juntan: es tan placentero que duele, es casi insoportable.

Y este orgasmo femenino no miente, además, porque no puede ser forzado. No es producto de la fricción. No es producto de hacer las cosas “bien”. No es sólo tocar aquí o allá. Es como aguachar a un gato ladino: si te esfuerzas demasiado, desaparecerá tras la reja. Si crees haber encontrado la fórmula perfecta, no has entendido nada.

¿Monte de Venus, labios, punto G, fucking maldito punto G? Sí, claro, eso quisiéramos: un punto fácil, donde fuese llegar, apretar y celebrar. ¿Aún crees en eso? O peor aún, ¿juras que lo encontraste? No has entendido nada. Entendiste mucho de estimulación, pero no entendiste ni un carajo de placer. Y menos aún de tu propio placer. Porque una vez que lo volviste método, le quitaste toda la gracia.

La sexología no es sexy.

Estudiarte la vagina como lo haría un ginecólogo es interesante, pero no te acercará al orgasmo, tal como le sucede a los médicos en este lado del mundo, que son expertos en la enfermedad, pero no en la salud. Es que quisiéramos encontrar una metodología, un proceso productivo para conseguirlo todo. Es útil para construir aviones, pero a la hora del orgasmo, nos hace un fláccido favor. Es que a los hombres nos encanta lograr cosas. Nuestro mismo orgasmo, de cierta forma, es un logro; pero el orgasmo femenino es algo que ocurre.

Y como todo lo que “ocurre” y no se “logra”, no es algo que se fabrique. No es una metodología. Es algo que se propicia, se favorece. Diriges la orquesta, pero el final de la canción es incierto. Y ahí está precisamente la gracia, porque la incerteza, el “casi”, la tensión culiá del momento previo, es el lugar donde el orgasmo de la mujer se gesta. En el “no” más que en el ““. Detén el estímulo por una fracción de segundo, y la tensión la disparará hacia arriba. Esfuérzate demasiado por lograrlo, preocúpate por lograrlo, y desaparecerá.

Es ilógico, y por suerte que lo es. Es ilógico porque el lugar donde residen las fantasías de una mujer carece de lógica, y ahí, en sus fantasías, está la zona erógena donde comienza el orgasmo. Y qué bueno que no puedas alcanzarla sólo con un dedo.

Es significativo que al orgasmo le llamen “irse”. Irse de este mundo, como ya hablamos. Y es más significativo aún que ella “se vaya”, y no que la “eches” tú. Las cosas que se van, se van solas. Déjala irse, déjate ir. Váyanse.

Shao.

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